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Liberarse del Libertador

sábado, 2 de agosto de 2014 - Publicado por BabeDeJour en 17:00
Es una experiencia curiosa, ver una película acerca del padre de la patria (mito fundador, por usar un término antropológico) justo antes de emigrar de ella. En este caso particular no debo ser la primera y dudo que vaya a ser la última, pero al entrar al cine a ver Libertador olvidé por completo que tenía un boleto que pronto me sacaría del país hasta nuevo aviso. Me tomó un par de escenas recordarlo, con una frase que Simón Rodríguez le dice a Bolívar que no era exactamente “dejas a tu país cuando más te necesita”, pero se le parecía bastante.
Detallitos que pegan, qué se le va a hacer. Claro que los Pepe Grillos del país de hoy son menos desafiantes en pedirle a los jóvenes que permanezcan – el sabor general es de que hay más que perder que ganar, quizá. Así se siente de mi lado de la cerca etaria, al menos; no puedo pretender saber qué sienten las generaciones anteriores a la mía, que conocieron un país distinto.
Pero, venga, que yo acá vengo a hablar (sobre todo) de cine.

Este año, en el natalicio del responsable de la independencia de cinco países suramericanos, se estrenó Libertador en Venezuela, película dirigida por Alberto Arvelo. Es nuestra epopeya nacionalista por excelencia: todo venezolano que incursiona en el arte parece destinado a llenar la cuota, en algún momento, de dedicarle una obra a Simón Bolívar.
La diferencia aquí radica en un intérprete poderosísimo y toda una producción creada para alcanzarlo. El protagonista de la película es nuestra estrella nacional, Édgar Ramírez: el hombre que nos ha llenado de gloria a través de su trabajo en superproducciones norteamericanas, el César, las nominaciones al Golden Globe y al Emmy. El resto del reparto es un combinado de distintos países latinoamericanos, españoles, un actor que se ha ganado el terror y angustia del mundo a través de Game of Thrones (para el que no sepa, según esta película Ramsay Bolton fue parte del proceso independentista suramericano; saquen sus propias conclusiones) y el miembro menos interesante de los Huston, una de las grandes familias de la realeza hollywoodense.
La historia trata de la vida de Simón Bolívar: sus proezas militares y políticas, sus ideales de unión panamericana, su historia de hombre rico que murió pobre tras todo por la patria. Se trata de una interpretación mitificada de lo que tuvo que ser un hombre fascinante, pero es la misma versión que se ha machacado durante dos siglos en las aulas de Historia, y más aún en los últimos quince años.
