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Grace & Frankie: Actores legendarios y la comedia digna en la vejez

sábado, 1 de abril de 2017 - Publicado por BabeDeJour en 15:28
Siendo la galla que soy, en los días antes de ver el remake de Beauty and the Beast me entregué a la tarea de buscar videos del elenco en otros musicales. Entre los que conseguí, había uno de Emma Thompson en una presentación en vivo de Sweeney Todd, haciendo el papel de Mrs. Lovett. Entre los comentarios del video, en el que canta “The Worst Pies in London,” vi que alguien dijo que Angela Lansbury, quien originó el rol en Broadway y fue la Mrs. Potts original, “estaría orgullosa.”
Pasa que Angela Lansbury sigue viva. Hace no mucho ganó un Oscar honorífico y va a tener un papel en la secuela musical Mary Poppins Returns, que sale el año próximo.
De la era clásica de Hollywood solo quedan Kirk Douglas y Olivia de Havilland, y de la época las vanguardias europeas y norteamericanas solo permanecen unas cuantas joyas como Kim Novak, Shirley MacLaine, Catherine Deneuve y Sophia Loren. Sin embargo, a veces se nos olvida que nos quedan grandes leyendas del cine y de la televisión, gente que le dio forma a la cultura pop durante décadas, con material que hoy ha sido copiado hasta convertirse en cliché.
Y una buena forma de recordar el poder que tienen los grandes actores del pasado es viendo Grace and Frankie en Netflix.
No, no creo que a nadie se le haya olvidado que los cuatro actores principales de Grace and Frankie siguen vivos: de una forma u otra, Jane Fonda, Lily Tomlin, Martin Sheen y Sam Waterson se han mantenido suficientemente visibles como para no caer en el olvido. Pero, sin duda, lo que sí sucede con actores de este nivel es que existe una tendencia a pensar en ellos en pretérito, actitud que en sí misma les resta relevancia; más o menos se asume que ya su arte está en decadencia, como si los años de vida no dieran mayor conocimiento del extensísimo rango de emociones.
¡Y qué bien paga esa experiencia en Grace and Frankie!

