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De la posteridad fácil

domingo, 22 de julio de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 3:08
Sucede que mis estrellas de cine preferidas son siempre las que duraron y erraron hasta convertirse en seres humanos. Mi lógica es esta: si el cine (si el arte) es extensión, plug-in de la vida, tiene que parecerse o al menos tener alguna conexión con lo terrenal.
Por eso me quedo, siempre, con un Orson Welles antes que con un James Dean, porque al Welles le dio tiempo para quedarse un rato y hacerse de carne y hueso. James Dean tuvo la ventaja, en su idiotez postadolescente de vida rápida, de convertirse en lo que quiso ser: un cadáver atractivo. Uno que será hermoso por toda la eternidad porque jamás fue acosado por los paparazzi mientras iba a una clínica a inyectarse botox, ni llegó nunca a dejar un comentario subido de tono o racista en medios internacionales para que el mundo oyera, como parece ser el hobby actual de Brigitte Bardot.
Es demasiado fácil, casi flojo, quedar marcado en la posteridad después de hacer boom: es un truco barato, de mago de mala muerte. Y, parece, cada generación tiene el suyo propio: la mía vivió la muerte del mejor Joker que jamás se ha enfrentado al Caballero de la Noche, y ahí va a quedar Heath Ledger, implantado en nuestra memoria como el hombre que pudo ser muchos otros y el destino (qué cursi, qué trágico) no se lo permitió.
Me quedo, sin pensármelo dos veces, con la humanidad de las estrellas en decadencia: con Paul Newman sonriendo desde el frasco de mi aderezo César, Brigitte Bardot despotricando contra el mundo, Marlon Brando convirtiéndose en el hombre más gordo y feo del planeta o Liza Minnelli teniendo una boda casi alienígena. Porque sucede que así de locos, feos y metidos en la nevera de mi casa, no perdieron nunca esa cualidad de eternidad que les otorgó el cine y mantuvieron vivo a punta de sudor y talento.
Se me ocurre, desde mi fangirl interna que no morirá nunca, una idea: tendría que haber sido Elizabeth Taylor quien cantara “Diamonds Are a Girl’s Best Friend” en los cincuenta, como presagio de justicia divina: al final sería ella la que vería su belleza desvanecerse mientras sus diamantes permanecían, cuando a Marilyn Monroe le tocó la bondad dulce de quedar brillando joven y hermosa en pantalla por todos los tiempos, sin debilidades posteriores que pudieran convertirla en otra más de las billones de personas en el planeta.


