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Cosas que (me) ha arruinado el cine (II). Cat fights.

jueves, 12 de septiembre de 2013 - Publicado por BabeDeJour en 16:21


Es una cuestión de estilo: Davis y Crawford jamás se echaron en un ring de lodo a pelear sus diferencias. Eran otros tiempos y el estilo de conflicto (especialmente entre mujeres) era más transversal y menos directo, pero eso es precisamente lo que hace esa rivalidad particular tan fascinante: pasarse décadas echándose puntas una a la otra, una de forma más directa que otra (Bette Davis se ensaña bastante y es una de las razones por las cuales es una de mis divas preferidas, como ya lo dije por acá hace bastante tiempo), expandiendo esa misma animosidad, cero rollos, tanto dentro como fuera de la pantalla (por lo cual es divino ver What Ever Happened to Baby Jane?, ese thriller-novelón tan deliciosamente cutre con las dos ya llevadas por los años de mala vida).
Otro ejemplo, ligeramente posterior aunque muchísimo más duradero (venga, que todavía continúa) es el de las de Havilland: Joan Fontaine y Olivia de Havilland, hermanas estrellas de cine de los cuarenta, ambas muy populares ganadoras del Oscar, y ambas reñidas desde hace mucho más de medio siglo. Se dice que nunca se llevaron muy bien y que la cosa empeoró cuando ambas fueron nominadas al Oscar por Mejor Actriz el mismo año y fue Joan quien se llevó al calvito brillante, momento en el cual sus relaciones se terminaron de ir por el caño. Cabe destacar que esto pasó en 1942; estamos en el 2013 y no sólo las dos siguen vivas y ya bordeando el siglo (Olivia nació en 1916 y Joan en 1917) sino que las hermanas incluso hoy no se soportan.
Llamémoslo dedicación, eso de tener una relación familiar conflictiva de casi un siglo… y eso es, precisamente, lo que ya no pasa. No es cuestión de que sea realmente admirable (aunque digo yo que algo de notable tendrá que dos personas sean así de tercas por tanto tiempo), pero el hecho es que, con esa clase y mística que rodeaba a las viejas divas del cine, ese tipo de situaciones es irrepetible: lo que nos quedan son los zarpazos de niña tonta de una Amanda Bynes llevada por las drogas, que no sabe escribir bien y cuyo insulto más pesado es decirle “fugly” a quien le caiga mal ese día.
Desafortunadamente, ese tipo de clase (incluso para situaciones tan base como el odio) es una de esas cosas que el viento se llevó de esos grandes estudios de Burbank, California. En esta nota, dejo mi cita preferida de Joan Fontaine acerca de su hermana: “Me casé primero, gané el Oscar antes que Olivia y, si muero antes, ¡seguro quedará lívida porque lo hice antes que ella!” *

*Joan sí murió antes. Olivia, en marzo del 2017, sigue viva y tiene 100 años de edad.

