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Feud: Bette and Joan O qué duro es ser vieja en Hollywood

lunes, 13 de marzo de 2017 - Publicado por BabeDeJour en 16:50
Por si no se nota en cómo termino hablando de gente muerta cada vez que escribo de cine o televisión, amo el Hollywood clásico. No exagero en usar el verbo amar en este contexto: creo que lo único que quiero más es a mis papás, a mi gato (que tiene nombre de actor/director de Hollywood clásico) y a mi novio.
Me encantan las películas de la era dorada de Hollywood y me pasé buena parte de mi adolescencia enamorada perdidamente de actores que llevaban treinta años muertos cuando nací. Justo mientras escribo esto tengo puesto el soundtrack de Guys and Dolls (1955) en Spotify, y la mitad de mis listas de reproducción son de películas viejas.
Como parte de mi amor incondicional por Hollywood histórico, también me encantan los chismes de la época, que ya hoy en día son prácticamente historia del cine. Buena parte de mi fascinación con la época es, sin duda, las personalidades del Hollywood clásico: gracias al (opresivo) sistema de estudios, los actores no eran solo estrellas de cine, también eran personajes fuera de la cámara; cumplían roles frente a la prensa tanto como cuando los contrataban para una película.
Los estudios estaban detrás de que los intérpretes se engancharan a medicamentos que los mantuvieran despiertos durante largas épocas de rodaje, de que las actrices solteras abortaran, de que los actores homosexuales se mantuvieran bien encerrados en el clóset a través de matrimonios arreglados. Detalles más o detalles menos, los estudios eran los dueños de los actores.
Tuvieron que darse demandas antimonopolio para que las cosas mejoraran para los artistas. Pero hubo actores que tuvieron la capacidad de manejar su vida pública al menos hasta cierto punto, dándole a los columnistas de chismes exactamente la cantidad de información que quisieron y creando su propia narrativa en cuanto a personalidad, amores y odios.
Y Hollywood aún no ha visto un odio tan meticulosamente manejado en medios como el de Bette Davis y Joan Crawford.



La mayor rivalidad del cine
Mi fascinación con la rivalidad entre Bette Davis y Joan Crawford tiene años; hace tiempo escribí algo más o menos al respecto. Ahora, la leyenda dice que Bette y Joan se odiaban por ser prácticamente dos caras de la misma moneda, por lo que cada una envidiaba lo que a la otra le sobraba: Davis quería la belleza de Joan, Crawford quería el talento de Davis. Fueron dos de las actrices más icónicas del cine de los 30 y 40 que famosamente se odiaron durante décadas, y, en su vejez, hicieron una película acerca de dos hermanas ex estrellas de cine y vaudeville, What Ever Happened to Baby Jane?

Tomando en consideración el ocaso del sistema de estudios y la larga tradición hollywoodense de dejar de lado a actrices que cometen el vil pecado de envejecer, el hombre detrás de American Horror Story y The People v. O.J. Simpson decidió dedicarle ocho episodios de televisión a la rivalidad entre estas dos mujeres.



Feud: Bette and Joan
Bette and Joan es la primera temporada de la siguiente serie de antología de Ryan Murphy, Feud, que estará centrada en grandes discordias interpersonales (¿acaso hay una traducción precisa para feud?). La serie gira en torno al rodaje de Baby Jane, cuando ya habían años de choques entre ambas actrices, y donde se terminó de asentar el odio que se tuvieron hasta que Bette Davis dio su último suspiro.
Para este proyecto, Murphy se vistió de gala y llamó a dos de las grandes actrices mayores de 60: Susan Sarandon, que interpreta a Bette Davis, y su musa Jessica Lange, que se lleva el papel de Joan Crawford. Elegir a gente de esta talla para interpretar a Bette y Joan no solo es un momento de genialidad, es profundamente meta: como las mujeres que interpretan, ambas son ganadoras del Oscar, ambas fueron reconocidas por su belleza al principio de sus carreras, y ambas han tenido que adaptarse a la baja cantidad de roles para actrices mayores (que no son Meryl Streep o Helen Mirren).
Sarandon y Lange han pasado por la misma curva que Davis y Crawford, con la diferencia de que han vivido en una época más amable, aunque solo ligeramente. Como sus contrapartes, son inmensas: Sarandon, como Bette hizo durante toda su carrera, se come cada escena; Lange, como la dama neurótica y obsesionada con su juventud pasada, es la sutileza en pasta, con momentos de explosión increíbles - lo que en mi pueblo llamaríamos “pica pasitos.”
El resto del elenco también es extraordinario, contando con actrices de la talla de Catherine Zeta-Jones, Judy Davis, Kiernan Shipka, Kathy Bates y Sarah Paulson. Como la película de la que habla, Bette and Joan es una serie profundamente enfocada en mujeres, con un elenco mayoritariamente femenino y, de hecho, las dos figuras principales masculinas, en el contexto de la serie, prácticamente existen alrededor de las dos protagonistas: Alfred Molina interpreta al director de Baby Jane, un pseudo jefe pusilánime frente a dos ídolos; Stanley Tucci es Jack Warner, el dueño del estudio, que acepta hacer la película a pesar de detestar a Bette Davis a muerte.
Bette and Joan es varias cosas a la vez: fundamentalmente, es un homenaje al Hollywood clásico y también una dura crítica al historial de la ciudad del cine con sus protagonistas femeninas. Es, además, un análisis de la creación de la narrativa pública: Bette y especialmente Joan son su propio equipo de marketing, trabajando siempre cuidadosamente en cómo y cuánto muestran de sí mismas.
Bette and Joan es, además, como lo fue Whatever Happened to Baby Jane en su momento, una obra voyeurista: es entrar en el detrás de cámaras de uno de los rodajes más infames de Hollywood, tan rodeado de morbo que se convirtió en un éxito de la taquilla solo porque habían generaciones muertas de curiosidad por ver a ese par de viejas locas odiarse, porque ya estaba claro que no era mentira.
Sobre todo, Bette and Joan es un chisme delicioso, excelentemente construido y representado.