En cuanto a trama, Libertador no destaca de las otras tantas adaptaciones que se han hecho de la vida de Simón Bolívar: no otorga ninguna perspectiva realmente nueva o llamativa, aparte del hincapié en su esposa como motor último de acción, la figura de Simón Rodríguez como la voz de la conciencia independentista y la teoría de conspiración que sirve para sazonar el final y satisfacer a buena parte de los inversores de la producción. Libertador no se trata, como había dado a entender su campaña de publicidad, de una película que cambie la perspectiva de quién fue Simón Bolívar; por el contrario, sirve para perpetuar toda la mitología que se ha creado a su alrededor.
Ya, ya, me regreso a la película. No es que esté mal ni mucho menos, pero parece más un film para el entendido, para el que pasó horas de su infancia escuchando cuentos acerca de Bolívar. Me explico: Libertador no es un film con un arco de historia suficientemente poderoso como para ser considerada un producto de exportación. Las cosas quedan en el aire, sin un hilo que las conecte; los últimos veinte minutos se sienten como si la película se hubiera extendido demasiado y fuese necesario cortarle pedazos al final. ¿Cómo, si no, se explica el salto cuántico desde la batalla de Boyacá hasta los últimos intentos de mantener unida a la Gran Colombia?
El vestuario y sobre todo la fotografía de Libertador es probablemente lo mejor que tiene, y venga, que hay con qué: si algo tenemos en este continente son escenarios hermosos. El problema es que las escenas en puertos o en Los Andes proveen puntos mucho más interesantes que la misma historia, la cual gira en torno a las luchas que sólo hizo Bolívar y acaso Sucre, liberando ellos solitos a un continente: por ejemplo, cuando salen Santander, Miranda o Páez aparecen sólo para antagonizarlo, como si ellos mismos no hubiesen sido figuras clave en todo este asunto independentista.
La película entera recae en Édgar Ramírez, que sabemos que tiene con qué… pero quizá no haya sido la elección más apropiada para el papel. Por supuesto que lo hace bien, como se espera de un intérprete de su talla, pero se siente muy grande para interpretar a un hombre que, según todos los testimonios de la época, era físicamente pequeño y débil – aunque se tratara de una fuerza de la naturaleza a la hora de hablar y declamar en público. En todo caso, Ramírez no brilló como se esperaría de él.
De tener chance, vean Libertador. A mí me pareció poco interesante, pero he oído de mucha gente que la disfrutó un mundo. Pero, en todo caso, creo firmemente que, al un tema o personaje adaptado y readaptado hasta el cansancio, el guionista tiene la responsabilidad (o al menos debe tener la meta) de buscar la forma de hacerlo refrescante. Es cierto que no hay nada nuevo bajo el sol, pero la base de la creatividad es encontrarle la vuelta a lo existente y hacer algo distinto desde ahí.

