Velos

lunes, 2 de noviembre de 2009 - Publicado por Victoria Guerra S. en 14:53

Una vez cruzó al otro lado del velo y fue marcada por el encanto del mundo que ahí se escondía: los ojos miel, el acento de la isla de los rumores, la lengua muerta que daba sus últimas patadas a voz de Ulises.

Entonces por error cayó de nuevo en el mundo terrenal, al que sentía nunca haber pertenecido. El velo permanecía ahí, incólume, pero apenas podía atisbarlo por momentos, en los que se sentía encadenada metafísicamente.

Pasaban los años y la intensidad del llamado del velo venía por temporadas: podía pasar meses sin recordar los azules, hasta que algo se alteraba y arremolinaban los recuerdos en una especie de ópera wagneriana.

Justo entonces, se acordaba de él. Y su recuerdo llegaba a rayar en la agonía…

… hasta que, de golpe, recordó que él era un velo. Una entrada al ensueño y no una realidad tangible.

Entonces, frente a ella, el velo cambió: se movió un poco más a la izquierda, cambió de tamaño, los colores eran otros, se callaron los rumores dublineses y llegaron otros nuevos y maravillosos que aún no conocía.

Extendió la mano hacia el velo y descubrió que lo que antes había sido una cortina de humo, ahora era tela. Era tangible, tanto que su piel ardía al tacto, haciéndola sonrojar.

Fue ahí cuando se decidió a entrar, sabiendo que las oportunidades son efímeras. Mientras caminaba hacia dentro sonrió: nunca, nunca se imaginó que los sueños pudieran cambiar de nombre y contextura.