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México y las rupturas

miércoles, 14 de septiembre de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 17:48

Desde diciembre del año pasado decía, medio en broma, que pensaba iluminarme en agosto del 2011. Sí, medio en broma: procuro, en la medida de lo posible, darle un vuelco (por mínimo que sea) a mi vida cuando hago un viaje grande. Sí había, en todo caso, algo desconocido que me picaba el ojo mientras salía del aeropuerto de Maiquetía: jamás había hecho un viaje así de loco.

Es la sexta vez que me siento a narrar mi viaje a México. Escribo desde un archivo de Word que tiene cinco esqueletos de comentarios, extractos que suman casi dos cuartillas. Tantas las cosas que quiero decir que no sé dónde empezar, seguir, terminar. Por otra parte, opino que, mientras más cueste escribir algo, peor sale – así que no respondo de qué pase a continuación.

No estaba planteado ir a México. El plan original, por años, era que en el verano 2011 iría a Europa a mochilear con mi mejor amiga. No sucedió por detalles que no vienen al cuento, y en un acto de irracionalidad (y, admito, de rabia e impotencia) decidí irme a visitar (conocer, ya sabemos cómo funcionan estas amistades 2.0) a uno de mis mejores amigos, Javier Raya, ninja extraordinaire.

(Por alguna razón me parece importantísimo mencionar que de hecho el ninja y yo no queríamos matarnos cuando nos despedimos en el aeropuerto, contra todo pronóstico – mío, al menos, que vivo convencida de que mi pila de neurosis me hace incapaz de convivir con nadie).

La noche en la que llegué al D.F., agotada después de un día completo de viaje, una de las primeras cosas que noté fue que, en la esquina de la casa en la que me quedaba, había un altarcito de la Virgen de Guadalupe. Me es extrañísimo: en Venezuela, cuando se ven ese tipo de altares, generalmente están en la carretera y significan que alguien murió en ese sitio. Entiendo que en México no existe esa tradición (algo mórbida, ahora que lo pienso), pero me pareció fascinante encontrármelo, pequeño como sólo puede ser algo común y corriente, iluminado en una esquina de una calle en medio de la ciudad más poblada del mundo. Como si el suelo en el que caminaba, hasta en el rincón más casual, tuviera algo de sacro; como si llegar a ese sitio hubiese sido una peregrinación de la que no estaba consciente.

Al día siguiente caminamos por el centro, fuimos a la Torre Latinoamericana y, cuando bajábamos (después de ovular al ver una placa que decía que Alfonso Cuarón, que es uno de mis directores preferidos, había grabado ahí), el ascensor quedó en completo silencio. Silencio de iglesia, de sitio de culto, casi de lugar de peregrinaje. A mí se me ocurren pocas cosas menos sagradas que la torre de una empresa de seguros, pero, me explicaba el ninja, como el lugar es patrimonio cultural y se ha convertido en especie de museo, existe cierto respeto a sus instalaciones, y de ahí aquel silencio que tan extraño me había parecido.

Por decirlo de la forma más plana posible, en mi pueblo no pasan esas cosas. Los venezolanos, gente del trópico al fin, estamos acostumbrados al ruido, en todo momento, sin tiempo de recogimiento; hay, además, un dejo de sorna siempre, que hace que pocas cosas tengan importancia real (definitivamente no un edificio, por muy cercano a museo que sea hoy en día). Los silencios solemnes en mi tierra vienen más de miedo que de respeto: somos, como nación, profundamente supersticiosos, y callamos ante la más mínima mención de expiración (no es casualidad que, una vez diagnosticado de cáncer, Hugo Chávez haya cambiado su eslogan de “Patria socialista o muerte, venceremos” a “Patria socialista, viviremos”). Caso distinto al mexicano, con esa cortina sutilísima que cubre todo un poquito de muerte, sin que esta sea algo amenazador sino, incluso, una especie de celebración – una ceremonia, acaso, con el dejo azteca que le da ese aire a culto, a sagrado, a silencio. De verdad debe ser toda una experiencia pasar un Día de los Muertos en México.

El punto al que trato de llegar es este: si en México todo es sagrado, allá me vuelvo transgresora. México saca mi lado más adolescente: me provoca (se me antoja, como dicen allá) gritar en los ascensores callados, profanar catedrales barrocas o ser parte de ritos orgiásticos en el tope de la Pirámide del Sol de Teotihuacán.