Además de que, fíjate: bastante falta que le hace a Venezuela la creación de una personalidad alterna, humanizada y con fallas, de la figura de Simón Bolívar.

A guide to the foreigner: Venezuela, today

martes, 18 de febrero de 2014 - Publicado por BabeDeJour en 12:33


Let’s start from the beginning: the Venezuelan government faces serious problems that have gotten rapidly worse over the course of the past year. The streets are nearly impossible to transit (due to insecurity, traffic, malfunctioning public transport; take your pick); the mainstream press and media has slowly gotten less free over the years (radio stations have been shut down, the opposition-led channel RCTV was taken off the air nearly seven years ago, the main opposition news channel was recently bought and its politics suspiciously changed); the shortage of food supplies leaves the citizen in a perpetual hunt between markets and grocery stores trying to find anything, anywhere (not to mention the shortage of medication, printing paper, and from time to time fuel even though oil is the only major export product in Venezuela); the central government has armed paramilitary groups such as the Tupamaro that often cause mayhem within our borders; the industry has decreased formidably (causing a growth of informal economy, which is to say, workers with no social security whatsoever); there is hardly any foreign currency left in the Central Bank for imports (in a country that depends on foreign products to feed itself because the industry revolves almost completely around oil) and much less for regular citizens; we have the highest inflation rate on the planet…
I could fill these pages solely enumerating the issues Venezuela deals with during the current Administration. The relative “calm” among citizens is due to different factors depending on the economic sector one deals with: in the most impoverished sides of the population, there is something called “Misiones” (programs of social aid, relatively successful, that range from literacy to giving out houses) that the population is afraid to lose if the regime were to fall; in the diminished middle class, there is a general feeling of tiredness after 11 years where no solution has managed to improve things; and also, there is a definite fear over State repression to any sign of protest.
I’ll allow myself a paragraph about these Misiones: undoubtfully some efforts have been praiseworthy (I applaud Misión Barrio Adentro, a program which has created first aid centers in impoverished communities – even if the program has had many failings and the paramedics are never Venezuelan but always Cubans “borrowed” from the Castro regime), but these social policies have mostly been superficial government gifts and never solutions to the core problems (for example, bigger medical treatments are still done in hospitals, where there are no supplies and the physicians have to perform guerrilla-like medicine), and also have fed the perpetual Venezuelan issue of State dependency for it to solve every single problem of the population (“teach a man how to fish” is not a very popular way to see things in my country).
On the other side of the political fence, the Venezuelan opposition has made every mistake possible in the course of these last fifteen years. They have avidly called to lawlessness giving the pro-regime party reasons to repress it; they have yielded spaces (in 2006, the opposition retired from parliamentary elections and easily handed out the entire law-making power to the pro-regime party); in 2002 they called a general strike of two months that put us economically past a point of no return (also serving as an excuse for the administration to fire most of the employees of the State oil company, PDVSA, and replace them with government supporters often lacking in knowledge to fill their new posts) and, finally, this gave the Administration a perfect reason to implement a foreign exchange control that remains to this day.
For a while now, the actions of the opposition parties have been more wise – but still, it is not enough. It is not enough when, while the student sector protests, the politician who called for manifestations (Leopoldo López, who now has a warrant out for his arrest for this very reason) has washed his hands from what’s going on. Is is not enough to have indecisive politicians that won’t step up to the plate when the country they try to lead (though, mind you, not really defend) is falling to pieces.
What goes on in Venezuela today looks a lot like the Occupy protests around the world in 2011:  the political elites are out of touch with their people, there is a general feeling of discomfort with the current state of things, the information and call for action is being managed from social networks, there are protests all around the country, the demands are not altogether too clear. If this is handled well, we could be witnessing something along the lines of the Arab Spring.
Is violence the solution to all of this? I want to think it isn’t, but at this point I do understand whoever thinks otherwise – and I don’t know how to find a way to manage this beyond that. I would like to, but I don’t know if we have been left enough space by authorities to do it anymore.
The demonstrator that takes up the streets today is definitely a middle-class subject: with all the media silencing, the information about what’s going on can only be found online, and it’d be fooling ourselves to say the entire Venezuelan population is connected. However, the problems we are facing are no less palpable because this isn’t coming from the poorest of the country. The issue of this venture is not knowing where it is we’re going: the traditional leadership won’t make up its mind and the people are angry and bordering desperation, without any plans or a clear agenda.

