Abril-Mayo: TV Fuera de Serie

sábado, 3 de junio de 2017 - Publicado por Victoria Guerra S. en 17:42
Cuando empezó el año, me propuse escribir más en el blog: la idea era escribir una entrada acerca de todo lo que viera, fuera cine o televisión. En el primer par de meses la cosa fluyó bastante, pero, como pasa con todas las resoluciones de Año Nuevo, eventualmente se acumularon otras cosas. Y nada, que cuando uno pierde el ritmo en este tipo de cosas, recuperarlo siempre es un poquito más difícil.
Cabe destacar que el hecho de que no haya subido nada al blog desde hace un par de meses no significa que haya dejado de consumir cine y TV. Por el contrario: tiempo libre que no paso trabajando, lo paso consumiendo contenido, sobre todo televisión, entre la era dorada actual y lo accesible que se ha vuelto todo gracias a las plataformas de streaming.
También pasa que realmente no tengo tanto que decir acerca de todo lo que veo. Empezando porque soy una crítica terrible: me gusta casi todo. En parte esto pasa también porque muy rara vez le entro a una serie o a una película sin saber al menos de qué va o el perfil de quienes están involucrados, y en parte porque tengo una barra bajísima de suspensión de incredulidad: si me lo cuentas bien, me creo cualquier cosa.
En fin, el hecho es que pensé en hacer un scan rápido por acá acerca de lo que he visto en el último par de meses, dedicándole quizá un par de párrafos a cada cosa. Luego me di cuenta, claro, de que realmente estoy viendo tantas vainas que quizá era mejor hacer varios posts, dividiéndolos, primero, en televisión y cine y luego, básicamente, como me dé la gana: de mejor a peor.
¡Vamos, pues!

TV: Lo increíble
Legion (2017)
Después de arrastrar una pata coja por años con fallas apoteósicas como las dos versiones cinematográficas de Fantastic Four, Fox últimamente no solo ha dado la talla en cuanto a sus personajes de Marvel: están rompiendo liga. El año pasado nos dieron la adaptación de Deadpool que nos merecemos y este año sacaron Logan, la cual puede que sea la mejor película de superhéroes de nuestra época, o al menos comparable con The Dark Knight de Christopher Nolan.
Legion, serie que ocurre en algún punto de la continuidad del universo Fox-Marvel (aunque con tantas líneas temporales, ¿quién sabe qué significa eso?), cuenta la historia de David Haller/Legion (Dan Stevens), hijo de Charles Xavier y mutante poderosísimo, con poderes de telepatía y telekinesis. Con un diagnóstico de esquizofrenia y una vida entre hospitales psiquiátricos, el drama de David no es simplemente aprender a manejar sus poderes sino saber dónde termina su enfermedad mental y empieza la telekinesis.
La serie se desarrolla, en buena medida y sobre todo en los últimos dos episodios, dentro de la mente de David. Reflejando las memorias dentro de una enfermedad mental seria, Legion está editada para que el espectador se sienta como el protagonista: la realidad y la locura se mezclan de una escena a otra, navegando en conjunto, dislocadas. Los creadores dejan claves a través de colores y puntos de edición, pero la serie está hecha para ser confusa... y se nota que los guionistas, directores y departamento de arte gozan un mundo confeccionando esta realidad entre realidades.
Personalmente, Legion es lo que me esperaba de Doctor Strange. Aunque la película con Benedict Cumberbatch fue muy entretenida, terminó siendo una versión con cinematografía en LSD de la misma historia arquetípica del superhéroe que salva al mundo tras vencer sus propios demonios. Legion, por otro lado, cumple con la promesa que Disney dejó en el aire: es una historia paranoica en donde lo extraordinario nunca llega a volverse cotidiano, en ninguna de las muchas realidades en las que se desarrolla.
Si vas a ver una serie nueva, que sea Legion: apenas es mayo, pero por ahora es la mejor del 2017. Y prepárate para una experiencia extraordinaria.