México es el sitio donde quienes buscamos equilibrio tentamos a lo sagrado. Como quien cree tanto en algo que para superarlo de alguna manera no puede hacer más que destruirlo.

No lo sabía entonces, pero salí de viaje tambaleándome en una cuerda floja. A mi alrededor habían cosas dobladas que aún no se rompían (por dar un ejemplo, días después de llegar a Venezuela murió mi abuela después de un mes terrible en el que no estuve y del que me dieron poca información para no arruinarme las vacaciones), y que empezaban a controlarme, justo por no poder controlarlas a ellas. En México se rompió algo – algo que debía romperse, definitivamente, pero, como toda ruptura, desestructuró alguna base importante. No exagero, me parece, si digo que me destruí un poco en México.

Todo viaje, igual que lo demás, ocurre en el momento en el que debe ocurrir. Para mí, cada uno trae (o debe traer), como mínimo, una promesa de libertad, una pregunta en condicional: un qué pasaría si. ¿Qué pasaría si todo lo que te negabas por miedo a la destrucción no destruye nada? ¿Qué pasaría si, incluso, la destrucción no daña nada que no sobrara?

Es lo de menos, me parece, decir que quiero casarme con la comida, con todos, toditos los manjares que sirven en ese país (llevo semanas con antojo de comida mexicana, y tengo pavor de ir a algún restaurant, notarle las costuras y ponerme a llorar de nostalgia gastronómica). Que puede que haya probado todas las marcas de cerveza mexicana (o que tuve la borrachera más épica de mi vida en México, aunque no, no fue con cerveza). Que conocí a la gente más agradable del mundo, de la que me enamoré perdidamente. Que algunos de los hombres más bellos que he visto caminan por las calles del D.F. Que aprendí a hablar un chilango bastante decente, según me dicen. Que conocí a la mitad de tuíter. Que agregué a alguien más a mi lista larguísima (y sospecho, inconclusa) de quienes me hacen falta todos los días para las cosas más nimias (así de cursi y todo, pinche cerdo acá).

Antes de ir al aeropuerto y despegar hacia Nueva York (ciudad de la que hablaré con calma en otro post), el ninja me preguntó, con toda la seriedad del mundo, si me había iluminado. Claro que no lo hice; quien busca la iluminación no la encuentra; pero tengo la impresión de que estas pequeñas destrucciones, estas pequeñas rupturas (que más bien son enormes), llevan a algún sitio, oscuro o iluminado, y eso, me parece, es mucho más de lo que se me pudo haber ocurrido pedir.

Y what happens in Mexico stays in Mexico, cabrón.

Enamorarse de París

domingo, 12 de junio de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 17:08

El detalle de escribirle a París es que es llover sobre mojado, siempre: ya todo el que “ha sido alguien” (¿…?) en el último par de siglos ha dejado un pedacito de sí mismo en París. Existe, por esta lista inmensa de personas y momentos que tiene la ciudad, una definitiva cualidad de humildad opuesta: París es tanto, por todas partes y todo el tiempo, que te obliga a empequeñecer frente a la certeza de que jamás vas a igualar el hechizo de cada callejón parisino.

Esta inmensidad le da una primera dimensión superficial: las muchas, miles y millones de caras de París. La ville lumière no es una ciudad uniforme; es infinitas ciudades al mismo tiempo. Es la lentitud de Proust, la honestidad brutal de Hemingway, las marchas de Napoleón, el ennui incurable de Rimbaud; París es ella hoy, y ella en cada una de sus mil revoluciones.

Esta primera fase de encontrarse con París implica el enamoramiento de París. Enamoramiento, así dicho, tal cual teenager; el ver cómo todas las angustias se disipan ante este paraíso cosmopolita de luces y colores.

