Viajes

domingo, 18 de octubre de 2009 - Publicado por Victoria Guerra S. en 19:47

Leyendo una entrada del blog de una sifrina divinamente insoportable me conseguí con que ella había ido a Amoeba Music, que es una tienda / depósito / pedacito de cielo que existe en varias ciudades del estado del sol norteamericano – la única que yo conozco (y según mi amo y señor Wikipedia, la más notable) siendo la de San Francisco.

Viendo eso, me di cuenta de algo: nunca he escrito nada acerca de viajar, lo cual es realmente estúpido porque, de hecho, es la manera más directa que conozco de recargarme las pilas cuando me asfixio de pastelito. Así que me parece conveniente recorrer algunas de mis ciudades preferidas de las pocas que conozco, porque la palabra da pa’ todo.



Veamos, ¿por dónde empezar? Se me ocurre que Barcelona tiene un poco el aire de génesis. Es una ciudad que incluso en invierno palpita Mediterráneo, ¿y cómo no va a hacerlo, con la explosión gloriosa de color que se ve en cada esquina? Gaudí dejó mosaicos, belleza y un templo expiatorio de interminable construcción que parece el palacio de una leyenda vampíricamente no-muerta del rock ‘n roll – es demasiado fácil imaginarse a Keith Richards saliendo de La Sagrada Família un domingo al mediodía con cara de que hace rato que no le hacen una trasfusión total de sangre.

Yo pasé una Navidad en Barcelona (la más solitaria que he pasado en mi vida, cabe destacar – pero eso ya es otro cuento, y no es culpa de la ciudad) y, por eso, conocí un tipo simpatiquísimo llamado el Cagané: se trata de una figurita de pesebre, muy catalana ella, que consta de un tipo cagando, así randomly, en media escena de natividad católica. Esto es en serio y no me lo estoy inventando; si no me equivoco, se agrega al pesebre como manera de simbolizar el abono a la tierra, o yo que sé. A mí me parece una excusa maravillosa para que los catalanes se suelten de vez en cuando, considerando que son un pueblo muy cerrado y que raya en lo antipático (si me dicen “no todos son así” se los creo; pero a mí me parece el colmo del malasangrismo que, cuando pides una dirección con un acento tan sudamericano como el mío, vayan y te respondan en catalán… aparte de que, en muchos casos, hasta de mala cara).



Demos otro salto por el Mediterráneo, ¿va? Muy bien. Atenas, me dijeron antes de conocerla, es como La Guaira pero con casas blancas. Me pareció la cosa más absurda del universo, hasta que llegué allá y comprobé que, de hecho, había mucho de cierto: el Mediterráneo tiene sus aires con el Caribe (aunque no huele a tambores ni suena a picante), la vida parece más natural, la gente es más cálida, los “arreglos” están a medio construir (cuando fui, en el Partenón había un parapeto para renovaciones que decía que estaba ahí desde 1981), y las calles son un enredo: a la venezolana, son estrechas, cambian de nombre, van en zigzag, no tienen sentido.

Sin embargo, las diferencias son una maravilla de abismales. Es un sueño eso de pasar por la Atenas invernal, morirse de frío, llegar a la conclusión de que los filósofos democráticos no andaban en toga en invierno pero ni de vaina; y entonces, mirar al suelo y notar cómo está cubierto de aceitunas, dándote cuenta de que todo el tramo estuviste caminando bajo una hilera de olivos. También, aunque es frustrante andar y no saber qué está escrito en los anuncios, los atenienses son lo suficientemente considerados como para poner debajo los caracteres latinos correspondientes… así que uno, por andar comparando, hasta termina aprendiendo un poquito de pronunciación griega.

Es una ciudad muy felina, Atenas. Está llena de gatos muy grandes y bien alimentados. Recordaba mucho a aquella comiquita de Tom y Jerry en la que Tom vivía en la parte de atrás del Partenón (que, por supuesto, era un basurero). Entre gatos, olivos, vino y ecos de invasión turca, nada más hace falta agudizar los sentidos un poco para oír el susurro de los dioses. En alguna parte, Hermes se comía un pan pita y hablaba por Messenger, eso seguro.