De Naokos y Midoris

lunes, 26 de marzo de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 3:13

Todos conocemos a una Naoko, y tengo la teoría de que todo hombre ha pasado por el enamoramiento (o la obsesión) con alguna de ellas. Son estas mujeres irresistibles a todos los hombres y perennemente inaccesibles: suelen ser hermosas, muchísimo, y tener un je ne sais quois que las separa del resto. Su atractivo mayor es este encanto que se adivina, oculto, con algo de helplessness, como si fuesen a romperse, como si buscaran la salvación en un sitio al que no han podido llegar nunca. Suelen estar trastornadas hasta la médula y ser un cúmulo inmenso de issues y locura mal utilizada y jamás tratada.
Son, digamos, las princesas de los cuentos de hadas de Disney, con todo el bagaje emocional que incluye el padre muerto, la madrastra malvada y la obsesión compulsiva con la limpieza de cualquier sitio en el que se encuentren.
Las llamo así por Naoko, el personaje de Haruki Murakami en Tokio Blues (Norwegian Wood), que en la adaptación cinematográfica interpretó Rinko Kikuchi. Es el perfecto ejemplo de este tipo de mujeres (incluso, en la novela tenemos a Midori, el otro personaje femenino, prácticamente opuesto, que sirve como contraste a la primera). Les puse Naokos por mi obsesión murakamiana, pero quizá el imaginario de mi generación podría verla mejor relacionada a la figura de la cultura pop que hombres alrededor del mundo se han dedicado a odiar desde la experiencia propia: la Summer de Zooey Deschanel en (500) Days of Summer.
Admito que el efecto que tienen estas mujeres siempre me ha parecido fascinante. Fascinante y repulsivo. Digo, las detesto como modelo, y he llegado a tenerle una rabia (a ver, arrechera) enorme a mujeres que reconozco como ese tipo preciso. Básicamente me parecen zorras manipuladoras que no ven más allá de sí mismas y su propia miseria, que no hacen absolutamente nada al respecto y toman a quienes las quieren hasta consumirlos, agotándolos emocional y a menudo físicamente (sin darse cuenta, eso sí) gastándose en intentos desesperados y nada efectivos por salvarlas de su extrema infelicidad.
Peach, por ejemplo. Todos los que nacimos después de los ochenta alguna vez tuvimos un Nintendo y conocemos a Peach. Es una princesa lindísima, rubia y adorable, que siempre termina siendo secuestrada por el mismo dragón-dinosaurio o lo que sea que es Bowser, haciendo que el bueno de Mario se encargue de rescatarla, pasando por todas las penurias del mundo (o más bien de todos los mundos del juego). Y después de tanto problema, lo que le dan al pobre plomero es un piche pedazo de torta. Y el más pendejo, de paso, se queda y la vuelve a salvar la vez siguiente.
Pobre tipo, vale.
Es una sobre simplificación, con toda seguridad, pero casi todos los hombres que conozco alguna vez han pasado por una mujer parecida a la que aman y adoran, de la que se convierten en los mejores amigos o hasta novios, pero jamás logran traspasar esta especie de muralla imaginaria y entrar, realmente entrar, en la cabeza, en el alma (en la “memoria poética”, por usar un término de Kundera) de la chica en cuestión.
Hace poco vi My Week with Marilyn (que muy recomiendo, por el Olivier de Kenneth Branagh y especialmente por la interpretación maravillosísima de Michelle Williams como Marilyn Monroe) y finalmente entendí por qué siempre me ha caído pesado el culto a la rubia platinada más icónica del cine… y es que es una celebración, justamente, a este arquetipo de la mujer hipnótica e inescrutable.
Marilyn Monroe, originalmente Norma Jean Mortensen, pasó buena parte de su infancia entre padres adoptivos, en hogares en los que tuvo que escapar violaciones y hasta intentos de asfixia. Su familia adoptiva la abandona para irse a otra ciudad, y a los dieciséis se casa por primera vez para divorciarse por primera vez no mucho tiempo después. A ver, que estamos hablando de una mujer que no podía no estar profundamente perturbada. My Week with Marilyn la describe un poco así: una mujer frágil, evidentemente hermosa, dicen que brillante (el rumor es que su novela preferida era Ulises de James Joyce, pero mi escepticismo no conoce límites en cuanto a esa obra en particular y la gente que dice amarla), atormentada por su pasado y por la soledad de su vida (aunque rodeada de personas que la adoraban), con problemas serios de adicción a calmantes, volcada en su propia e inescapable miseria y por ende emocionalmente inalcanzable.
Claro, es un biopic (género fílmico no tiende a ser demasiado fiel a la realidad), y la verdad no la muestra de mala manera. Habiendo leído un par de cosas acerca de la Monroe en mis años de cinefilia compulsiva, sin embargo, sí pareciera que se comportaba más o menos así. Como aquella historia famosa de cómo le preguntaba a la gente a su alrededor, caminando por la calle, “¿quieres que me convierta en ella, en Marilyn Monroe?”, y cambiaba algo, su forma de caminar, a sí misma, y de pronto el mundo la notaba – sacaba esta cosa, esto que no era ella pero hipnotizaba a quienes la conocían. Aunque quizá la fascinación no venía la ilusión de Marilyn ni tan siquiera de lo terrenal de Norma Jean, sino de la cualidad que hacía que ambas coexistieran en un mismo ser que pedía y rogaba ser salvado de su perturbación – como si la carga de la infelicidad propia pudiera serle donada a otro para su resolución, como si el exterior no estuviera compuesto de actores que sólo ayudan o empeoran el abismo que se trae dentro.
Mis heroínas del cine siempre han sido más cercanas a ser de carne y hueso: Elizabeth Taylor, con su historial de enamorarse hasta del constructor; Audrey Hepburn, con su vida romántica apacible y centrada; Ingrid Bergman, con sus escándalos y listas negras. Las Marilyn Monroes o Catherine Deneuves del mundo jamás me han interesado como personajes, cuando sí como fenómenos sociales y seres que fascinan a otros (claro que no me consta que la Deneuve fuese igual, aunque sus personajes tuvieran la tendencia).
Me confieso Midori: demasiado intensa para ser fría, demasiado presente para ser distante, demasiado directa para irme por las ramas, muy poco dada a los séquitos de adoradores. No podría ser Summer, sino Autumn: algo así como lo que pasa después de la Summer, de la Naoko.
Así que a estas mujeres las detesto y muchísimo, pero al final agradezco su existencia: si ellas no hubiesen pasado antes, amasándome el camino (de forma tan indirecta, claro que sí), mi historia sería distinta y dudo que sería quien soy hoy, por cursi que suene. Para ser dolorosamente clichés, digamos que los opuestos son siempre complementos de un todo.