Tendría que explicarme mejor: conocí París en plena adolescencia y cumplí mis quince ahí. Por detalles que no vienen al caso, ese año y el siguiente fueron particularmente extraños e incómodos en casa, y por un buen tiempo me aferré a la ciudad como ideal de refugio, de tranquilidad y, sobre todo, de libertad (¿qué sitio podría ser mejor metáfora de libertad que la cuna de nuestra era contemporánea, desde aquel catorce de julio?). Volví a los dieciocho y estuve ahí un par de meses estudiando francés; sola como sólo he estado ahí, y feliz como no lo había sido nunca antes. Regresar esa vez a Venezuela se sintió como el preso que logró escapar por un tiempo cortísimo y lo volvieron a atrapar; así de deprimente y melodramática fue esa separación de París.

He regresado un par de veces desde entonces, en distintos momentos de mi vida, y no podría negar que una parte importante de mi forma de ver el mundo viene del París que he vivido en a lo largo de los años. La última visita, esta primavera, me hizo verla desde una perspectiva distinta. Más estable (o estable por primera vez), diría yo.

Volvamos al punto inicial: las fases del enamoramiento parisino.

Conocer París, como decía, es un coup de foudre instantáneo: arquitectónicamente, realmente es una ciudad hermosa y muy consistente consigo misma (no se encuentran estos desastres latinos de estructuras coloniales al lado de casinos) y cada dos estaciones de metro hay algún monumento histórico. El encanto es ese: todo está lleno de pasado, y reconforta sentirse acompañado por él en cada paso.

París son todas las películas que la tienen de escenario, todas las fotos, todos los versos, todos los cuadros. París es salir del metro y de pronto ver una placa en la que dice que André Breton estuvo ahí con su Nadja, y entonces sentirse la persona más chiquitita del universo.

París es la humildad forzada de admitir que, seas quien seas, tu destino nunca podrá llegarle a los talones a la historia de la ciudad. París es la Révolution, la Belle Époque, la Commune, la primavera del ’68, la Résistance, Cary Grant y Audrey Hepburn.

París es, en el fondo, la pura subjetividad: es en sí misma la Meca de las metáforas y donde caben todas ellas – por ende, es la ciudad en la que todo es probable, porque es el mundo de lo posible. París es la ciudad que se crea a sí misma y se transforma dependiendo de quién la vea.

Por todo esto, París es también la ciudad más falsa de todas: su promesa callada es una de grandeza, pero la verdad es que es una ciudad enorme, sucia y tan cosmopolita que no le importas; habla del gran pasado, pero poco tiene que ver con la ciudad de hoy, con su población flotante de miles (o millones) de turistas.

París es, si es que quiero llegar a alguna parte, esa mujer de la que se enamoran todos los hombres alguna vez en su vida: fría, hermosa y eternamente indisponible, que te mira desde su pedestal, por encima de ti. Esa misma que intuyes que te “entiende”, y que estás seguro de que sólo tú podrías hacerla feliz.

El arquetipo de esta mujer lejana se destruye en algún punto, cuando ves que la diferencia entre tú y ella es abismal, que lo único que los une realmente es cuánto tu vida ha cambiado a través de ella. Así París: siempre fue la misma, fría, pero te enamoraste de ella y te convertiste en quien eres gracias a sus particularidades.

París es, pues, la añoranza de ese pasado que no te pertenece – pero del que siempre vale la pena enamorarse, de mil maneras distintas y en diferentes etapas de la vida.

Tránsito

martes, 3 de agosto de 2010 - Publicado por BabeDeJour en 16:51

Ver a la gente corriendo de puerta a puerta, sin hacerle el más mínimo caso a nada ni nadie alrededor. Conseguirse a las aeromozas, siempre en grupos de tres o cuatro, hablando despreocupadas con sus uniformes y maletitas. Notar que el pasaporte de quien tienes en frente en la cola de inmigración es de un país rarísimo. Darte cuenta de que en tu rango de oído se están hablando unos tres o cuatro idiomas distintos.

Reírte por dentro con todos los instrumentos que sacan las madres para mantener a sus hijos ocupados: libro de colorear, juguetes varios, Nintendo DS, DVD portátil, laptop (y el asumir que mientras más opciones hayan, o la madre tiene más experiencia viajando, o el vuelo que están esperando es más largo).

Los aeropuertos grandes están llenos de estos detallitos deliciosos. Como para echarse en la silla (incómoda) más cercana a tu puerta de embarque y ver a quiénes te consigues y haciendo qué cosa.