Vayamos ahora a los terrenos “bárbaros”, paseando por Estrasburgo. Esta ciudad tiene una particularidad muy interesante: aún no se decide. No sabe si exclamar “oh la, la!” o asfixiarse de salchichas; ha pasado tantas veces de ser francesa a alemana, que terminó por tener una identidad aparte. En la misma línea de una calle se ve cómo se mezclan los estilos predominantes de ambas naciones: los contornos redondeados, suaves y femeninos de Francia; y, justo al lado, las líneas duras y puntiagudas (fálicas) que caracterizan la arquitectura alemana. Acaso hayan logrado encontrar un equilibrio.

La otra cosa con Estrasburgo es que te toma por sorpresa. Parece una ciudad seria, con sus universidades, su Derecho, sus estructuras cristalizadas de instituciones europeas; y entonces, caminando por la plaza Kléber, te consigues a un montón de tipos vestidos de enfermeras acompañados de otro disfrazado de pene para que luego, viendo cómo se toman fotos, alguien sugiera una pose: “bisou à la tête!” (¡Beso a la cabeza!). O también puede pasarte, como me pasó a mí, que estés comiéndote un helado y hablando de estupideces filosóficas y de pronto veas a un hombre en zancos gritando en alsaciano y enseñando fuegos artificiales a una multitud fascinada (que te incluye, que te incluye), así, como si se tratara de un gitano en un carnaval del Medioevo. Y, un tip: al otro lado del Rhein, en Kehl, Alemania, hay una heladería en la que trabaja un argentino de lo más simpático.



Me voy a tomar la libertad de cerrar con mi top 3, o mis tres ciudades preferidas en toooda la bolita de mundo. De tres a uno, entonces, empiezo con la ciudad más allá del arcoíris: San Francisco, California.

Es difícil agarrarle el ritmo a San Francisco. Como buena ciudad puerto, tiene una personalidad muy bien demarcada: no se parece a ningún otro sitio al que haya ido. Dándole la espalda al clima asfixiante californiano, el de calor de horno, Fran Sancisco (a la Dean Martin ebrio) se llena de neblina en verano y se rodea de vientos fríos con olor a Oriente (¿quién fue el jodedor que le puso Pacífico al océano de los tsunamis?). Pero no es, en sí, una ciudad fría, como puede serlo Barcelona: San Francisco es una metrópolis, una abanderada del mind your own business, y una ciudad con una escuela de arte en cada esquina. Contrario al L.A. de las meseras falsas con voz de helio y sueños hollywoodenses, en San Francisco haces lo que te toca y punto.



El revuelo asiático de San Francisco es una cosa impresionante: Chinatown parece eterna, se ve sórdida, casi sientes cómo Roman Polanski hace que le rompan la nariz a Jack Nicholson por allá por el ’74. Son calles y calles en las que se oyen todos los idiomas y donde la tradición de la piratería trasciende hasta al FBI; donde se ven aún, generaciones después, las reservas de la cultura china (tanto como puedes ver a una china mezclada, cuarentona y con quién sabe cuánto mundo, riendo ante la vida y hablándote con soltura de su tienda, primero en inglés y luego en un francés hermoso). Eso en cuanto a China, pero estos no fueron los únicos asiáticos que llegaron a San Francisco (aunque sí prácticamente los que la construyeron); en el Golden Gate Park, muy cerca del famoso puente, hay, entre muchas cosas, un jardín de té japonés que está lleno de puentes y esculturas escondidos.

Otra cosa que vale mencionar de San Francisco es el distrito Haight-Ashbury: el barrio hippie. Ahí es donde uno se da cuenta de que los sesenta, de hecho, pasaron a mejor vida: para empezar, a la entrada hay un McDonald’s (como para que nos ubiquemos en tiempo y espacio); de paso, se consiguen cosas que uno podría ver en cualquier otro sitio, sólo que un poco más caras y con más aroma de incienso, muy a pesar de que Jimmy Hendrix haya en algún momento tocado en su plaza. Sí, los sesenta murieron hace rato, pero, hey, ¡todos los locales de Haight-Ashbury aceptan Visa y Mastercard! Ahora, no nos defraudemos, porque ahí queda la mejor tienda del universo: Amoeba Music, la que de hecho inspiró lo que estoy escribiendo. Es una especie de museo a la cultura pop donde se pueden comprar e intercambiar discos en todos sus formatos, de LP a CD’s; conseguir posters de lo que se te antoje e, incluso, películas geniales (como una colección de seis filmes de Edward Wood Jr. por menos de $10). Y un poco más allá también hay otra tienda maravillosa llena de cositas locas, con un rango que va de la tienda de broma a figuritas de acción de Sigmund Freud y Carl Jung – de ésta no recuerdo el nombre, pero no ha de ser difícil de ubicar con Google y un poquito de paciencia.

