Estereotipos (2)

lunes, 4 de abril de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 23:36

Igual que hay estereotipos que no querría vivir (ni actuar) bajo ninguna circunstancia, también hay otros geniales que, por repetidos que sean, nunca dejan de fascinar y no me molestaría serlos de grande

- Cuarentona/cincuentona (“adulta contemporánea”) que se niega a envejecer y siempre tiene un plan malévolo para verse hermosa. Las clásicas son las villanas Disney (la madrastra de Blancanieves, Cruella D’Evil, más recientemente las brujas de Tangled y Enchanted). Es, en fin, la versión moderna y fílmica de la condesa de Báthory, y, pues, ¿quién no quiere ser heredera de la villana que se bañaba en sangre de vírgenes a falta de Botox?

- Chica Bond que sobrevive. Es la opuesta a la de calentamiento; a menudo es un poco sufrida (siguiendo el viejo esquema de damisela en apuros que grita “¡oh, James!”, como la eterna Ursula Andress en Dr. No) pero en el último par de décadas también es “independiente” y tiene alguna profesión medianamente cool, como para callar a las feministas. En todo caso, es con la que termina Bond al final de la película – como, por ejemplo y por mencionar a una de nombre particularmente Bondsoso, Holly Goodhead en Moonraker.

- Villano psicópata y brillante. Hay muchas subcategorías (desde nazis, como el Hans Landa de Inglourious Basterds, hasta asesinos seriales, como Hannibal Lecter – oye, no me había fijado que tienen las mismas iniciales), pero el hecho es que son perturbadoramente geniales, y verlos es lo más cercano que tenemos algunos a la psicosis y nuestra única forma de experimentarla y fascinarnos con ella.

- Rubia en película de Alfred Hitchcock. De la única forma en la que disfrutaría ser catira es esa, precisamente, porque siempre se ven absolutamente hermosas y son realmente encantadoras. La perfecta, claro, sería la princesa Grace Kelly, especialmente en To Catch a Thief.

- Hombre inocente en película de Alfred Hitchcock. Sí, claro, la pasa mal porque lo persigue medio mundo, pero en el camino se divierte muchísimo, se empata con una rubia despampanante y siempre todo se arregla, porque no hay finales tristes en las pelis de Hitch (excepto en muy contadas, y que no siguen el esquema de buen hombre/persecución). Mi preferido en esta es, por supuesto y cómo no, el eterno inspirador de suspiros Cary Grant en North by Northwest (papel que, por cierto, haría que Ian Fleming lo quisiera como James Bond en la primera adaptación del personaje, Dr. No).

- Sobreviviente en apocalipsis zombie. Need I say more?

- Abogado defensor de los derechos humanos, anterior a su tiempo. Bueno, a mí los abogados me caen mal (cosa que digo por encimita, y muy a lo pendejo: la verdad es que algunos de mis mejores amigos son abogados), pero carajo, mentiría vilmente si dijera que no me gustaría ser Atticus Finch cada vez que veo To Kill a Mockingbird.

- Femme fatale. Son estas mujeres súper atractivas que dejan locos a los hombres que se les antojan: la Gilda de Rita Hayworth, la Cleopatra de Elizabeth Taylor, Jessica Rabbit en Who Framed Roger Rabbit?, Sharon Stone en Basic Instinct. Son, por decirlo de alguna forma, los súcubos de la mitología del cine. Este cliché tiene sus muchísimos subclichés, igualmente atractivos: perra cinematográfica (a la Bette Davis en todo, o Faye Dunaway en casi todo, pero particularmente en Network), femme fatale clásica del film noir e incluso mortífera y muy sexy espía soviética (mejor representada como la villana maravillosa de GoldenEye, Xenia Onatopp). Nota: este cliché, por cool que sea, aburre después de un tiempo, y es más entretenido dejarlo en el cine. No lo intenten en casa, chicas.

