Liberarse del Libertador

sábado, 2 de agosto de 2014 - Publicado por Victoria Guerra S. en 17:00
Es una experiencia curiosa, ver una película acerca del padre de la patria (mito fundador, por usar un término antropológico) justo antes de emigrar de ella. En este caso particular no debo ser la primera y dudo que vaya a ser la última, pero al entrar al cine a ver Libertador olvidé por completo que tenía un boleto que pronto me sacaría del país hasta nuevo aviso. Me tomó un par de escenas recordarlo, con una frase que Simón Rodríguez le dice a Bolívar que no era exactamente “dejas a tu país cuando más te necesita”, pero se le parecía bastante.
Detallitos que pegan, qué se le va a hacer. Claro que los Pepe Grillos del país de hoy son menos desafiantes en pedirle a los jóvenes que permanezcan – el sabor general es de que hay más que perder que ganar, quizá. Así se siente de mi lado de la cerca etaria, al menos; no puedo pretender saber qué sienten las generaciones anteriores a la mía, que conocieron un país distinto.
Pero, venga, que yo acá vengo a hablar (sobre todo) de cine.

Este año, en el natalicio del responsable de la independencia de cinco países suramericanos, se estrenó Libertador en Venezuela, película dirigida por Alberto Arvelo. Es nuestra epopeya nacionalista por excelencia: todo venezolano que incursiona en el arte parece destinado a llenar la cuota, en algún momento, de dedicarle una obra a Simón Bolívar.
La diferencia aquí radica en un intérprete poderosísimo y toda una producción creada para alcanzarlo. El protagonista de la película es nuestra estrella nacional, Édgar Ramírez: el hombre que nos ha llenado de gloria a través de su trabajo en superproducciones norteamericanas, el César, las nominaciones al Golden Globe y al Emmy. El resto del reparto es un combinado de distintos países latinoamericanos, españoles, un actor que se ha ganado el terror y angustia del mundo a través de Game of Thrones (para el que no sepa, según esta película Ramsay Bolton fue parte del proceso independentista suramericano; saquen sus propias conclusiones) y el miembro menos interesante de los Huston, una de las grandes familias de la realeza hollywoodense.
La historia trata de la vida de Simón Bolívar: sus proezas militares y políticas, sus ideales de unión panamericana, su historia de hombre rico que murió pobre tras todo por la patria. Se trata de una interpretación mitificada de lo que tuvo que ser un hombre fascinante, pero es la misma versión que se ha machacado durante dos siglos en las aulas de Historia, y más aún en los últimos quince años.
En cuanto a trama, Libertador no destaca de las otras tantas adaptaciones que se han hecho de la vida de Simón Bolívar: no otorga ninguna perspectiva realmente nueva o llamativa, aparte del hincapié en su esposa como motor último de acción, la figura de Simón Rodríguez como la voz de la conciencia independentista y la teoría de conspiración que sirve para sazonar el final y satisfacer a buena parte de los inversores de la producción. Libertador no se trata, como había dado a entender su campaña de publicidad, de una película que cambie la perspectiva de quién fue Simón Bolívar; por el contrario, sirve para perpetuar toda la mitología que se ha creado a su alrededor.
Ya, ya, me regreso a la película. No es que esté mal ni mucho menos, pero parece más un film para el entendido, para el que pasó horas de su infancia escuchando cuentos acerca de Bolívar. Me explico: Libertador no es un film con un arco de historia suficientemente poderoso como para ser considerada un producto de exportación. Las cosas quedan en el aire, sin un hilo que las conecte; los últimos veinte minutos se sienten como si la película se hubiera extendido demasiado y fuese necesario cortarle pedazos al final. ¿Cómo, si no, se explica el salto cuántico desde la batalla de Boyacá hasta los últimos intentos de mantener unida a la Gran Colombia?
El vestuario y sobre todo la fotografía de Libertador es probablemente lo mejor que tiene, y venga, que hay con qué: si algo tenemos en este continente son escenarios hermosos. El problema es que las escenas en puertos o en Los Andes proveen puntos mucho más interesantes que la misma historia, la cual gira en torno a las luchas que sólo hizo Bolívar y acaso Sucre, liberando ellos solitos a un continente: por ejemplo, cuando salen Santander, Miranda o Páez aparecen sólo para antagonizarlo, como si ellos mismos no hubiesen sido figuras clave en todo este asunto independentista.
La película entera recae en Édgar Ramírez, que sabemos que tiene con qué… pero quizá no haya sido la elección más apropiada para el papel. Por supuesto que lo hace bien, como se espera de un intérprete de su talla, pero se siente muy grande para interpretar a un hombre que, según todos los testimonios de la época, era físicamente pequeño y débil – aunque se tratara de una fuerza de la naturaleza a la hora de hablar y declamar en público. En todo caso, Ramírez no brilló como se esperaría de él.
De tener chance, vean Libertador. A mí me pareció poco interesante, pero he oído de mucha gente que la disfrutó un mundo. Pero, en todo caso, creo firmemente que, al un tema o personaje adaptado y readaptado hasta el cansancio, el guionista tiene la responsabilidad (o al menos debe tener la meta) de buscar la forma de hacerlo refrescante. Es cierto que no hay nada nuevo bajo el sol, pero la base de la creatividad es encontrarle la vuelta a lo existente y hacer algo distinto desde ahí.

Además de que, fíjate: bastante falta que le hace a Venezuela la creación de una personalidad alterna, humanizada y con fallas, de la figura de Simón Bolívar.