Grace, Frankie, Robert y Sol
La historia de Grace and Frankie arranca cuando dos amigos y socios de un bufete de abogados, Robert y Sol (Sheen y Waterson, respectivamente), le revelan a sus esposas de décadas, Grace y Frankie (Fonda y Tomlin), que son gay, que han mantenido una relación romántica durante muchos años, y que decidieron pasar el resto de su vida juntos y fuera del clóset. Después de este shock, las dos ex-esposas se mudan una casa de playa que compartían ambas familias, y se crea una dinámica clásica de pareja dispareja; Grace es la rígida, fría y correcta mujer de negocios, mientras Frankie es la hippie irremediable que es todo corazón.
Bla, bla, bla, las dos mujeres pelean pero se equilibran entre sí; bla, bla, bla, se convierten en mejores amigas. La idea del personaje Serio versus el Loquito es casi tan vieja como la comedia en sí: como serie, Grace and Frankie no aporta nada realmente rompedor, como pareciera esperarse de las series hoy en día. Son dos protagonistas mayores, sí, pero también lo eran Jack Lemmon y Walter Matthau en Grumpy Old Men y esa película salió hace casi 25 años.
Ahora, el hecho de que sean dos mujeres sí es una diferencia interesante: con algunas excepciones, no suele haber perdón ni amistad en el cine y la televisión acerca de rivalidades femeninas. Las mujeres que se odian en ficción lo hacen desde el principio hasta el final, con una larga tradición que va desde What Ever Happened to Baby Jane? hasta, por supuesto, la actual Feud de Ryan Murphy.
Pero más allá del cambio de géneros, que por sí solo es equivalente más o menos a bancarrota creativa, Grace and Frankie hace algo muy noble: mantiene la dignidad de sus personajes. Sería facilísimo caricaturizar la vejez de las protagonistas, pero, aunque la edad es un tema recurrente y no faltan chistes al respecto, la forma en que se suele tratar es a través de cómo quienes rodean a Grace y a Frankie las toman por viejitas inútiles, tema que se trata con mayor profundidad en la más reciente temporada, que salió el fin de semana pasado.
Además, Grace and Frankie muestra una profundidad realmente hermosa en cuanto al tratamiento de los dos ex-esposos, Sol y Robert, dos hombres de una generación más rígida, que vivieron en el clóset durante décadas y finalmente decidieron que estaban listos para ser honestos frente al mundo. Son dos personajes complejos, que viven en el conflicto entre la culpa causada por el daño que hicieron a sus familias y la felicidad de finalmente estar juntos en público.
Esta es una serie de actores y, específicamente, de personajes. Su núcleo se encuentra en las dos parejas, tanto Grace y Frankie como Robert y Sol, y en cómo se manejan entre ellos; no solo la conformación de una nueva amistad en las dos mujeres y el aprender a ser una pareja out and proud entre los dos hombres, sino también la reconstrucción de vínculos tras una experiencia tan traumática como el divorcio a los setenta y pico. Los cuatro se están adaptando a sus nuevos roles como amigos, como miembros de la sociedad y como padres.
Aunque los cuatro actores principales son absolutamente magistrales, mis preferidas son las dos mujeres, en parte por la enorme admiración que siento por Fonda y Tomlin, y también por el ligero morbo que le tengo a Fonda como figura histórica en la cultura pop. Vamos, que estoy convencida de que no hay nadie que haya representado a una generación tanto como lo hizo Jane Fonda desde sus protestas contra Vietnam (¡Hanoi Jane!) hasta su boom de emprendedora aeróbica en los años ochenta.
Como personajes secundarios tenemos a la segunda generación: los hijos de los dos ex matrimonios, todos adultos. Las dos hijas de Grace y Robert (la comiquísima mujer de negocios June Diane Raphael y la ama de casa Brooklyn Decker) y los dos hijos de Frankie y Sol (el adicto en recuperación interpretado por Ethan Embry y el abogado confiable de Baron Vaughn), cuatro personas que crecieron juntos y tienen una relación de hermanos incluso antes de enterarse de que sus papás son pareja. Es una familia moderna y peculiar, una especie de Los Míos, Los Tuyos y Los Nuestros; pero una donde cada engranaje es vital en el funcionamiento.
En fin, Grace and Frankie es una serie de gente mayor, sí, pero también es una serie acerca de rehacerse la vida. Y, sobre todo, es un recordatorio acerca de todo el talento de generaciones mayores que queda en Hollywood.