Recordando a Elizabeth Taylor

viernes, 25 de marzo de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 17:22

La verdad es que no sé qué decir. Desde que desperté el miércoles con la noticia de que Elizabeth Taylor había muerto, pensé en escribir algo e, incluso, que habría quienes esperarían eso de mí (mi ego es una vaina seria, les digo). Ese día muchas personas me dieron el pésame – por absurdo que sea – y yo realmente me sentía como la viuda dolida. Hablando de mi vida, quizá era el fin de una era: acababa de morir mi ídolo de la adolescencia.
Yo sé que esta semana, repentinamente, todo el mundo es el fan número uno de Elizabeth; de pronto todos la encuentran ridículamente hermosa, a todo el mundo se le olvidó que era una vieja loca desde hacía muchos años, están todos sorprendidísimos y se lamentan de la pérdida de la última megaestrella de la época dorada de Hollywood.
No vengo a clamar que yo sí soy la gran fan y que los demás son posers porque me parece una pérdida de tiempo, una vil mentira y una soberana pendejada: el cine, igual que todo arte, se vive en primera persona, para empezar, y de paso se disfruta de mil formas distintas; y, a veces, para redescubrir el alcance de una estrella, hace falta una muerte “inesperada” que la lave de todas las locuras que ha hecho en los últimos tiempos.
Elizabeth (siempre detestó que le dijeran Liz, así que, al menos hoy, le dedico su nombre completo), desde muy joven, fue de salud realmente precaria: tuvo problemas de espalda desde que de niña sufriera un accidente de caballo filmando National Velvet (problema que eventualmente la llevaría a una adicción a los analgésicos, en cuya rehabilitación conocería a su séptimo esposo, Larry Fortensky), en 1960 una traqueotomía le salvó la vida y, se dice, la llevó a su primer Oscar, por una buena actuación (BUtterfield 8) que no se acercaba a ser de sus mejores y mucho menos la mejor del año (quien debió haber ganado por The Apartment, Shirley MacLaine, diría: “Perdí frente a una traqueotomía”), se la declaró muerta un par de veces por distintas causas, tuvo al menos dos operaciones de cadera, cáncer de piel, se le operó un tumor cerebral benigno… y, de paso, en el 2004 declaró que se le había diagnosticado una falla cardíaca. En otras palabras, realmente lo sorprendente es que haya durado tanto, no que se haya muerto “tan repentinamente”, como andan diciendo por ahí.
Pero acá no quiero ponerle más cohetes a su muerte de los que ya hay, y lo de “celebrar su vida” también me parece un poco ridículo (alguna vez, hace años y en otro sitio e idioma, publiqué esto y esto, hablando del por qué de mi amor por ella). Pues sí, fue una mujer que hizo lo que le dio la gana, que debió haber conocido más amor que mucha gente (o eso pensaría uno con siete esposos distintos y ocho matrimonios), que definió una época. Lo que queda hoy es, a pesar de haber sido un fracaso comercial, el recuerdo de su entrada a Roma cubierta en oro en Cleopatra, su amistad con Michael Jackson, las fotos perturbadoras del matrimonio Minnelli-Gest y un montón de películas que fueron muy publicitadas en su tiempo y ya se le olvidaron a todo el mundo.
Si usted quiere ver a Elizabeth en su mejor momento como estrella de cine, como luminaria, como “la mujer más hermosa del mundo” (como diría el aviso publicitario de Cleopatra), tendría que irse a la época Taylor-Burton: primero, porque a cada una de esas películas se le siente ese morbo finísimo que rodea a la gente que se unió a punta de escándalo (como si Brangelina se dedicara de ahora en adelante a hacer películas en bloque) y segundo porque, realmente, ver a la pareja más controversial de Hollywood en acción es un placer divino; la belleza llamativísima de Taylor, que tuvo su época dorada en los sesenta, se compagina mejor que con ninguna otra cosa con la fuerza actoral de Richard Burton (fuerza que a menudo se decía incontenible por cine, mientras él mismo se llamaba un animal de teatro: “Necesito ser grande y escandaloso, y la cámara requiere que seas pequeño y natural y sutil; mucho más natural. Yo soy tan sutil como una estampida de búfalos”)… y ocurre magia, simple magia. Hicieron, seguro, mucho cine insípido, incluso vulgar (se me ocurren Divorce His, Divorce Hers y The Sandpiper), como llegaron a la majestad del épico fracasado (la infame y deliciosa Cleopatra de Fox)… y, por supuesto, esa primera película electrizante de Mike Nichols (que pareciera la madre de otra suya décadas después, Closer), Who’s Afraid of Virginia Woolf?, una de las películas mejor actuadas que he visto en mi vida, particularmente por el par con apellido de diamante famoso.