Pros: Todo: Legion no tiene puntos débiles. Los personajes están muy bien delineados, la historia es creíble (lo cual es un logro, considerando el nivel de complejidad de algunos caminos que toma), la dirección de arte es increíble, hasta el vestuario es perfecto (sigo convencida de que todo el look de Rachel Keller es basado en Catherine Deneuve en los 60). Las actuaciones son todas fuertes, con tres puntos álgidos: Dan Stevens, que mágicamente ahora está idéntico a Hugh Laurie y que ha crecido muchísimo desde su época en Downton Abbey; Aubrey Plaza, que finalmente muestra al mundo que tiene un registro enorme más allá de su personaje de siempre de amargura y deadpan; y Jemaine Clement, que aunque aparece poco, se roba cada escena… es más, considerando que Clement es una revelación en todo lo que hace, mejor pónganlo a actuar en todo, y asegúrense de agregar interludios musicales esporádicos.
Cons: De nuevo, en lo que a mí respecta, Legion no tiene desventajas. Sin embargo, quienes prefieren narrativas lineales podrían no estar muy convencidos con lo que ofrece la serie. Además, si eres de los que necesita saber qué está pasando en cada momento de la historia, Legion te hará sufrir: en tanto más se adentra en el conflicto base de la primera temporada, lo que pasa se torna menos evidente. Si ya esa frase de plano te parece ridícula y pseudointelectual, éntrale a la serie con cuidado.
The Handmaid’s Tale (2017)
Basada en la novela del mismo nombre de Margaret Atwood (en castellano, El cuento de la criada), The Handmaid’s Tale es una distopía: ocurre en un mundo desolado por la contaminación, donde los químicos en el aire han hecho que buena parte de la población sea infértil. En esta época de infertilidad, surge un nuevo Estado hiper cristiano y conservador en EEUU, que instaura políticas ecológicas que mejoran las emisión de gases… bajo la condición de subyugación de toda la población femenina.
La historia se centra en Offred (Elisabeth Moss), quien aparte de narradora y protagonista es nuestra guía en este universo, mostrando la vida desde la perspectiva de una nueva clase social: es una handmaid o criada, una de contadas mujeres que en la epidemia de infertilidad tuvieron hijos saludables, y ahora son repartidas como esclavas sexuales a los altos dirigentes de gobierno como especie de paridoras profesionales.
The Handmaid’s Tale no se anda con cuentos: en los primeros minutos nos queda claro que la protagonista es infeliz, que vive rodeada de un mundo de infelicidad, que su miseria no cuenta, y que socialmente es un útero que camina. La serie nos muestra un mundo gris en donde las mujeres son tan intercambiables que cada clase social femenina tiene un color designado, donde la disidencia se paga con amputaciones o con exilio a colonias de contaminación tóxica, donde la homosexualidad es “traición de género”, donde las criadas son violadas ceremonialmente en escenas escalofriantes.
Temáticamente, The Handmaid’s Tale es fortísima, especialmente si quien la ve es una mujer, y en EUA sale al menos un artículo por semana comparando la historia con algún aspecto de la era Trump. Politizable como todas las distopías, es la serie que está potenciando a Hulu en el mundo del streaming en cuanto a contenido original, después de años de Netflix y Amazon liderando la carrera.
Si buscas una serie oscura, The Handmaid’s Tale, cuya temporada aún no termina, es una invitación a la meditación y una pesadilla potencial.
Pros: La creación del ambiente, los vestuarios, la fotografía que transmite que hay algo podrido en Dinamarca. A pesar de tratarse del retrato de una sociedad machista, es una historia de mujeres, donde son las actrices quienes más brillan: Elisabeth Moss, que es una joya de la televisión actual, cuya Offred es una especie de Peggy Olson que hizo el camino de la liberación femenina en reversa; Alexis Bledel, que nos muestra una sorpresa agradable al romper liga en un papel distinto a las muchas facetas Rory Gilmore; Yvonne Strahovski (Dexter) como la esposa que fue socialmente relegada como consecuencia de sus propias convicciones religiosas; Ann Dowd como una especie de Tronchatoro hiper-religiosa, a la vez gurú y castigadora máxima.