This might be where it ends, or it might grow into something powerful. But something is definitely going on in my country, and we need the world to know it.

Guía rápida para el extranjero: Venezuela hoy

viernes, 14 de febrero de 2014 - Publicado por BabeDeJour en 12:35
No sé de dónde es esta imagen, pero el punto de la pancarta es perfecto.
                                            
Empiezo por el principio: el gobierno venezolano tiene problemas, gravísimos, que en el curso del último año se han deteriorado exponencialmente. Las calles son casi intransitables (a causa de inseguridad, tráfico, transporte público en mal estado; usted elija), la cerca mediática se ajusta cada vez más a nuestro alrededor (cierre de emisoras, casi 7 años de clausurado RCTV, sospechosísima compra del canal opositor con cambio de línea editorial...), la escasez de productos deja al venezolano en una cola perenne de supermercado a ver qué consigue y dónde (por no mencionar la escasez de medicinas, papel para imprenta, y por temporadas hasta de gasolina a pesar de que el petróleo es el único producto de exportación masivo en este país), existen grupos paramilitares como los Tupamaro armados y aupados por el gobierno, la industria se ha visto mermada al mínimo gracias a leyes y políticas económicas sin sentido, casi no hay divisas para importación y cada vez menos incluso para el ciudadano, tenemos la inflación más alta del mundo...
Enumerar los problemas que sufre Venezuela durante el gobierno actual es quedarse todo el día. La "calma" relativa de la ciudadanía se debe, dependiendo al sector de la población del que se hable, a distintas razones: desde las "Misiones" de gobierno (programas de ayuda social, relativamente exitosos, que van desde alfabetización hasta otorgación de viviendas) en los estratos más bajos, pasando por hartazgo al ver que ninguna solución en once años ha funcionado, hasta miedo de represión estatal ante cualquier sublevación (sin duda las dos últimas son sobre todo problemas de la decreciente clase media).
Un apartado corto acerca de las misiones: no quito que algunos esfuerzos han sido acordes (aplaudo sobre todo la idea de Barrio Adentro, programa en el que se crean centros médicos para primeros auxilios en sectores populares - aunque estén compuestos de médicos cubanos y no venezolanos, y tenga muchísimas fallas), pero sobre todo se trata de dádivas gubernamentales superficiales (los tratamientos médicos fuertes son remitidos a hospitales, donde lo que se puede practicar es medicina de guerrilla porque se repite el coro de Juan Luis Guerra de no me digas que no tienen anestesia) y no soluciones a problemas reales, por no decir que alientan la eterna dependencia venezolana al gobierno como Mesías que debe resolver cada detalle de la totalidad de su vida.
Eso, por un lado. Por otro: la oposición venezolana se ha ocupado de cometer todos los errores posibles en los últimos quince años. Ha llamado a la inconstitucionalidad dándole motivos al otro, ha cedido espacios (famosas son las elecciones legislativas del 2006 a las que la oposición renunció dándole todo el poder de creación de leyes al oficialismo), llamó a una huelga general de dos meses que resultó en el declive de la economía (la excusa para despedir a casi todo el plantel de la empresa petrolera estatal, PDVSA, y reemplazarlo con adeptos a gobierno a menudo sin preparación para sus nuevos cargos) y dio la razón perfecta para implementar un sistema de control cambiario que perdura hasta hoy, cada vez más cerrado.
Desde hace un tiempo para acá, las acciones de la oposición han sido más acertadas - pero todavía, no basta. No basta hoy un país en protesta donde quien llamó a tomar la calle (Leopoldo López, quien tiene orden de captura por lo mismo) se desasocie de lo que sucede. No dan abasto los políticos indecisos, mientras se cae a pedazos un país que intentan liderar cuando no defender.
Lo que pasa en Venezuela hoy tiene características de Occupy: élites políticas disociadas de la realidad, información y convocatoria desde redes, manifestaciones a lo largo del país, exigencias desorganizadas y malestar general. Sabiéndose manejar, podríamos presenciar una primavera venezolana.
¿Es la violencia la solución a todo esto? Quiero pensar que no, pero entiendo al que piensa lo contrario - y no sabría dar con una respuesta alternativa; quiero buscarla, ¿pero existen los espacios?
El venezolano que protesta hoy definitivamente es de clase media: la información sólo se encuentra en redes y no toda la población está conectada. Los problemas reales no son menos palpables por ello. El issue de esta aventura es el no saber hacia dónde estamos yendo: el liderazgo no se decide, la ciudadanía está molesta y en el borde de la desesperación y no tiene plan ni agenda clara.

Puede que esto quede aquí, puede que pase a mayores. Pero algo se está cocinando hoy en las calles de Venezuela.

De los líderes platónicos

miércoles, 10 de octubre de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 0:19