Por otra parte, si usted quiere ver a la Elizabeth antes de convertirse en la gran tentadora de Hollywood (con poquitos matrimonios encima: en el '51 sólo se había casado con Nicky Hilton, tío abuelo de Paris), la post adolescente reciente y la niña buena de los cincuenta, habría que pasarse por sus películas de principios de esa década: Father of the Bride con Spencer Tracy (otro de los grandes actores de cine, igual que Burton, también olvidado a menudo, y también la mitad de uno de los grandes dúos hollywoodenses, con Katharine Hepburn), su primer encuentro con el hermoso y siempre consternado Montgomery Clift en A Place in the Sun y, claro, The Last Time I Saw Paris, melodrama de la postguerra olvidado por todos y en una de las películas en las que se ve más encantadora – aparte del épico Ivanhoe, donde el estudio la relegó a segundo lugar tras Joan Fontaine. Antes de esto, claro, se pueden encontrar cosillas pequeñas, de cuando todavía era una niña: ese cameo en el Jane Eyre de Fontaine y Orson Welles, Amy en la adaptación de 1949 de Little Women, sus películas con Lassie (diría luego: “Algunos de mis mejores coprotagonistas han sido perros y caballos”) y National Velvet, que la llevaría a la fama a los 12.
Finalmente, una de mis etapas preferidas en la carrera de la diva de los ojos violeta – espero me disculpen por el desorden cronológico – es, justamente, donde hace la transición entre las dos imágenes anteriores: ahí cuando empieza a descubrirse que, detrás de la carita de ángel, resulta que hay una buena actriz. La época después de Giant (“clásico” que yo considero aburridísimo, pero no hay duda de que ella, igual que Rock Hudson, estuvo maravillosa… y, bueno, de James Dean quizá hable en otro momento), cuando estuvo nominada al Oscar por tres años consecutivos hasta ganar al cuarto, con la peor actuación de las anteriores. Esta fue la época de Cat on a Hot Tin Roof, adaptación de la obra de Tennessee Williams genialmente actuada, particularmente por ella y por ese otro par de ojos hermosos, Paul Newman… y también es la época, en 1959, en la que Elizabeth haría Suddenly, Last Summer, otra adaptación de Williams: actuación que siempre me ha parecido la mejor de su carrera fílmica y una de las más eléctricas que he visto (comparable sólo con el Stanley Kowalski de Marlon Brando, también sacada de la pluma del escritor sureño - por cierto, que ambos hicieron una peli interesantosa juntos casi una década después, Reflections on a Golden Eye), dejando en la sombra no sólo a su amigo Monty Clift, si no a una de las actrices más potentes que ha visto el cine, Katharine Hepburn – lo cual no se dice a la ligera.
En realidad siempre faltarán cosas que contar de Elizabeth Taylor (Hilton Wilding Todd Fisher Burton Burton Warner Fortensky), como su afición a los diamantes, su activismo por el SIDA (causa a la que se uniría en los ochenta después de la muerte de su amigo Rock Hudson, cuando todo el mundo todavía tenía pavor de aquella enfermedad desconocida), su particular número de matrimonios, su eterna lealtad a Michael Jackson. En sesenta años se ha gastado mucha tinta, mucho tiempo al aire y mucho espacio de Internet hablando de la Taylor, y se seguirá gastando. La pretensión acá es que, más allá de los escándalos y de las loqueras de sus últimos años, se la recuerde, también, como una actriz de muchísimas facetas y una mujer que, aparte de ser excepcionalmente bella, pareciera expandirse por todas partes y no acabarse nunca.