Cons: Puede llegar a ser lenta. La mayor parte de los siete episodios que han salido hasta ahora son lo suficientemente fascinantes como para atrapar al espectador, pero sí ha habido momentos en los que cuesta un poco más mantener la atención. O quizá yo debería empezar a tomar Ritalin, que también es posible.

American Gods (2017)
Cuando estudiaba Letras, me pasaba que intentaba discutir o escribir acerca de un libro y terminaba hablando de cómo se trataron las mismas temáticas en la adaptación, aunque siempre había leído el original. Cuando me tocó escribir un borrador de ensayo acerca de Heart of Darkness (El corazón de las tinieblas), terminé entregando tres cuartillas acerca de Apocalypse Now, y una profesora muy querida me dijo que estaba todo muy bien, pero que es que la novela la había escrito Joseph Conrad y no Francis Ford Coppola.
Con American Gods sufro del mal contrario: no puedo hablar de la adaptación sin hablar del libro. Justo antes de que saliera la serie, busqué la novela de Neil Gaiman y terminé leyéndola en cuatro días, maravillada con cada palabra y con la enorme imaginación y conocimiento que pudo crear una historia tan brillante.
Así que están advertidos: aunque por ahora la serie es genial, lo que me hace considerarla una de las mejores del momento no es lo que ya es, sino la promesa de lo que puede llegar a ser. Hecha esa nota, prosigo.
American Gods, es, ante todo, un concepto fascinante: según su mitología, los dioses se materializan en seres reales, y mantienen su poder en tanto haya quien crea en ellos. Bajo esta lógica, Estados Unidos, un país creado y mantenido por inmigrantes, es un lugar donde las deidades conviven con los humanos: por las calles del país caminan los dioses nativo-americanos, los europeos, los de los esclavos africanos, Jesucristo, y otros cientos de miles.
La serie sigue a Shadow (Ricky Whittle), un hombre que se encuentra en un trance después de salir de la cárcel, que es reclutado por un tal Mr. Wednesday (Ian McShane) para un trabajo extraño: ser guardaespaldas y participar en uno que otro engaño. Todo mientras casualmente reclutan dioses antiguos para una batalla eventual contra las nuevas divinidades del mundo, como los Medios y la Tecnología.
Claramente, American Gods está creada por gente que respeta enormemente el material, a veces incluso hasta el abuso. Se toma muchísimo cuidado en crear un universo de dioses semi mortales haciendo cosas mundanas como ir al banco, y les puedo asegurar que viene una historia fascinante. Esta serie es un buen parche para quienes aman las historias de fantasía y están arrancándose los pelos en la espera de que sea julio y llegue la nueva temporada de Game of Thrones.
Y yo nunca digo esto, pero, si pueden, háganse un favor y lean el libro. No para saber qué pasa (bueno, también), sino porque en serio es una maravilla.
Pros: Ian McShane, Ian McShane, Ian McShane; es tan perfecto como Wednesday que carga en los hombros incluso los momentos que cojean. De los personajes recurrentes, Pablo Schreiber brilla como Mad Sweeney, la Bilquis de Yetide Badaki es la personificación del sexo, Peter Stormare es un semi-villano delicioso, y, bueno, Gillian Anderson ha salido en solo dos episodios pero honestamente yo sería feliz viendo a esa mujer tomando sopa por dos horas. Además, para los amantes de la novela original, es una delicia ver cómo la serie se toma su tiempo, paso a paso, creando la mitología.
Cons: Para los que no son amantes del libro, la construcción de la mitología pega. Buscando ser fiel a su material de origen, la serie puede llegar a ser muy lenta y centrada en imagen pura en vez de historia (la verdad es que en el segundo episodio prácticamente no pasa nada), pero ya se empieza a ver la acción.