Cuando la campaña presidencial norteamericana del 2008, después de unas primarias demócratas más largas de lo que debieron haber sido, creí en Barack Obama. Creí en él porque, para empezar, como representante de una minoría racial, llevaba el cambio en sí mismo. Creí en él porque la era Bush había dejado un espectro de estancamiento social y económico que él se veía decidido a revertir. Creí en él porque le habló a la comunidad LGBT, a las minorías, a los desvalidos por un sistema de salud tradicionalmente desbalanceado. 
Creí en Obama porque todo él exudaba esperanza, porque su imagen se convirtió en su eslogan, porque para millones dentro y fuera de EEUU él era the hope and change.
Barack Obama fue electo Presidente de los Estados Unidos, ganó un Nobel de la Paz básicamente por haber hecho tremenda campaña, mejoró la economía, luchó casi en vano por una ley de salud pública venida a menos y dio pasos modestísimos hacia un cambio social real. De igual forma Estados Unidos sigue en Afganistán y se retiró de la UNESCO con miedo a las retaliaciones diplomáticas de Israel cuando entró Palestina.
Ya no creo en Barack Obama. Me hinchó de esperanzas sin repartir acciones - pero a final de cuentas, aunque me afecte, su país y sus intereses no son los míos, o no directamente.
Aterricemos en Venezuela.
En conjunto con seis millones y medio de venezolanos, en el 2012 creí en Henrique Capriles Radonski. Creí en él, como ya escribí en otro post, al principio por ser lo contrario de lo que me había llevado al hartazgo - pero, después de una campaña (¿lo digo? Admirable, carajo), el domingo voté  convencida de ser parte de un proceso que llevaría eventualmente a una Venezuela parecida al país en el que quiero vivir: tolerante, en crecimiento, por encima de la caducidad de las ideologías, en pro de movimiento y cambio.
El domingo 7 de octubre voté con algo que, hasta ahora, yo en conjunto con mi generación no habíamos conocido: esperanza. Que suena poco y suena barato, pero venme tú a decir que no entristece que la generación de relevo no crea en nadie.
Capriles nos vendió esperanza; a punta de hablarle a esa generación (tanto a la que pertenece a la élite como a la que no), de recorrer el país tres veces, de llenar avenidas de gente, de volverse El Flaco. De convertirse en bandera y símbolo.
Entre la tristeza espantosa en la que estamos metidos el 46% de la población, creo que queda un rayito de luz entre las nubes: de este proceso salió esperanza y salió un líder, y con él la representación de una generación política de relevo, que poco tiene que ver con la Cuarta y la Quinta. Salió un líder que no le habló sólo a la fuente natural de la oposición (esa vieja élite socioeconómica mejor representada por las sempiternas doñas de El Cafetal), sino que logró establecer un canal de comunicación con seis millones y medio de personas – que en este país, señores, es una cifra que supera con creces a la burguesía e incluso a lo que queda de clase media.
De aquí nos llevamos seis millones y medio de votos. Nos llevamos a un líder que por ahora se ha comportado como un campeón, más allá de la derrota – un líder que esperemos que en los años que vienen siga siendo ejemplo, porque sí, de este lado también necesitamos guía, y necesitamos esperanza. No la esperanza de un Mesías salvapatria, sino la de alguien que tenga una idea clara de una Venezuela que va a un sitio en vez de dirigirse en marcha militar hacia el abismo.
Cuando me defraudé de Barack Obama y lo llamé cobarde alguien me dijo que a veces los pueblos necesitaban un líder platónico, que encaminara desde principios y no necesariamente acciones. Que esos hombres también eran necesarios para formar países.
A Henrique Capriles Radonski no le dimos la oportunidad de gastarse, humanizarse, des-simbolizarse – y quizá esa sea parte de la ganancia detrás de la derrota: que en el papel, sigue sonando tan bien hoy como lo hizo durante la campaña. No como alguien a quien matas y no muere, sino como un candidato factible, con experiencia en gobierno, que ha subido todos los estratos (diputado-alcalde-gobernador) y sólo le falta el último. Y fíjate tú, de pronto ha empezado a salir gente diciendo que es que quizá todavía “no nos lo merecemos”.
Campaña no se hace el día de elecciones, se hace todos los días, construyendo país, aportando granitos de arena. El camino sigue ahí para quien quiera recorrerlo. Nuestro nuevo símbolo viene a decirnos eso.
Ya no creo en Barack Obama, pero sí creo en el país que me mostró Henrique Capriles Radonski. Y si se lo consiguen por ahí, díganle a ese Flaco que mil gracias por todo, y que sí, todavía hay un camino.

Henrique Capriles, hoy y entonces

viernes, 5 de octubre de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 11:57