Recordando a Elizabeth Taylor

viernes, 25 de marzo de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 17:22

La verdad es que no sé qué decir. Desde que desperté el miércoles con la noticia de que Elizabeth Taylor había muerto, pensé en escribir algo e, incluso, que habría quienes esperarían eso de mí (mi ego es una vaina seria, les digo). Ese día muchas personas me dieron el pésame – por absurdo que sea – y yo realmente me sentía como la viuda dolida. Hablando de mi vida, quizá era el fin de una era: acababa de morir mi ídolo de la adolescencia.
Yo sé que esta semana, repentinamente, todo el mundo es el fan número uno de Elizabeth; de pronto todos la encuentran ridículamente hermosa, a todo el mundo se le olvidó que era una vieja loca desde hacía muchos años, están todos sorprendidísimos y se lamentan de la pérdida de la última megaestrella de la época dorada de Hollywood.
No vengo a clamar que yo sí soy la gran fan y que los demás son posers porque me parece una pérdida de tiempo, una vil mentira y una soberana pendejada: el cine, igual que todo arte, se vive en primera persona, para empezar, y de paso se disfruta de mil formas distintas; y, a veces, para redescubrir el alcance de una estrella, hace falta una muerte “inesperada” que la lave de todas las locuras que ha hecho en los últimos tiempos.
Elizabeth (siempre detestó que le dijeran Liz, así que, al menos hoy, le dedico su nombre completo), desde muy joven, fue de salud realmente precaria: tuvo problemas de espalda desde que de niña sufriera un accidente de caballo filmando National Velvet (problema que eventualmente la llevaría a una adicción a los analgésicos, en cuya rehabilitación conocería a su séptimo esposo, Larry Fortensky), en 1960 una traqueotomía le salvó la vida y, se dice, la llevó a su primer Oscar, por una buena actuación (BUtterfield 8) que no se acercaba a ser de sus mejores y mucho menos la mejor del año (quien debió haber ganado por The Apartment, Shirley MacLaine, diría: “Perdí frente a una traqueotomía”), se la declaró muerta un par de veces por distintas causas, tuvo al menos dos operaciones de cadera, cáncer de piel, se le operó un tumor cerebral benigno… y, de paso, en el 2004 declaró que se le había diagnosticado una falla cardíaca. En otras palabras, realmente lo sorprendente es que haya durado tanto, no que se haya muerto “tan repentinamente”, como andan diciendo por ahí.
Pero acá no quiero ponerle más cohetes a su muerte de los que ya hay, y lo de “celebrar su vida” también me parece un poco ridículo (alguna vez, hace años y en otro sitio e idioma, publiqué esto y esto, hablando del por qué de mi amor por ella). Pues sí, fue una mujer que hizo lo que le dio la gana, que debió haber conocido más amor que mucha gente (o eso pensaría uno con siete esposos distintos y ocho matrimonios), que definió una época. Lo que queda hoy es, a pesar de haber sido un fracaso comercial, el recuerdo de su entrada a Roma cubierta en oro en Cleopatra, su amistad con Michael Jackson, las fotos perturbadoras del matrimonio Minnelli-Gest y un montón de películas que fueron muy publicitadas en su tiempo y ya se le olvidaron a todo el mundo.
Si usted quiere ver a Elizabeth en su mejor momento como estrella de cine, como luminaria, como “la mujer más hermosa del mundo” (como diría el aviso publicitario de Cleopatra), tendría que irse a la época Taylor-Burton: primero, porque a cada una de esas películas se le siente ese morbo finísimo que rodea a la gente que se unió a punta de escándalo (como si Brangelina se dedicara de ahora en adelante a hacer películas en bloque) y segundo porque, realmente, ver a la pareja más controversial de Hollywood en acción es un placer divino; la belleza llamativísima de Taylor, que tuvo su época dorada en los sesenta, se compagina mejor que con ninguna otra cosa con la fuerza actoral de Richard Burton (fuerza que a menudo se decía incontenible por cine, mientras él mismo se llamaba un animal de teatro: “Necesito ser grande y escandaloso, y la cámara requiere que seas pequeño y natural y sutil; mucho más natural. Yo soy tan sutil como una estampida de búfalos”)… y ocurre magia, simple magia. Hicieron, seguro, mucho cine insípido, incluso vulgar (se me ocurren Divorce His, Divorce Hers y The Sandpiper), como llegaron a la majestad del épico fracasado (la infame y deliciosa Cleopatra de Fox)… y, por supuesto, esa primera película electrizante de Mike Nichols (que pareciera la madre de otra suya décadas después, Closer), Who’s Afraid of Virginia Woolf?, una de las películas mejor actuadas que he visto en mi vida, particularmente por el par con apellido de diamante famoso.