Viajes

domingo, 18 de octubre de 2009 - Publicado por BabeDeJour en 19:47

Leyendo una entrada del blog de una sifrina divinamente insoportable me conseguí con que ella había ido a Amoeba Music, que es una tienda / depósito / pedacito de cielo que existe en varias ciudades del estado del sol norteamericano – la única que yo conozco (y según mi amo y señor Wikipedia, la más notable) siendo la de San Francisco.

Viendo eso, me di cuenta de algo: nunca he escrito nada acerca de viajar, lo cual es realmente estúpido porque, de hecho, es la manera más directa que conozco de recargarme las pilas cuando me asfixio de pastelito. Así que me parece conveniente recorrer algunas de mis ciudades preferidas de las pocas que conozco, porque la palabra da pa’ todo.



Veamos, ¿por dónde empezar? Se me ocurre que Barcelona tiene un poco el aire de génesis. Es una ciudad que incluso en invierno palpita Mediterráneo, ¿y cómo no va a hacerlo, con la explosión gloriosa de color que se ve en cada esquina? Gaudí dejó mosaicos, belleza y un templo expiatorio de interminable construcción que parece el palacio de una leyenda vampíricamente no-muerta del rock ‘n roll – es demasiado fácil imaginarse a Keith Richards saliendo de La Sagrada Família un domingo al mediodía con cara de que hace rato que no le hacen una trasfusión total de sangre.

Yo pasé una Navidad en Barcelona (la más solitaria que he pasado en mi vida, cabe destacar – pero eso ya es otro cuento, y no es culpa de la ciudad) y, por eso, conocí un tipo simpatiquísimo llamado el Cagané: se trata de una figurita de pesebre, muy catalana ella, que consta de un tipo cagando, así randomly, en media escena de natividad católica. Esto es en serio y no me lo estoy inventando; si no me equivoco, se agrega al pesebre como manera de simbolizar el abono a la tierra, o yo que sé. A mí me parece una excusa maravillosa para que los catalanes se suelten de vez en cuando, considerando que son un pueblo muy cerrado y que raya en lo antipático (si me dicen “no todos son así” se los creo; pero a mí me parece el colmo del malasangrismo que, cuando pides una dirección con un acento tan sudamericano como el mío, vayan y te respondan en catalán… aparte de que, en muchos casos, hasta de mala cara).



Demos otro salto por el Mediterráneo, ¿va? Muy bien. Atenas, me dijeron antes de conocerla, es como La Guaira pero con casas blancas. Me pareció la cosa más absurda del universo, hasta que llegué allá y comprobé que, de hecho, había mucho de cierto: el Mediterráneo tiene sus aires con el Caribe (aunque no huele a tambores ni suena a picante), la vida parece más natural, la gente es más cálida, los “arreglos” están a medio construir (cuando fui, en el Partenón había un parapeto para renovaciones que decía que estaba ahí desde 1981), y las calles son un enredo: a la venezolana, son estrechas, cambian de nombre, van en zigzag, no tienen sentido.

Sin embargo, las diferencias son una maravilla de abismales. Es un sueño eso de pasar por la Atenas invernal, morirse de frío, llegar a la conclusión de que los filósofos democráticos no andaban en toga en invierno pero ni de vaina; y entonces, mirar al suelo y notar cómo está cubierto de aceitunas, dándote cuenta de que todo el tramo estuviste caminando bajo una hilera de olivos. También, aunque es frustrante andar y no saber qué está escrito en los anuncios, los atenienses son lo suficientemente considerados como para poner debajo los caracteres latinos correspondientes… así que uno, por andar comparando, hasta termina aprendiendo un poquito de pronunciación griega.

Es una ciudad muy felina, Atenas. Está llena de gatos muy grandes y bien alimentados. Recordaba mucho a aquella comiquita de Tom y Jerry en la que Tom vivía en la parte de atrás del Partenón (que, por supuesto, era un basurero). Entre gatos, olivos, vino y ecos de invasión turca, nada más hace falta agudizar los sentidos un poco para oír el susurro de los dioses. En alguna parte, Hermes se comía un pan pita y hablaba por Messenger, eso seguro.