Muy bien, volteemos el globo terráqueo un poquito para podernos deslizar al otro lado del continente, para así llegar a Buenos Aires. Mi porteña preferida hizo algo parecido una vez, cuando, al darse cuenta de que en Argentina de hecho estaban al revés, solucionó el problema de la forma más obvia: volteó el globo terráqueo y entonces quedó al norte. Puede que a Mafalda el concepto de que “el sur también existe” no la volviera loca.



El flair de Buenos Aires yace en que, realmente, sigue siendo la tierra de Mafalda. Aún hoy, más de cuarenta años después de la Beatlemanía, uno puede ir caminando por la calle Florida y escuchar una guitarra tocando “Hey, Jude”. Es una ciudad completamente desubicada, entre anacronismos y geografía: porque de paso todavía no se da cuenta de que no está en Europa sino en Suramérica.

Al mismo tiempo, es una ciudad que no se toma en serio a sí misma: uno va a La Bombonera y, entre las gradas, se consigue a un Diego Maradona cobrando por tomarse una foto con él (que, por miles de razones, podría fácilmente ser el Maradona de verdad); está sosteniendo un habano en la mano y tiene la mejor pinta de invitado a la boda de Connie Corleone, así, con el traje oscuro a rayas y todo.

A Buenos Aires le pasan los años por delante, con el cambio mismo como único cambio. Es una ciudad tan poco seria que cuenta la carne como su producto de eroticismo: tanto la que está en las parrillas gloriosas como la que se adivina en el eco de un tango de Gardel, un domingo de mercado en San Telmo; viendo cómo alguien, por otro lado, sigue el un, dos, tres acompasado... el del tiempo desvanecido en ondas de frizz invernal. Una metrópolis europea mal puesta demasiado al sur, por un lado; y, por otro, un latinoamericanismo común y bravo, sólo que con una melodía dialectal distinta.



Ahora, hablemos del plato duro, del reconocido cliché. Porque, ¿qué es más común que terminar de hablar de ciudades con las maravillas de París? Es aquí cuando yo me rindo y pienso que los clichés lo son a causa de la verdad en ellos: porque realmente la vida se ve de otro color en la ville lumière; porque Edith Piaf sí habita en el corazón de Saint-Michel; porque Amélie Poulain y su gnomo viajan por universos enteros comprendidos entre las calles de Montmartre. Y, más que nada, porque mientras todo eso ocurre, la Métro sigue oliendo a demonios y la turba de japoneses tomando fotos sigue estorbando el tráfico peatonal a lo largo de la ciudad.

La nuisance divina de París es esa, precisamente: su trascendencia de todo y nada. La gloria de cientos de años, la que nos hace sentir como agujeros históricos frente a la majestuosidad de Notre-Dame y el detachment de Champs-Elysées… y, al mismo tiempo, el desastre cosmopolita, el mal humor parisino, el rumor restante de revolución, la exclamación perenne de “putain!” en cada esquina.

En París, para ubicarte en alguna dirección particular preguntas qué monumento tienes cerca: puedes estar al lado del hotel en el que murió Oscar Wilde, como puedes estar en alguno de los Arcos que atraviesan París, como puedes estar mudo en perfección ante las pirámides cristalizadas del Louvre (que, si uno se las pone a pensar bien, realmente son un desfase arquitectónico casi fatal: ¡en el palacio de los reyes de Francia y el emperador Bonaparte, pirámides de cristal!), como puedes estar echado en Champs de Mars observando la vieille dame, ese parapeto gigantesco que Gustave Eiffel convirtió en el símbolo de Europa.



Es una ciudad para enamorarse del amor, de la fealdad, de la historia, de lo nuevo, de los años, de la nostalgia, de la vida y de todo lo que se le acerque. En la sede de la realidad irreal, no queda más que, con un suspiro, recordar a Enrique IV: “Paris vaut bien une messe”.