Grace & Frankie: Actores legendarios y la comedia digna en la vejez

sábado, 1 de abril de 2017 - Publicado por Victoria Guerra S. en 15:28
Siendo la galla que soy, en los días antes de ver el remake de Beauty and the Beast me entregué a la tarea de buscar videos del elenco en otros musicales. Entre los que conseguí, había uno de Emma Thompson en una presentación en vivo de Sweeney Todd, haciendo el papel de Mrs. Lovett. Entre los comentarios del video, en el que canta “The Worst Pies in London,” vi que alguien dijo que Angela Lansbury, quien originó el rol en Broadway y fue la Mrs. Potts original, “estaría orgullosa.”
Pasa que Angela Lansbury sigue viva. Hace no mucho ganó un Oscar honorífico y va a tener un papel en la secuela musical Mary Poppins Returns, que sale el año próximo.
De la era clásica de Hollywood solo quedan Kirk Douglas y Olivia de Havilland, y de la época las vanguardias europeas y norteamericanas solo permanecen unas cuantas joyas como Kim Novak, Shirley MacLaine, Catherine Deneuve y Sophia Loren. Sin embargo, a veces se nos olvida que nos quedan grandes leyendas del cine y de la televisión, gente que le dio forma a la cultura pop durante décadas, con material que hoy ha sido copiado hasta convertirse en cliché.
Y una buena forma de recordar el poder que tienen los grandes actores del pasado es viendo Grace and Frankie en Netflix.
No, no creo que a nadie se le haya olvidado que los cuatro actores principales de Grace and Frankie siguen vivos: de una forma u otra, Jane Fonda, Lily Tomlin, Martin Sheen y Sam Waterson se han mantenido suficientemente visibles como para no caer en el olvido. Pero, sin duda, lo que sí sucede con actores de este nivel es que existe una tendencia a pensar en ellos en pretérito, actitud que en sí misma les resta relevancia; más o menos se asume que ya su arte está en decadencia, como si los años de vida no dieran mayor conocimiento del extensísimo rango de emociones.
¡Y qué bien paga esa experiencia en Grace and Frankie!

Grace, Frankie, Robert y Sol
La historia de Grace and Frankie arranca cuando dos amigos y socios de un bufete de abogados, Robert y Sol (Sheen y Waterson, respectivamente), le revelan a sus esposas de décadas, Grace y Frankie (Fonda y Tomlin), que son gay, que han mantenido una relación romántica durante muchos años, y que decidieron pasar el resto de su vida juntos y fuera del clóset. Después de este shock, las dos ex-esposas se mudan una casa de playa que compartían ambas familias, y se crea una dinámica clásica de pareja dispareja; Grace es la rígida, fría y correcta mujer de negocios, mientras Frankie es la hippie irremediable que es todo corazón.
Bla, bla, bla, las dos mujeres pelean pero se equilibran entre sí; bla, bla, bla, se convierten en mejores amigas. La idea del personaje Serio versus el Loquito es casi tan vieja como la comedia en sí: como serie, Grace and Frankie no aporta nada realmente rompedor, como pareciera esperarse de las series hoy en día. Son dos protagonistas mayores, sí, pero también lo eran Jack Lemmon y Walter Matthau en Grumpy Old Men y esa película salió hace casi 25 años.
Ahora, el hecho de que sean dos mujeres sí es una diferencia interesante: con algunas excepciones, no suele haber perdón ni amistad en el cine y la televisión acerca de rivalidades femeninas. Las mujeres que se odian en ficción lo hacen desde el principio hasta el final, con una larga tradición que va desde What Ever Happened to Baby Jane? hasta, por supuesto, la actual Feud de Ryan Murphy.