Conexiones
Mientras la primera temporada de Feud es completamente acerca de Bette y Joan, las grandes enemistades femeninas pululan por toda la serie, gracias a dos personajes que son, cada uno, la mitad de un conflicto: la columnista de chismes Hedda Hopper (Davis en la serie), que durante décadas tuvo como rival a otra reportera de farándula, Louella Parsons; y Olivia De Havilland (Zeta-Jones), ganadora del Oscar que acaba de cumplir cien años y pasó buena parte de su vida enemistada con su hermana, también actriz, Joan Fontaine; hace años hablé de ambas por acá.
No creo que sea casualidad que dos coprotagonistas de grandes rivalidades también aparezcan en la serie, considerando la autoconciencia de género por la que es famoso Ryan Murphy. Es un guiño, pero a la vez es un recordatorio: estas rivalidades eran muchas veces impuestas por la opinión pública, porque al público le encanta ver a mujeres exitosas pelearse por un pedazo de torta.
¿O es que hay mucha diferencia entre esto y ver a Taylor Swift y Katy Perry dirigirse tuits pasivo-agresivos?

De La La Land, Casablanca y los musicales de MGM

lunes, 13 de febrero de 2017 - Publicado por BabeDeJour en 18:44

Lo digo una vez, diez, mil y todas: amo los musicales. Me parecen la representación más pura de Lo Cinemático: me encanta que pertenecen a un universo que solo existe en pantalla, en el que todo el mundo es increíblemente talentoso en canto y danza, donde cualquier obstáculo o gran momento es una oportunidad para hacer una rutina de tap en público. También me parece que no hay actores más talentosos que los que llaman amenaza triple: los que cantan, bailan y actúan.
Entonces, ¿por qué La La Land no es mi película preferida del 2016, o de lo que va de la década, o de la vida? Justamente por los años de amor a los musicales: antes de entrar al cine a ver el segundo largometraje de Damien Chazelle, ya lo había visto.
Ya vi el baile entre las estrellas cuando lo hicieron Ewan McGregor y Nicole Kidman sobre el cielo de París. Ya vi a un grupo de amigas bailando en una pijamada cuando Stockard Channing cantó acerca de Sandra Dee, y también cuando Natalie Wood/Marni Nixon le dijo al mundo que se sentía bonita. Vi a Fred Astaire y a Cyd Charisse haciendo click después de muchos desacuerdos mientras bailaban en un parque. Incluso, vi a Gene Kelly haciendo una secuencia de tap a la orilla del Sena.
Acá un poco de lo que hablo, aunque personalmente no haya visto todas las películas a las que hace referencia.



No me malinterpreten, La La Land me parece encantadora. Es una película visualmente espectacular, que cuenta con probablemente los dos actores con la química más palpable de Hollywood, con música preciosa y, sobre todo, es una película hecha por alguien que claramente ama el género. De hecho, creo que la historia no viene tanto del Technicolor de MGM como de la Marruecos de Warner Bros.: si hay una película que se mantiene encima de La La Land como un presagio de principio a fin es Casablanca.
Y abajo van algunos spoilers.

Es Ingrid Bergman quien observa a Mia (Emma Stone) desde un mural enorme en su cuarto, después de que se pasa el día trabajando frente al balcón donde Rick (Humphrey Bogart) e Ilsa vieron a los nazis marchando hacia París. Cuando todo parece perdido, Bergman vuelve a aparecer en una valla publicitaria.
Y por supuesto, en ese final de ensueño en el que Mia entra al bar de hombre con el que no funcionaron las cosas, el pianista Seb (Rick y Sam a un tiempo, en el cuerpo de Ryan Gosling) detiene el mundo con la canción del momento en el que se conocieron. Escoja usted entre “As Time Goes By” y “Mia & Sebastian’s Theme.”
Los problemas de La La Land, que realmente no son muchos, vienen por un guión al que falta potencia: empieza con la magia de un coro de Vincente Minnelli y termina con el pizzazz de un número de fantasía de Stanley Donen, pero se queda corto en el medio. Tiene grandes momentos, como el tap en el parque y el baile de salón en el Planetario, pero le falta un hilo cohesivo entre punto y punto. No falla (muy por el contrario), pero sus triunfos son picos, no un continuo.
En realidad, Rafa escribió algo muchísimo más acertado y preciso en cuanto a la artesanía detrás de La La Land de lo que yo estoy en capacidad de analizar. Pero no es a eso a lo que quiero llegar.