Por otra parte, si usted quiere ver a la Elizabeth antes de convertirse en la gran tentadora de Hollywood (con poquitos matrimonios encima: en el '51 sólo se había casado con Nicky Hilton, tío abuelo de Paris), la post adolescente reciente y la niña buena de los cincuenta, habría que pasarse por sus películas de principios de esa década: Father of the Bride con Spencer Tracy (otro de los grandes actores de cine, igual que Burton, también olvidado a menudo, y también la mitad de uno de los grandes dúos hollywoodenses, con Katharine Hepburn), su primer encuentro con el hermoso y siempre consternado Montgomery Clift en A Place in the Sun y, claro, The Last Time I Saw Paris, melodrama de la postguerra olvidado por todos y en una de las películas en las que se ve más encantadora – aparte del épico Ivanhoe, donde el estudio la relegó a segundo lugar tras Joan Fontaine. Antes de esto, claro, se pueden encontrar cosillas pequeñas, de cuando todavía era una niña: ese cameo en el Jane Eyre de Fontaine y Orson Welles, Amy en la adaptación de 1949 de Little Women, sus películas con Lassie (diría luego: “Algunos de mis mejores coprotagonistas han sido perros y caballos”) y National Velvet, que la llevaría a la fama a los 12.
Finalmente, una de mis etapas preferidas en la carrera de la diva de los ojos violeta – espero me disculpen por el desorden cronológico – es, justamente, donde hace la transición entre las dos imágenes anteriores: ahí cuando empieza a descubrirse que, detrás de la carita de ángel, resulta que hay una buena actriz. La época después de Giant (“clásico” que yo considero aburridísimo, pero no hay duda de que ella, igual que Rock Hudson, estuvo maravillosa… y, bueno, de James Dean quizá hable en otro momento), cuando estuvo nominada al Oscar por tres años consecutivos hasta ganar al cuarto, con la peor actuación de las anteriores. Esta fue la época de Cat on a Hot Tin Roof, adaptación de la obra de Tennessee Williams genialmente actuada, particularmente por ella y por ese otro par de ojos hermosos, Paul Newman… y también es la época, en 1959, en la que Elizabeth haría Suddenly, Last Summer, otra adaptación de Williams: actuación que siempre me ha parecido la mejor de su carrera fílmica y una de las más eléctricas que he visto (comparable sólo con el Stanley Kowalski de Marlon Brando, también sacada de la pluma del escritor sureño - por cierto, que ambos hicieron una peli interesantosa juntos casi una década después, Reflections on a Golden Eye), dejando en la sombra no sólo a su amigo Monty Clift, si no a una de las actrices más potentes que ha visto el cine, Katharine Hepburn – lo cual no se dice a la ligera.
En realidad siempre faltarán cosas que contar de Elizabeth Taylor (Hilton Wilding Todd Fisher Burton Burton Warner Fortensky), como su afición a los diamantes, su activismo por el SIDA (causa a la que se uniría en los ochenta después de la muerte de su amigo Rock Hudson, cuando todo el mundo todavía tenía pavor de aquella enfermedad desconocida), su particular número de matrimonios, su eterna lealtad a Michael Jackson. En sesenta años se ha gastado mucha tinta, mucho tiempo al aire y mucho espacio de Internet hablando de la Taylor, y se seguirá gastando. La pretensión acá es que, más allá de los escándalos y de las loqueras de sus últimos años, se la recuerde, también, como una actriz de muchísimas facetas y una mujer que, aparte de ser excepcionalmente bella, pareciera expandirse por todas partes y no acabarse nunca.