Pero más allá del cambio de géneros, que por sí solo es equivalente más o menos a bancarrota creativa, Grace and Frankie hace algo muy noble: mantiene la dignidad de sus personajes. Sería facilísimo caricaturizar la vejez de las protagonistas, pero, aunque la edad es un tema recurrente y no faltan chistes al respecto, la forma en que se suele tratar es a través de cómo quienes rodean a Grace y a Frankie las toman por viejitas inútiles, tema que se trata con mayor profundidad en la más reciente temporada, que salió el fin de semana pasado.
Además, Grace and Frankie muestra una profundidad realmente hermosa en cuanto al tratamiento de los dos ex-esposos, Sol y Robert, dos hombres de una generación más rígida, que vivieron en el clóset durante décadas y finalmente decidieron que estaban listos para ser honestos frente al mundo. Son dos personajes complejos, que viven en el conflicto entre la culpa causada por el daño que hicieron a sus familias y la felicidad de finalmente estar juntos en público.
Esta es una serie de actores y, específicamente, de personajes. Su núcleo se encuentra en las dos parejas, tanto Grace y Frankie como Robert y Sol, y en cómo se manejan entre ellos; no solo la conformación de una nueva amistad en las dos mujeres y el aprender a ser una pareja out and proud entre los dos hombres, sino también la reconstrucción de vínculos tras una experiencia tan traumática como el divorcio a los setenta y pico. Los cuatro se están adaptando a sus nuevos roles como amigos, como miembros de la sociedad y como padres.
Aunque los cuatro actores principales son absolutamente magistrales, mis preferidas son las dos mujeres, en parte por la enorme admiración que siento por Fonda y Tomlin, y también por el ligero morbo que le tengo a Fonda como figura histórica en la cultura pop. Vamos, que estoy convencida de que no hay nadie que haya representado a una generación tanto como lo hizo Jane Fonda desde sus protestas contra Vietnam (¡Hanoi Jane!) hasta su boom de emprendedora aeróbica en los años ochenta.
Como personajes secundarios tenemos a la segunda generación: los hijos de los dos ex matrimonios, todos adultos. Las dos hijas de Grace y Robert (la comiquísima mujer de negocios June Diane Raphael y la ama de casa Brooklyn Decker) y los dos hijos de Frankie y Sol (el adicto en recuperación interpretado por Ethan Embry y el abogado confiable de Baron Vaughn), cuatro personas que crecieron juntos y tienen una relación de hermanos incluso antes de enterarse de que sus papás son pareja. Es una familia moderna y peculiar, una especie de Los Míos, Los Tuyos y Los Nuestros; pero una donde cada engranaje es vital en el funcionamiento.
En fin, Grace and Frankie es una serie de gente mayor, sí, pero también es una serie acerca de rehacerse la vida. Y, sobre todo, es un recordatorio acerca de todo el talento de generaciones mayores que queda en Hollywood.

La millennial que vio Beauty and the Beast

viernes, 31 de marzo de 2017 - Publicado por Victoria Guerra S. en 15:20
No recuerdo el momento en el que vi la versión animada de Disney de La Bella y la Bestia (Beauty and the Beast, 1991). No recuerdo ese momento no porque la película no fuera importante en mi infancia, sino porque no se me ocurre una época en la que no la hubiera visto. Ha sido parte de mi vida desde que tengo memoria.
Con La Sirenita (The Little Mermaid, 1989), Bella y Bestia es la película que más vi durante mi infancia. Había partes del cassette que estaban hechos nada de tantas veces que la vi. La primera canción de la película, con su declamación de querer más que vida provincial, en buena medida moldeó mi forma de ver el mundo desde niña.
Cuando de chiquita jugaba a las princesas, siempre era Bella, y me “disfrazaba” de ella todas las vacaciones, hasta que mi mamá regaló mi vestido amarillo, en un conflicto que veinte años después sigue siendo controversial en mi casa.
