Cosas que (me) ha arruinado el cine (IV). Las comedias románticas.

domingo, 13 de octubre de 2013 - Publicado por Victoria Guerra S. en 23:40
Intolerable Cruelty (2003), sin pensarlo dos veces mi preferida de los Coen.
Admito que soy la niña más niña del mundo y si hay un género al que voy pegada siempre (aparte del musical) es la comedia romántica - y más aún cuando es screwball (ese género casi muerto después de décadas, de respuestas rápidas y a menudo dobles sentidos que apenas eran guiños). Desde el primer dedito en el agua dentro del screwball comedy que significó It Happened One Night hasta los homenajes al género más cercanos a esta época (como Down with Love o Leatherheads), he dedicado muchas de mis horas frente a una pantalla (que no son pocas) a la fórmula típica del chick flick: chico conoce a chica, se presenta un enredo X por el cual se desarrolla una relación superficial de odio que de forma casual y precisa termina en amor y entendimiento.
Es una figura trillada, sin duda, pero cosas más o cosas menos es una fórmula que ha dado algunas de las películas más deliciosas de la historia del cine: las comedias de guerra de sexos Katharine Hepburn-Spencer Tracy de los ’40 (Woman of the Year, por ejemplo), las de ingénue con splashes de sexualidad muy bien disimulada Doris Day-Rock Hudson de los ’60 (Pillow Talk siendo el ejemplo más divertido), las del hombre encantador y ligeramente patán que eventualmente encuentra a la horma de su zapato (subgénero al que Cary Grant dedicó casi toda su carrera y George Clooney los últimos quince años), las del escritor neurótico en Manhattan (y sí, carajo, las pelis de Woody Allen pertenecen a un subgénero propio), las de enredos de secundaria norteamericana (con una gama variadísima que vio sus días de gloria en los ’80 con las películas de John Hughes, pero igual aún nos da cosas geniales como Mean Girls o Easy A) y cualquier otra cantidad de modalidades, algunas más originales que otras, que han demostrado el amplísimo rango posible dentro de una premisa simple.
Tampoco es justo decir que es el único género con una fórmula o con figuras arquetípicas (el primero que se me ocurre es ese vaquero con perpetua cara de tranca pero leal como un perro y dispuesto a sacrificarse por honor, perpetuado por John Wayne), pero probablemente ha sido uno de los más abusados hasta su última expresión. ¿Por qué? Porque es dinero fácil, básicamente: buscas a dos superestrellas, las juntas alrededor de un guion con los mismos clichés de siempre y cero aportes de ingenio, agregas quizá una localidad medianamente exótica (o te quedas con las ciudades grandes, sobre todo en el área de Manhattan), lo pones en el microondas cinco minutos y voilà, tienes un potencial éxito. El hecho es a final de cuentas tu audiencia base (la mujer soltera y criada por historias de Disney) ya está tan acostumbrada a la medida estándar que lo único que espera de la comedia romántica es que esa buena mujer se quede con Matthew McConaughey al final y lo haga un hombre de bien.
Hace poco leía una cita, creo que de Ethan Hawke, que decía algo parecido a que con Julia Roberts se había instaurado una nueva escuela de cine, perennemente imitada pero nunca copiada: la de sonríe y todo estará bien. El hecho es que desde los noventa (desde Pretty Woman, venga) pareciera existir la idea de que la comedia romántica es un género fácil y tonto, en el que cabe cualquier actor, en el que no importa la historia mientras tenga la misma fórmula – y, en parte, puede que venga del hecho de que parece fácil cuando lo hace Julia Roberts.
No digo que la Roberts no haya estado en películas malas (en una carrera tan prolífica es imposible que no sea el caso), pero definitivamente hay una naturalidad innata a su forma de actuar que hace que ciertos ambientes más bien ligeros se vean más fáciles de lo que son – y otro tanto pasaba con Meg Ryan antes de que el colágeno la tomara como prisionera para no devolverla nunca.
No se crean que ese título compartido que tenían en los noventa de reinas de la rom-com era porque, cuando igual se mantenían en guiones interesantes (When Harry Met Sally… es, por lo bajo, encantadora; por lo alto, discutiblemente entre las mejores películas del género), un buen elenco, visuales memorables y, cómo no, química – que enamorarse en pantalla también se parece un poco a hacerlo sin cámaras: al final la sensación que el género pareciera buscar es de la historia improbable pero posible, con un sabor ligeramente mejor que el de la realidad.
Otra persona que le hizo un daño terrible al género por un tiempo corto (temo el día que esa mujer vuelva a ser famosa) fue Katharine Heigl en la cúspide de su éxito post Grey’s Anatomy. Sin darle muchos rodeos a la cosa, se dedicó a poner en pantalla el mismo personaje al menos tres veces (con Knocked Up siendo lo más salvable y, aún así, incluso con el hype que tuvo en su momento ya ha sido debidamente engavetada) en películas tediosamente anti-originales y casi dolorosas de ver, que terminaban siendo éxitos de taquilla porque, como ya decía antes que sospecho, el consumidor parece haber olvidado que también con la comedia romántica se vale hacer buen cine.
Todavía queda buen gusto y buenos guiones de comedia romántica, pero como con todo, quizá los estudios se arriesgan menos a buscar alternativas distintas a la vieja fórmula – una fórmula que si ha funcionado por ochenta años es porque se ha sabido mantener actualizada con los arquetipos y posibilidades de las distintas épocas.

En conclusión: la rom-com vive, la lucha sigue.