Fui una de los tres millones y pico de venezolanos que votaron en las primarias de febrero. Fui una de los casi dos millones de venezolanos que votaron por Henrique Capriles Radonski. Fui una de los no sé cuántos venezolanos que votaron por él porque parecía el mal menor, el que podría tener más chance, el que potencialmente era más “importable/exportable”.
En febrero del 2012 voté por Henrique Capriles Radonski, como a menudo se vota en este país, porque no era Chávez. No voté por él porque me parecía el mejor gerente (no vivo en Miranda), no porque creía particularmente en él, no porque estuvo empatado con Erika De La Vega, no porque me parecía que estuviera particularmente bueno, sino porque se le notaba… potable.
Voté entonces por Henrique Capriles Radonski calculando la menos mala de las opciones, y con algo de pavor: voté, a sabiendas, por un tipo bajo en carisma, que iba a contenderse con alguien que ha basado catorce años en el ámbito público en explosiones carismáticas. Voté por un tipo de aire más bien tímido, de voz queda, de gesticulación poco invasiva, más templado que pasional.
Consciente o inconscientemente, en febrero voté por el contrario de lo que he conocido en Miraflores desde que recuerdo.
Eso fue entonces. Han pasado ocho meses desde que se eligió a Henrique Capriles Radonski como candidato de la Mesa de la Unidad Democrática. Han pasado, internamente, disyuntivas varias como la tarjeta única versus plural y el gabinete del candidato. Externamente otras tantas: los ataques directos (en forma de majunche, nazi, fascista, burgués), las horas en televisión y radio (y los ríos de tinta) gastados en contra del “paquetazo neoliberal”, la prohibición no acatada de usar la gorra tricolor (que se ha convertido en un símbolo de la campaña de Capriles).
Sin que venga al caso en la campaña – aunque claro que viene al caso – volvieron los cortes de luz, se implantó el “chip de gasolina” en el estado Táchira y se intentó igualmente en el Zulia, explotaron tanques en Amuay, le cayó un rayo a la refinería de El Palito, hubo más revueltas carcelarias, esta vez en La Planta. Sin contar los muertos cada fin de semana, dentro de barrios y fuera de ellos, o los secuestros, o los atracos.
Una Venezuela, es evidente, fuera del control. Una Venezuela que se le sale de las manos a quienes deberían tener la capacidad de, aunque no manejarla, sí poder encauzarla a resolver las contingencias que presenta.
Mientras tanto, se tenía noticia de Henrique Capriles Radonski estando aquí, allá, en tal otro sitio. De pronto escuchabas el cuento de que acababa de hablar en el Táchira, pero chico si esta mañana estaba aquí, pero ya va, ¿no estaba en Mérida ayer en la tarde, y luego en Buenas Noches? Hubo un click en algún punto de la campaña: de repente, Capriles estaba en todas partes al mismo tiempo, tenía un discurso consistente, llegaba a un sitio y te echaban el cuento de las desmayadas, como si fuera una estrella de rock.
Cuando nos dimos cuenta, Henrique Capriles Radonski dejó de ser “cualquier cosa menos Chávez” para convertirse en “El Flaco”. Desarrolló una personalidad propia, un swing particular. Yo, lo admito, subestimé a Capriles: jamás me imaginé que resultaría en esto. En una campaña manejada como relojito primero desde los medios y segundo a punta de “patear barios” (o, más bien, patear pueblos recónditos sólo recordados por sombra en “Casas Muertas” de Otero Silva), tenemos un perfil de candidato ya definido: un hombre soltero, joven, con energía, capaz de darle tres vueltas al país en dos meses (oía hace nada que si la “vuelta Valentina Quintero” era una forma de medición de conocimiento vial venezolano, Capriles ya llevaba al menos un par) – un hombre, en fin, que estira su ritmo de vida normal a condiciones sobrehumanas en pro de la campaña, en pro de Venezuela.
Claro que esa es una imagen de campaña y que hay real detrás de proyectarla, nadie lo niega. Pero el hecho es que, sea como sea, repercute. Pónganse a pensar: ¿cuántas veces han oído o hecho comentarios acerca de lo cansado que debe estar el tipo, de lo quemado que está, de cómo ha adelgazado?
Concluyo con una historia: después de darme cuenta de que estarían todos mis amigos no afiliados a ningún partido político, decidí ir al cierre de campaña de Capriles Radonski el miércoles, el ridículamente denominado “Huracán Zuliano”. No iba a una concentración desde el 2002, cuando tenía 12-13 años y todos creíamos que marchar servía de algo. Aparte de estarlo por la cantidad de gente (que claro que habían buses, pero sólo del Zulia, porque “El Flaco” le dio bien duro al puerta a puerta, como un chico Avon), quedé maravillada, apenas llegar, cuando noté algo: contrario al 2002, ya esta no era una concentración de catiritos, de gente bonita de urbanización – lo que llenó la avenida 5 de julio en Maracaibo el miércoles fue una masa de todos los colores, una masa llena de hartazgo en primer lugar, y de esperanza en segundo porque, de una forma en la que no se sentía en el 2006 cuando se lanzó el innombrable Filósofo del Zulia, esta vez sí, finalmente, parece que hay un camino.