Perras

martes, 8 de marzo de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 14:13
Uno de los grandes problemas de nuestra sociedad es que cualquiera puede ser una perra durante quince minutos. Sí, lo considero un problema; no por la existencia en sí misma de las perras – que son una constante a través de los siglos, y, en mi opinión, una de las partes más deliciosas cuando no necesarias -, sino por cómo se ha desintegrado la institución. Sí, la institución de la perra, la arquetípica: la de carácter fuerte, con aires de cinismo, desbordando sarcasmo y llena de clase. De pronto todo el mundo se cree una, y se pierde todo el entrenamiento detrás de la cuestión.
En un mundo en el que los flashes de cualquier cosa forman “personas” en el sentido teatral de la palabra – los 140 caracteres de tuíter, los veinte episodios del reality show, los cinco minutos del último video de tu canal en YouTube –, que te convierten durante dos semanas en un meme, no es realmente difícil llamar la atención y, para las mujeres, la forma más sencilla es la de hacerse la diva. No he visto un solo reality que no tenga al menos una “perra” por temporada; una mujer completamente detestable y con ansias de poder (queriendo quedarse con el tipo, o de ganar lo que esté en juego) que te hace regresar al programa tan a menudo como recuerdes con la sola esperanza de que boten a la tipa en ese episodio.
La esencia es la misma, seguro, pero se ha desvirtuado la clase y la ironía. Mi perra preferida, por mucho, es Bette Davis, estereotípica y deliciosa: el diablo con acento sureño en Jezebel (el premio de consolación por Scarlett O’Hara que no podría interpretar por mucho que quiso), la diva del teatro en All About Eve, la mujer madura que se niega a envejecer en Mr. Skeffington, la actriz olvidada en The Star… y Bette Davis, siempre, excepto en Now, Voyager. Destaca, claro, en What Ever Happened to Baby Jane?, como la cantante infantil olvidada y hermana de una ex estrella de cine, a quien maltrató sin parar tanto delante de la cámara como detrás; y cómo no, si era interpretada por su némesis de toda la vida, Joan Crawford.
De Crawford, perra enclosetada cuya hija adoptiva describiría su infancia abusada en un libro que se convertiría en película (Mommie Dearest, si les suena), Bette Davis diría cuando le hablaron de su muerte: “Nunca deberías hablar mal de los muertos, sólo bien… Joan Crawford está muerta. ¡Bien!”
Esas eran las perras fascinantes, para las que se creaban papeles por su puro capricho, las que hacían leyendas. Se dice, incluso, que Bette Davis fue quien le puso el nombre a los premios de la Academia, cuando dijo que la estatuilla se parecía a su tío Oscar. Ya pasaron esas grandes mujeres y se desvanecieron con el Hollywood clásico… y lo que le queda a mi generación, parafraseando a Georgia Rothe, es el recuerdo de las destrucciones de la Pascualina y sus versiones 2.0.
Señores, tenemos que rescatar la cultura de la perra antes de que se termine de extinguir, porque es que ya no somos dignos, no somos dignos; si acaso lo que nos queda son las incursiones anónimas y mal hechas al bitchiness, así sin clase alguna y creyendo que nos la estamos comiendo. Todo mal.
Para terminar con la diosa de la maldad, alguna vez a Bette Davis le preguntaron por qué era tan buena haciendo ese tipo de papeles: “Creo que es porque no soy una perra. Debe ser por eso que la señorita Crawford siempre interpreta damas.”