Vayamos ahora a los terrenos “bárbaros”, paseando por Estrasburgo. Esta ciudad tiene una particularidad muy interesante: aún no se decide. No sabe si exclamar “oh la, la!” o asfixiarse de salchichas; ha pasado tantas veces de ser francesa a alemana, que terminó por tener una identidad aparte. En la misma línea de una calle se ve cómo se mezclan los estilos predominantes de ambas naciones: los contornos redondeados, suaves y femeninos de Francia; y, justo al lado, las líneas duras y puntiagudas (fálicas) que caracterizan la arquitectura alemana. Acaso hayan logrado encontrar un equilibrio.

La otra cosa con Estrasburgo es que te toma por sorpresa. Parece una ciudad seria, con sus universidades, su Derecho, sus estructuras cristalizadas de instituciones europeas; y entonces, caminando por la plaza Kléber, te consigues a un montón de tipos vestidos de enfermeras acompañados de otro disfrazado de pene para que luego, viendo cómo se toman fotos, alguien sugiera una pose: “bisou à la tête!” (¡Beso a la cabeza!). O también puede pasarte, como me pasó a mí, que estés comiéndote un helado y hablando de estupideces filosóficas y de pronto veas a un hombre en zancos gritando en alsaciano y enseñando fuegos artificiales a una multitud fascinada (que te incluye, que te incluye), así, como si se tratara de un gitano en un carnaval del Medioevo. Y, un tip: al otro lado del Rhein, en Kehl, Alemania, hay una heladería en la que trabaja un argentino de lo más simpático.



Me voy a tomar la libertad de cerrar con mi top 3, o mis tres ciudades preferidas en toooda la bolita de mundo. De tres a uno, entonces, empiezo con la ciudad más allá del arcoíris: San Francisco, California.

Es difícil agarrarle el ritmo a San Francisco. Como buena ciudad puerto, tiene una personalidad muy bien demarcada: no se parece a ningún otro sitio al que haya ido. Dándole la espalda al clima asfixiante californiano, el de calor de horno, Fran Sancisco (a la Dean Martin ebrio) se llena de neblina en verano y se rodea de vientos fríos con olor a Oriente (¿quién fue el jodedor que le puso Pacífico al océano de los tsunamis?). Pero no es, en sí, una ciudad fría, como puede serlo Barcelona: San Francisco es una metrópolis, una abanderada del mind your own business, y una ciudad con una escuela de arte en cada esquina. Contrario al L.A. de las meseras falsas con voz de helio y sueños hollywoodenses, en San Francisco haces lo que te toca y punto.



El revuelo asiático de San Francisco es una cosa impresionante: Chinatown parece eterna, se ve sórdida, casi sientes cómo Roman Polanski hace que le rompan la nariz a Jack Nicholson por allá por el ’74. Son calles y calles en las que se oyen todos los idiomas y donde la tradición de la piratería trasciende hasta al FBI; donde se ven aún, generaciones después, las reservas de la cultura china (tanto como puedes ver a una china mezclada, cuarentona y con quién sabe cuánto mundo, riendo ante la vida y hablándote con soltura de su tienda, primero en inglés y luego en un francés hermoso). Eso en cuanto a China, pero estos no fueron los únicos asiáticos que llegaron a San Francisco (aunque sí prácticamente los que la construyeron); en el Golden Gate Park, muy cerca del famoso puente, hay, entre muchas cosas, un jardín de té japonés que está lleno de puentes y esculturas escondidos.

Otra cosa que vale mencionar de San Francisco es el distrito Haight-Ashbury: el barrio hippie. Ahí es donde uno se da cuenta de que los sesenta, de hecho, pasaron a mejor vida: para empezar, a la entrada hay un McDonald’s (como para que nos ubiquemos en tiempo y espacio); de paso, se consiguen cosas que uno podría ver en cualquier otro sitio, sólo que un poco más caras y con más aroma de incienso, muy a pesar de que Jimmy Hendrix haya en algún momento tocado en su plaza. Sí, los sesenta murieron hace rato, pero, hey, ¡todos los locales de Haight-Ashbury aceptan Visa y Mastercard! Ahora, no nos defraudemos, porque ahí queda la mejor tienda del universo: Amoeba Music, la que de hecho inspiró lo que estoy escribiendo. Es una especie de museo a la cultura pop donde se pueden comprar e intercambiar discos en todos sus formatos, de LP a CD’s; conseguir posters de lo que se te antoje e, incluso, películas geniales (como una colección de seis filmes de Edward Wood Jr. por menos de $10). Y un poco más allá también hay otra tienda maravillosa llena de cositas locas, con un rango que va de la tienda de broma a figuritas de acción de Sigmund Freud y Carl Jung – de ésta no recuerdo el nombre, pero no ha de ser difícil de ubicar con Google y un poquito de paciencia.