En resumen, para mí La Bella y la Bestia es, como para muchas mujeres de mi edad, una de las películas que definió mi infancia. Así que, sí, cuando supe que Disney iba a hacer un remake live action, me emocioné, y más aún cuando quien quedó en el rol fue Emma Watson, la cara más visible de otro de los íconos de mi infancia, Harry Potter. La emoción llegaba al punto de que, si estaba viendo televisión y ponían el tráiler de la película, no dejaba que nadie a mi alrededor dijera una sola palabra.
Honestamente, para que yo no disfrutara ver la versión live action, Disney tenía que cagarla de forma estrepitosa. Y eso no fue lo que pasó.
Fábula ancestral, sueño hecho verdad

Objetivamente, Beauty and the Beast (2017) es una película innecesaria. Es un remake tan fiel que no tiene sentido hacerlo. En cuanto a ambiente, es preciosista casi hasta el punto de la ridiculez. El guión no aporta nada nuevo a la historia, aparte de un par de detalles extra y cubrir por encima un par de agujeros argumentales de la película animada. Aunque no canta mal, la voz de Watson realmente no tiene la potencia para el material intrínsecamente Broadway que escribieron Alan Menken y Howard Ashman, y hay más de una escena en la que, como le ha pasado muchas veces en su carrera, no llega al nivel emocional necesario.
Objetivamente, insisto, la película tiene sus problemas. Pero ¿cómo voy a ser objetiva cuando, después de 25 años, estoy viendo a Bella en carne y hueso, cantando en la pradera francesa? ¿Cómo voy a poder hacer crítica impersonal al oír la voz de Ewan McGregor en el cuerpo de Lumière, a sir Ian McKellen desesperado por el orden en el cuerpo de Dindón, y a la magistral Audra McDonald como el ropero mágico?
El hecho es que, apenas empezaron los primeros acordes de la “Bonjour” (“Belle”) me puse a llorar como una niñita. La vi en inglés, pero se me partió el corazón en mil pedazos cuando me di cuenta de que los subtítulos eran las letras del audio latino de la versión animada, que fue la que vi millones de veces de niña; como recordarán, los VHS no tenían opción de cambiar idiomas.
Me pasé toda la película con los ojos tan abiertos como un personaje de anime, y me deshidraté en llanto durante “Nuestro Huésped” (“Be Our Guest”). También disfruté muchísimo las canciones nuevas, e incluso durante las escenas sin números musicales quedé maravillada como un muchachito en una película de Steven Spielberg.

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La mejor forma que tengo de explicar lo que me sucedió cuando vi Beauty and the Beast es, de hecho, con una escena de otra película de Disney, específicamente de Pixar: casi al final de Ratatouille, el famoso crítico Anton Ego (voz de Peter O’Toole) prueba un plato que, de golpe, lo lleva a su infancia en el campo francés, cuando su madre le cocinaba ese mismo ratatouille.
No pretendo hablar por todas las mujeres millennial, pero para mí, el remake de La Bella y la Bestia se siente exactamente a que te sirvan el mismo plato que te hacía tu mamá cuando estabas enfermo de niño: la técnica es distinta, quizá no se hizo con la misma destreza, pero el sabor es un tren expreso a la infancia.
Una persona objetiva podría verle muchísimos errores técnicos al remake de La Bella y la Bestia. Por acá Rafa, que sabe mucho más de cine que yo, escribió objetivamente de la película, como sin duda puede hacerlo alguien que no sienta a Bella y a los corotos cantarines del castillo como familia.
Pero yo no soy capaz de ser objetiva frente a un material que palpita con el corazón de mi infancia: para mí, Beauty and the Beast de Bill Condon es un botón de autodestrucción. Y como tal, es fiel a su material de origen hasta el punto de la manipulación.
Y, honestamente, si me van a manipular así, llévense mi dinero: si la forma de operar es esta, no puedo esperar a que Disney saque su versión live action de La Sirenita. Especialmente considerando que, junto a Alan Menken, el co-encargado de crear nueva música para la película va a ser Lin-Manuel Miranda.