Estereotipos (1)

viernes, 11 de marzo de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 15:53

Como todos sabemos, a lo largo del siglo en el que hemos tenido cine se ha formado una cantidad considerable de clichés, de estos que uno lleva diez minutos de película y ya sabe todo lo que va a suceder. Algunos, predecibles y todos, son geniales; otros, no tanto. En todo caso, porque puedo, acá va una lista (incompleta, con toda seguridad) de estereotipos de personajes de cine que no me gustaría ser ni de vaina:

- Negro en película de guerra.

- Catira tetona, promiscua y porrista de película de terror. De hecho, cualquier persona en una película de terror, por su tendencia a ser realmente idiotas (excepto el asesino, y ni siquiera es una condición sine qua non).

- Adolescente tímido y con acné que es maltratado emocionalmente durante toda la película hasta que la tipa cool se da cuenta de lo dulce que es y finalmente le hace caso. O sea, Michael Cera. Aunque en general ese tipo de películas están llenas de clichés bobos y poco interesantes.

- Zombie lento. Si mi destino es ser mordida por un zombie, me pido ser como los de 28 Days Later, que son casi atletas.

- Vampiro homosexual que brilla. Ya va, ¿qué?

- Madre de personaje de Disney.

- Chica Bond de calentamiento. Es la primera que aparece y se divide en dos tipos: la que sale en la primera escena en la que aparece 007 (ejemplo: la masajista de Thunderball) y la que Bond seduce y luego amanece muerta (la clásica es la de Goldfinger). Tienen todas algo en común: papeles mínimos de una o dos escenas como máximo.

- Judío en Varsovia nazi. No sé si aplica como estereotipo de cine o es sólo yo siendo una zorra miserable, pero el hecho es que no me gustaría entrar en esa categoría.

- Esposa de gay enclosetado en un suburbio norteamericano, sobre todo durante los cincuenta.

- Escritor en adaptación de Stephen King.

- Tipo que se mete con Chuck Norris.

Menciones honoríficas a cosas que no son personajes pero suelen pasarla bastante mal:

- Templo sagrado/objeto milenario/hallazgo antropológico increíble y mítico en película de Indiana Jones. Siempre, siempre queda destruido, o como mínimo guardado en un almacén inmenso del Estado norteamericano.

- Aston Martin de James Bond.

Perras

martes, 8 de marzo de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 14:13
Uno de los grandes problemas de nuestra sociedad es que cualquiera puede ser una perra durante quince minutos. Sí, lo considero un problema; no por la existencia en sí misma de las perras – que son una constante a través de los siglos, y, en mi opinión, una de las partes más deliciosas cuando no necesarias -, sino por cómo se ha desintegrado la institución. Sí, la institución de la perra, la arquetípica: la de carácter fuerte, con aires de cinismo, desbordando sarcasmo y llena de clase. De pronto todo el mundo se cree una, y se pierde todo el entrenamiento detrás de la cuestión.
En un mundo en el que los flashes de cualquier cosa forman “personas” en el sentido teatral de la palabra – los 140 caracteres de tuíter, los veinte episodios del reality show, los cinco minutos del último video de tu canal en YouTube –, que te convierten durante dos semanas en un meme, no es realmente difícil llamar la atención y, para las mujeres, la forma más sencilla es la de hacerse la diva. No he visto un solo reality que no tenga al menos una “perra” por temporada; una mujer completamente detestable y con ansias de poder (queriendo quedarse con el tipo, o de ganar lo que esté en juego) que te hace regresar al programa tan a menudo como recuerdes con la sola esperanza de que boten a la tipa en ese episodio.
La esencia es la misma, seguro, pero se ha desvirtuado la clase y la ironía. Mi perra preferida, por mucho, es Bette Davis, estereotípica y deliciosa: el diablo con acento sureño en Jezebel (el premio de consolación por Scarlett O’Hara que no podría interpretar por mucho que quiso), la diva del teatro en All About Eve, la mujer madura que se niega a envejecer en Mr. Skeffington, la actriz olvidada en The Star… y Bette Davis, siempre, excepto en Now, Voyager. Destaca, claro, en What Ever Happened to Baby Jane?, como la cantante infantil olvidada y hermana de una ex estrella de cine, a quien maltrató sin parar tanto delante de la cámara como detrás; y cómo no, si era interpretada por su némesis de toda la vida, Joan Crawford.
De Crawford, perra enclosetada cuya hija adoptiva describiría su infancia abusada en un libro que se convertiría en película (Mommie Dearest, si les suena), Bette Davis diría cuando le hablaron de su muerte: “Nunca deberías hablar mal de los muertos, sólo bien… Joan Crawford está muerta. ¡Bien!”
Esas eran las perras fascinantes, para las que se creaban papeles por su puro capricho, las que hacían leyendas. Se dice, incluso, que Bette Davis fue quien le puso el nombre a los premios de la Academia, cuando dijo que la estatuilla se parecía a su tío Oscar. Ya pasaron esas grandes mujeres y se desvanecieron con el Hollywood clásico… y lo que le queda a mi generación, parafraseando a Georgia Rothe, es el recuerdo de las destrucciones de la Pascualina y sus versiones 2.0.
Señores, tenemos que rescatar la cultura de la perra antes de que se termine de extinguir, porque es que ya no somos dignos, no somos dignos; si acaso lo que nos queda son las incursiones anónimas y mal hechas al bitchiness, así sin clase alguna y creyendo que nos la estamos comiendo. Todo mal.
Para terminar con la diosa de la maldad, alguna vez a Bette Davis le preguntaron por qué era tan buena haciendo ese tipo de papeles: “Creo que es porque no soy una perra. Debe ser por eso que la señorita Crawford siempre interpreta damas.”