Mi generación y el 7-O

jueves, 27 de septiembre de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 13:13


Tengo veintidós años, veintitrés en menos de dos meses. Nací el cinco de noviembre de 1989, cuatro días antes de que cayera el muro de Berlín, de una madre politóloga y un padre internacionalista. 
Crecí entre campañas, y mi primer recuerdo político es de mi padre molestando a mi madre por trabajar en la de Oswaldo Álvarez Paz, y yo siguiéndole la corriente sin saber de qué hablaba, oyendo un cuento como de chiriperos, que siempre me han dado muchísimo asco. Pasé mi infancia oyendo discusiones eternas acerca de elecciones y políticas públicas. Entré a estudiar Ciencias Políticas no porque me apasionara sino por defecto, porque qué carajo, qué es una raya más para el tigre, ya tenía la mitad de la carrera hecha.
Globalmente hablando, pertenezco a la generación que nació, por cursi que suene, a la par de la democracia o en todo caso del mundo unipolar. Al haber nacido en Caracas en 1989, crecí oyendo el cuento de mi madre embarazada de semanas en pleno toque de queda del Caracazo, buscando a mi abuela, viendo la hora, preocupada, resolviendo.
En 1998 tenía ocho años. Ese año hubo un eclipse, el presidente de los Estados Unidos como que se había dado los besos con una tal Mónica Lewinsky, nació la mayor de mis primas y eligieron a Hugo Chávez. Lo eligieron. Yo en esa época estaba muy ocupada yendo al colegio, jugando Nintendo 64 - eso, y ese rollo que y que la nueva constitución, no tenía nada que ver conmigo.
Pertenezco, sobre todas las cosas, a la generación que creció y se formó como individuo en la Quinta República. La generación que no vivió la Cuarta, el puntofijismo, la conchupancia, a Rómulo, a CAP, a los copeyanos. La generación que supo de esa cuerda de gente en Historia de Venezuela de bachillerato, fastidiadísima y con ganas de salir al recreo.
Pertenezco a la generación para la cual el mito de la Cuarta es pura excusa. A la que no le cabe en la cabeza que todavía tenga la culpa de todo gente que desde que recuerdo no estuvo en Miraflores. En mi memoria política lo que hay es un tipo vociferando desde hace años, rojizándose, yéndose al extremo. En mi registro generacional lo que hay es un paro que arruinó una navidad, damnificados, cortes eléctricos, una explosión en Amuay y excusas, tantas excusas.
Cuatro años en Ciencias Políticas después, tengo un espectro de responsabilidades más amplio, pero no me quita pertenecer a la generación a la cual pertenezco. A la que no se atreve a caminar de noche, que pasa rabia cada vez que va al Banco de Venezuela, que ha visto amigos y familia irse mientras quienes quedan planean su ida sin vuelta. Pertenezco a la generación que se alegra y se extraña de conseguir todo en el súper. A la que cuando ve a un Guardia Nacional siente un compuesto de miedo, arrechera y hartazgo - eso, hartazgo, sin haber llegado a los veinticinco, tenemos el derecho y hasta la obligación de sentirnos hartos, cómo no.
No sé si el de Henrique Capriles Radonski realmente sea el camino correcto. No me consta, no tengo bola de cristal, no sé adónde se dirige. Pero Hugo Chávez ha esbozado una idea bastante clara de adónde va el suyo, y ese, sin lugar a dudas, no me interesa seguirlo. Y, por primera vez en veintidós años de vida, tengo la capacidad, yo sola y sin que me lo cuente nadie, de poner mi huella en una elección presidencial este 7 de octubre. ¿Cómo no dejar en claro en actas cuál es la Venezuela en la que quiero vivir?