De Naokos y Midoris

lunes, 26 de marzo de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 3:13

Todos conocemos a una Naoko, y tengo la teoría de que todo hombre ha pasado por el enamoramiento (o la obsesión) con alguna de ellas. Son estas mujeres irresistibles a todos los hombres y perennemente inaccesibles: suelen ser hermosas, muchísimo, y tener un je ne sais quois que las separa del resto. Su atractivo mayor es este encanto que se adivina, oculto, con algo de helplessness, como si fuesen a romperse, como si buscaran la salvación en un sitio al que no han podido llegar nunca. Suelen estar trastornadas hasta la médula y ser un cúmulo inmenso de issues y locura mal utilizada y jamás tratada.
Son, digamos, las princesas de los cuentos de hadas de Disney, con todo el bagaje emocional que incluye el padre muerto, la madrastra malvada y la obsesión compulsiva con la limpieza de cualquier sitio en el que se encuentren.
Las llamo así por Naoko, el personaje de Haruki Murakami en Tokio Blues (Norwegian Wood), que en la adaptación cinematográfica interpretó Rinko Kikuchi. Es el perfecto ejemplo de este tipo de mujeres (incluso, en la novela tenemos a Midori, el otro personaje femenino, prácticamente opuesto, que sirve como contraste a la primera). Les puse Naokos por mi obsesión murakamiana, pero quizá el imaginario de mi generación podría verla mejor relacionada a la figura de la cultura pop que hombres alrededor del mundo se han dedicado a odiar desde la experiencia propia: la Summer de Zooey Deschanel en (500) Days of Summer.
Admito que el efecto que tienen estas mujeres siempre me ha parecido fascinante. Fascinante y repulsivo. Digo, las detesto como modelo, y he llegado a tenerle una rabia (a ver, arrechera) enorme a mujeres que reconozco como ese tipo preciso. Básicamente me parecen zorras manipuladoras que no ven más allá de sí mismas y su propia miseria, que no hacen absolutamente nada al respecto y toman a quienes las quieren hasta consumirlos, agotándolos emocional y a menudo físicamente (sin darse cuenta, eso sí) gastándose en intentos desesperados y nada efectivos por salvarlas de su extrema infelicidad.
Peach, por ejemplo. Todos los que nacimos después de los ochenta alguna vez tuvimos un Nintendo y conocemos a Peach. Es una princesa lindísima, rubia y adorable, que siempre termina siendo secuestrada por el mismo dragón-dinosaurio o lo que sea que es Bowser, haciendo que el bueno de Mario se encargue de rescatarla, pasando por todas las penurias del mundo (o más bien de todos los mundos del juego). Y después de tanto problema, lo que le dan al pobre plomero es un piche pedazo de torta. Y el más pendejo, de paso, se queda y la vuelve a salvar la vez siguiente.
Pobre tipo, vale.
Es una sobre simplificación, con toda seguridad, pero casi todos los hombres que conozco alguna vez han pasado por una mujer parecida a la que aman y adoran, de la que se convierten en los mejores amigos o hasta novios, pero jamás logran traspasar esta especie de muralla imaginaria y entrar, realmente entrar, en la cabeza, en el alma (en la “memoria poética”, por usar un término de Kundera) de la chica en cuestión.
Hace poco vi My Week with Marilyn (que muy recomiendo, por el Olivier de Kenneth Branagh y especialmente por la interpretación maravillosísima de Michelle Williams como Marilyn Monroe) y finalmente entendí por qué siempre me ha caído pesado el culto a la rubia platinada más icónica del cine… y es que es una celebración, justamente, a este arquetipo de la mujer hipnótica e inescrutable.
Marilyn Monroe, originalmente Norma Jean Mortensen, pasó buena parte de su infancia entre padres adoptivos, en hogares en los que tuvo que escapar violaciones y hasta intentos de asfixia. Su familia adoptiva la abandona para irse a otra ciudad, y a los dieciséis se casa por primera vez para divorciarse por primera vez no mucho tiempo después. A ver, que estamos hablando de una mujer que no podía no estar profundamente perturbada. My Week with Marilyn la describe un poco así: una mujer frágil, evidentemente hermosa, dicen que brillante (el rumor es que su novela preferida era Ulises de James Joyce, pero mi escepticismo no conoce límites en cuanto a esa obra en particular y la gente que dice amarla), atormentada por su pasado y por la soledad de su vida (aunque rodeada de personas que la adoraban), con problemas serios de adicción a calmantes, volcada en su propia e inescapable miseria y por ende emocionalmente inalcanzable.
Claro, es un biopic (género fílmico no tiende a ser demasiado fiel a la realidad), y la verdad no la muestra de mala manera. Habiendo leído un par de cosas acerca de la Monroe en mis años de cinefilia compulsiva, sin embargo, sí pareciera que se comportaba más o menos así. Como aquella historia famosa de cómo le preguntaba a la gente a su alrededor, caminando por la calle, “¿quieres que me convierta en ella, en Marilyn Monroe?”, y cambiaba algo, su forma de caminar, a sí misma, y de pronto el mundo la notaba – sacaba esta cosa, esto que no era ella pero hipnotizaba a quienes la conocían. Aunque quizá la fascinación no venía la ilusión de Marilyn ni tan siquiera de lo terrenal de Norma Jean, sino de la cualidad que hacía que ambas coexistieran en un mismo ser que pedía y rogaba ser salvado de su perturbación – como si la carga de la infelicidad propia pudiera serle donada a otro para su resolución, como si el exterior no estuviera compuesto de actores que sólo ayudan o empeoran el abismo que se trae dentro.
Mis heroínas del cine siempre han sido más cercanas a ser de carne y hueso: Elizabeth Taylor, con su historial de enamorarse hasta del constructor; Audrey Hepburn, con su vida romántica apacible y centrada; Ingrid Bergman, con sus escándalos y listas negras. Las Marilyn Monroes o Catherine Deneuves del mundo jamás me han interesado como personajes, cuando sí como fenómenos sociales y seres que fascinan a otros (claro que no me consta que la Deneuve fuese igual, aunque sus personajes tuvieran la tendencia).
Me confieso Midori: demasiado intensa para ser fría, demasiado presente para ser distante, demasiado directa para irme por las ramas, muy poco dada a los séquitos de adoradores. No podría ser Summer, sino Autumn: algo así como lo que pasa después de la Summer, de la Naoko.
Así que a estas mujeres las detesto y muchísimo, pero al final agradezco su existencia: si ellas no hubiesen pasado antes, amasándome el camino (de forma tan indirecta, claro que sí), mi historia sería distinta y dudo que sería quien soy hoy, por cursi que suene. Para ser dolorosamente clichés, digamos que los opuestos son siempre complementos de un todo.