Brindis

domingo, 6 de marzo de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 17:46

Brindo esta noche por los amores que alguna vez fueron, y por sus eternidades perdidas. Brindo por la reubicación de la esperanza – y primero por su búsqueda de nuevos hogares -, por las cuentas sin pendiente. Brindo por el momento perdido en el tiempo; por las eternidades desvanecidas a recuerdos sin vida, a palabras en un documento de Word.

Brindo, pues, por los caminos que alguna vez fueron paralelos hasta separarse en direcciones distintas. Y brindo finalmente, aunque no lo creas, por vos, porque alguna vez te adoré con locura (alguna vez te quise por siempre), y te aseguro, cariño, que esa vez, ese tiempo, queda aún con una sonrisa en algún rincón del todo.

And the Oscar goes to...

sábado, 26 de febrero de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 18:12

A poco más de veinticuatro horas de la ceremonia más importante del año – bueno, de mi año, ya que los premios de música no me interesan y los Nobel mucho menos -, Hollywood se hace los últimos retoques pre-show: las llamadas de última hora a los diseñadores porque alguien está embarazada (o sólo gorda) y ya no cabe en su vestido; los ensayos frente al espejo, se ponen correctamente las cámaras en el Teatro Kodak (siempre teniendo en cuenta la que está preparada, en cada ceremonia, para filmar cada reacción de Jack Nicholson), en las mansiones de Beverly Hills ocurre el proceso de escribir el discurso que se quedará en la cartera cuando llamen a Meryl Streep así no esté nominada…

Claro que es una reunión de gente pretenciosa con delineamientos prefijados, nadie lo niega. La AMPAS (Academy of Motion Picture Arts and Sciences), igual que los representantes de buena parte de las premiaciones a nivel mundial, tiene una agenda muy politizada: la forma de ganarse un Oscar seguro, se sabe, es hacer cine liberal, izquierdoso, que le pique a alguna figura de autoridad conservadora y que se tome a sí mismo muy en serio. En cuanto a premios a actores, las constantes son precisas: a las actrices a menudo les toca afearse, llorar muchísimo y de ser posible perder a un hijo en pantalla; los actores deben gritar un poco, tener alguna discapacidad física o mental, y hacer un statement sobre un punto “importante” (igualdad sexual y racial son los más comunes). Ah, y tanto para actores como actrices: si usted interpretó un papel basado en un personaje real de cierta notoriedad y su actuación fue dirigida por alguien medianamente reconocido, usted será nominado al Oscar. Y si aplica cualquiera de las anteriores y de paso es parte de alguna minoría, o es extranjero con poco dominio del inglés, vaya preparando un discurso en el que quepa mencionar a la abuelita.

La premiación se ha vuelto un patio de juegos del play-it-safe, sí – la única categoría que se salva, y quizá por nueva, es Mejor Película Animada -, las fórmulas son muy 2+2=4, sí; pero yo soy de formación hollywoodense clásica, y por idiotas que me parezcan las plantillas de decisión de la Academia, y por muy predecible que se haya vuelto, la ceremonia me sigue pareciendo irresistible. El pensar que año tras año entran nuevos grabados a las paredes del Kodak, uniéndose a nombres como Casablanca y Amadeus, es una cuestión que me maravillará siempre.