Muy bien, volteemos el globo terráqueo un poquito para podernos deslizar al otro lado del continente, para así llegar a Buenos Aires. Mi porteña preferida hizo algo parecido una vez, cuando, al darse cuenta de que en Argentina de hecho estaban al revés, solucionó el problema de la forma más obvia: volteó el globo terráqueo y entonces quedó al norte. Puede que a Mafalda el concepto de que “el sur también existe” no la volviera loca.



El flair de Buenos Aires yace en que, realmente, sigue siendo la tierra de Mafalda. Aún hoy, más de cuarenta años después de la Beatlemanía, uno puede ir caminando por la calle Florida y escuchar una guitarra tocando “Hey, Jude”. Es una ciudad completamente desubicada, entre anacronismos y geografía: porque de paso todavía no se da cuenta de que no está en Europa sino en Suramérica.

Al mismo tiempo, es una ciudad que no se toma en serio a sí misma: uno va a La Bombonera y, entre las gradas, se consigue a un Diego Maradona cobrando por tomarse una foto con él (que, por miles de razones, podría fácilmente ser el Maradona de verdad); está sosteniendo un habano en la mano y tiene la mejor pinta de invitado a la boda de Connie Corleone, así, con el traje oscuro a rayas y todo.

A Buenos Aires le pasan los años por delante, con el cambio mismo como único cambio. Es una ciudad tan poco seria que cuenta la carne como su producto de eroticismo: tanto la que está en las parrillas gloriosas como la que se adivina en el eco de un tango de Gardel, un domingo de mercado en San Telmo; viendo cómo alguien, por otro lado, sigue el un, dos, tres acompasado... el del tiempo desvanecido en ondas de frizz invernal. Una metrópolis europea mal puesta demasiado al sur, por un lado; y, por otro, un latinoamericanismo común y bravo, sólo que con una melodía dialectal distinta.



Ahora, hablemos del plato duro, del reconocido cliché. Porque, ¿qué es más común que terminar de hablar de ciudades con las maravillas de París? Es aquí cuando yo me rindo y pienso que los clichés lo son a causa de la verdad en ellos: porque realmente la vida se ve de otro color en la ville lumière; porque Edith Piaf sí habita en el corazón de Saint-Michel; porque Amélie Poulain y su gnomo viajan por universos enteros comprendidos entre las calles de Montmartre. Y, más que nada, porque mientras todo eso ocurre, la Métro sigue oliendo a demonios y la turba de japoneses tomando fotos sigue estorbando el tráfico peatonal a lo largo de la ciudad.

La nuisance divina de París es esa, precisamente: su trascendencia de todo y nada. La gloria de cientos de años, la que nos hace sentir como agujeros históricos frente a la majestuosidad de Notre-Dame y el detachment de Champs-Elysées… y, al mismo tiempo, el desastre cosmopolita, el mal humor parisino, el rumor restante de revolución, la exclamación perenne de “putain!” en cada esquina.

En París, para ubicarte en alguna dirección particular preguntas qué monumento tienes cerca: puedes estar al lado del hotel en el que murió Oscar Wilde, como puedes estar en alguno de los Arcos que atraviesan París, como puedes estar mudo en perfección ante las pirámides cristalizadas del Louvre (que, si uno se las pone a pensar bien, realmente son un desfase arquitectónico casi fatal: ¡en el palacio de los reyes de Francia y el emperador Bonaparte, pirámides de cristal!), como puedes estar echado en Champs de Mars observando la vieille dame, ese parapeto gigantesco que Gustave Eiffel convirtió en el símbolo de Europa.



Es una ciudad para enamorarse del amor, de la fealdad, de la historia, de lo nuevo, de los años, de la nostalgia, de la vida y de todo lo que se le acerque. En la sede de la realidad irreal, no queda más que, con un suspiro, recordar a Enrique IV: “Paris vaut bien une messe”.