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Como comentaba antes, mi “problema” con La La Land es que, aunque es excelente, también es casi enteramente derivativa, tomando muchísimas escenas del cine clásico e incluso del moderno, además de desarrollarse (como tantos musicales clásicos) en el mundo del espectáculo. Y pasa que, de todos los motivos que La La Land toma del cine, en cada una de las ocasiones, la ejecución original es más impresionante. Y acá llego a mi punto: la vastísima historia del género musical parece un secreto bien guardado para los nuevos enamorados de La La Land.
Es sorprendente cuánta gente he oído decir que “no le gustan los musicales, pero...” con La La Land. También es sorprendente la cantidad de gente con la que me he topado en la vida que dice que odia los musicales y solo vio uno, quizá algo como The Sound of Music (película que personalmente me parece insufrible), y decidió ponerle la cruz a un género completo. Ahora, lo bonito de que disfruten una película como esta es que puede ser una puerta: desde La La Land se puede entrar a The Band Wagon, a Guys and Dolls, a An American in Paris.
En fin, a un mundo de películas realmente magníficas.
El musical, como existía en el Hollywood de los 30 a los 60, lleva muchas décadas muerto. En esa época se trataba casi de una sub-industria: MGM se encargó, por años, de mantener bajo contrato a la gente más talentosa del género, contando con leyendas como Astaire, Kelly, Judy Garland y Frank Sinatra. Aunque ya en ese momento se veían adaptaciones de Broadway, también fue una época realmente prolífica en cuanto a contenido original, cuando el género se inventó agotó, hasta el punto de que no fue hasta los 70, cuando llegó Bob Fosse, que los musicales agarraron un matiz más oscuro que la primera explosión de Technicolor en CinemaScope.
Hoy en día, de todas esas horas de metraje, lo que queda en el imaginario colectivo son algunas películas muy puntuales como The Wizard of Oz, West Side Story y, si acaso, Singin’ in the Rain. Pero hay tantas, tantísimas películas más allá de eso desde entonces hasta ahora, variando desde comedias románticas a terror, que ¿cómo vas a dejar de verlas solamente porque cantan y/o bailan?
Me encanta que La La Land sea un descubrimiento. Me encanta que un musical original haya encontrado público en una época en la que la gran mayoría de las películas de este tipo (que de por sí son pocas) son adaptaciones de obras de Broadway o West End. Pero me encantaría más aún que, desde ahí, haya una ola de redescubrimiento a uno de los géneros más cinemáticos que existen.
La La Land es un llamado a adentrarse en el cine extraordinario que le dio forma. Damien Chazelle no hace referencias no solo para los entendidos, sino también para los que pueden serlo. Al final, la invitación es a disfrutar de lo que es el musical en su estado más puro: entretenimiento (y escapismo) en su máxima expresión.

El que fracasando, triunfa

martes, 13 de julio de 2010 - Publicado por BabeDeJour en 0:31
Él no gana. No gana porque no tiene por qué ganar. No gana porque está por encima de la victoria, porque la mira con el más ligero desprecio, alza las cejas y le tira un cigarro a los pies.
No gana porque estamos en noir, porque él es el noir, y en el noir sólo ganan la noche y los grises.
No gana, señores, porque su fracaso es magnífico. Porque si esa gabardina no hubiera desaparecido en la neblina, nadie se acordaría de Marruecos en la segunda guerra.
Humphrey Bogart es el más noble de los infelices, de los fracasados; la alta alcurnia de la rata callejera que sobrevive cualquier holocausto nuclear, con un cigarro, una sonrisa cínica y pidiéndote una moneda, porque es americano y ha caído en desgracia… o pregúntele usted a Bugs Bunny.
A veces pareciera ganar, eso sí, pero se ve forzado o, al menos, no muy duradero. Ganó a la Hepburn (a ambas de ellas) y a la Bacall la ganaba siempre (sin haberla tenido nunca). Pero mientras, se le voló el gran pájaro, le dio pelea a Bette Davis, y lo volvieron loco el oro y el motín.
Perdió mil veces y fracasó en niveles inimaginables… y por eso, trasciende. Por eso es Bogart, por eso se defiende su honor y su gabardina con una sombra de La Marseillaise cantada a coro por docenas de europeos en exilio en África. Here’s lookin’ at you, kid.