Pero no soy una muestra representativa: los ratings de la ceremonia de los Oscar han venido en picada en los últimos años. Ya no hallan cómo subirlos: intentaron la vieja técnica de llamar a Billy Crystal a hacer el show, pero su humor ya está démodé; llamaron a Chris Rock, pero era imposible compaginar su estilo rudo con algo tan ceremonial como los premios de la Academia (yo lo detesté a muerte, por ejemplo); le dijeron a Ellen DeGeneres, pero no tenía suficiente fuerza para llevar ese escenario; se buscaron a Hugh Jackman to jazz it up, pero resulta que Broadway y Hollywood combinados no dan suficiente rating. Para el 2010 intentaron encontrar ese punto de clase con Alec Baldwin y Steve Martin, pero juntos no llegaban a un Crystal en los noventa o un Bob Hope de los cincuenta. La solución de este año es traer caras de la nueva generación, dos chicos que han probado su talento (él está nominado este año por 127 Hours) y de paso traen detrás la popularidad de la taquilla, porque él es un archienemigo de Spider-Man y ella la próxima Gatúbela: James Franco y Anne Hathaway.

La ceremonia de este año emociona por eso, para empezar… pero realmente, la posibilidad infinita dentro de la ceremonia del 2011 viene de un nominado que es tan impredecible como el Joker de Heath Ledger: Banksy, quizá el anónimo más conocido del mundo. Está nominado a Mejor Documental por Exit Through the Gift Shop, y anda en campaña, poniendo arte obsceno alrededor de Los Ángeles (¡Mickey Mouse ebrio manoseando a la modelo de una valla!) mientras se acerca la premiación. La Academia lo vetó de ir a la entrega por miedo a que suceda una escena a lo Espartaco: “¡yo soy Banksy!”, “no, ¡YO soy Banksy!” – pero quién sabe qué podría hacer ese burlón en caso de ganar un Oscar. Se lo merecería, eso sí: la película es brillante. Si gana o no ya es cuestión de morbo: ¿será que los miembros de la Academia tienen tanta curiosidad como los mortales ante qué podría hacer este artista inglés?

En cuanto a predicciones, creo que la cosa está bastante clara: la mayor parte de los premios probablemente se los lleve la británica The King’s Speech; Mejor Película, quizá Mejor Director, Mejor Actor para Colin Firth (¡aleluya, Mr. Darcy!). Mejor Actriz se lo llevará Natalie Portman por Black Swan (mi preferida entre las nominadas) y los Actores de Reparto serán Christian Bale y Melissa Leo por The Fighter. El Oscar a Mejor Película Animada irá la gente de Pixar por Toy Story 3. Guión Original quizá podría llevárselo The King’s Speech, aunque quizá se lo den a Inception como disculpa por no haberle dado más nada; y para Guión Adaptado, me huele a The Social Network, pero no apostaría al respecto. Los Oscar que son seguros al cien por ciento son los de Portman, Firth, Bale y Toy Story 3 - el premio mayor, quién sabe, capaz y se lo lleve de sorpresa True Grit o The Social Network (que lo dudo, y espero que no). Dato curioso: hay que estar pendiente con Mejor Edición, que quien gana ahí suele llevarse Mejor Película (pasó el año pasado cuando todos creían que ganaría Avatar, y The Heart Locker se llevó Edición para luego llevarse el Oscar grandote).

Ya los votos fueron contados y los sobres sellados están en una empresa de contaduría de Los Ángeles, empresa que los llevará mañana al Teatro Kodak, blindados. Tan tan taaan…

El hecho es que el Hollywood clásico murió hace rato, y ahora es que la Academia parece darse cuenta, bajándole a lo ceremonioso, incluso haciendo promos de “entrenamiento” de los anfitriones, bajo el eslogan “you’re invited”: tenemos caras nuevas que llaman a un Hollywood que necesita renovación, más las figuras del cine mundial de los últimos treinta años – con el agregado del terrorista del arte por excelencia. Veamos qué sorpresas nos llevaremos mañana.

De la cuestión de si soy o no

jueves, 24 de febrero de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 14:55

¿Que si soy escritora, preguntas? Fíjate cómo es la cuestión.

No fumo ni me gusta mucho el café. No hago nada de forma “trémula” porque mi cuerpo no entiende esdrújulas. No soy alcohólica, suicida, no estoy metida en el clóset ni sufro por mi arte. No soy nihilista, católica ni iluminada. No soy parte de ninguna revolución, ni escribo desde el exilio. No voy a burdeles, no trabajo en uno. No soy particularmente incomprendida por mis coetáneos ni tengo ninguna deformidad física. No maté a mis padres ni me enamoré de mi primo, y me llevo razonablemente bien con mi familia.

Estoy jodida, pues; con este perfil no podría ser escritora jamás.