La dificultad del amor según Judd Apatow

martes, 28 de marzo de 2017 - Publicado por BabeDeJour en 10:53
Judd Apatow es el dueño de tu tele. Probablemente estuvo involucrado en un alto porcentaje de las películas de comedia que has visto en los últimos quince años, veinticinco si sigues el género con lupa. Ya a estas alturas debe ser percepción distorsionada, pero tengo la impresión de que cada vez que veo una película o serie de comedia, en algún lado de los créditos sale el nombre de Apatow.
El tipo estuvo tras cámaras para películas como 40 Year-Old Virgin, Anchorman, Bridesmaids y el debut de Amy Schumer en la gran pantalla, Trainwreck. En televisión también produce Girls, esa especie de sátira de HBO que celebra todo de lo que los baby boomers dicen de los millennials, y más recientemente Crashing, que la tengo como materia pendiente.
El año pasado, como primer gran proyecto con Netflix (también produjo Pee-wee’s Big Holiday), Apatow sacó Love, una serie que co-creó con Lesley Arfin y Paul Rust. Me pasó algo curioso con esta serie: cuando salió y obviamente la vi completa en menos de una semana, nadie hablaba de la serie… pero cuando Netflix sacó la segunda temporada hace un par de semanas, de repente todas las redes sociales estaban llenas de enamorados de Love.
La idea no es llamar poser a nadie ni mucho menos, pero me llama la atención porque aparentemente la serie es lo que en cine llaman un sleeper hit: una película que termina siendo exitosa a través del boca a boca, a pesar de tener poca promoción. Un ejemplo reciente es Ex Machina de Alex Garland, y pareciera ser que a Love le pasó lo mismo.
Hablo de Apatow antes de Love porque los rasgos de su material son muy reconocibles: la comedia de Apatow es incómoda, sus personajes son ansiosos, sus relaciones son rompecabezas con piezas que no terminan de encajar. Son elementos en común en su material, aunque no lo escriba; su propuesta como creador, en todas sus fases posibles, es que las relaciones son difíciles porque cada cabeza es un mundo y cada persona, un universo.
Y por eso los momentos de funcionalidad en Love se sienten un poco milagrosos.
Las relaciones requieren trabajo
En la primera temporada de Love, tanto Mickey (Gillian Jacobs) como Gus (el co-creador Paul Rust) dan un paso hacia encontrarse y luego dos hacia sabotear lo que puede convertirse en una relación. Al final de la temporada, Mickey le confiesa a Gus que está lidiando con problemas de adicción a sustancias y relaciones, y que cree que debe estar sola por un tiempo… a lo que Gus obviamente responde besándola.
En la segunda temporada, los desaciertos continúan. La primera mitad es un poco idílica, como cualquier inicio de relación, hasta que empiezan a aparecer los lados autodestructivos de cada uno: las inseguridades de Gus, las adicciones de Mickey. Una vez la armonía queda coja, el balance entre ellos se siente como un logro extraordinario, y los momentos de conexión son impresionantes en tanto se nota el trabajo que conllevan.
En la primera parte de la temporada, Mickey y Gus están casi completamente solos; la intimidad de estar solos fundamenta mucho de su relación, solo con la roommate de Mickey, Bertie (Claudia O'Doherty), como posible cómplice. Es durante los momentos en que están rodeados de gente que surgen las dudas, los bajones; su relación es una burbuja y tiene la misma estabilidad de una.
No cabe duda de que Mickey y Gus son un desastre en espera, pero cuando funcionan, lo que mejor los describe es el hashtag #RelationshipGoals: sus locuras se complementan. Como espectador, quieres que la relación funcione… pero, si alguno de ellos fuese tu amigo, es muy probable que le dirías que el momento no es este, que necesita tiempo, que va a estrellarse si sigue en este plan.
Para alivio constante, los personajes de ficción no son amigos de uno, así que está bien sentarse cómodamente y ver el desastre potencial y literal de sus vidas.
En paralelo a Mickey y Gus, hay otra relación autodestructiva que se desarrolla durante la segunda temporada de Love: la de Bertie y Randy (Mike Mitchell). Mientras Mickey busca mejorar a través de su relación con Gus, Bertie forma una relación con el primer tipo con el que se junta al llegar de Australia, alguien con quien claramente no comparte… pues, nada, la verdad. El tratamiento de la relación es mucho más sutil, pero también habla de una particular autodestructiva en la búsqueda de pareja: conformarse con menos. Me recordó muchísimo al primer número musical de Greg en Crazy Ex-Girlfriend, “Settle for Me.”
Entre ambas relaciones, se vislumbra un poco una tendencia a la introspección en la comedia actual, particularmente en televisión: los personajes se autosabotean y lo saben, no son víctimas de situaciones extrañas fuera de sí mismos.

via GIPHY
El género perfecto
Llamar “comedia” a Love es una exageración, sin duda, pero también lo sería llamarla un drama; como muchas series excelentes en este momento, se balancea en ese género mal llamado dramedia. Género que, personalmente, me parece el más adecuado para mostrar la dinámica entre personajes, por una razón muy sencilla: ¿qué relación interpersonal es exclusivamente dramática o exclusivamente cómica?
Mientras la primera temporada de Love nos presenta a dos personas como piezas de un rompecabezas, la segunda se adentra realmente en cómo es el principio de una relación, solo que sumándole el elemento de que la mitad de la pareja tiene problemas de adicción.  
Es una serie encantadora en tanto se reconozca que también es una historia frustrante con personajes profundamente complejos y a menudo desagradables. Ver Love puede llegar a ser un ejercicio de reconocer patrones pasados o presentes, pero algunas de las mejores series en este momento tienen eso.
¿Terminaste de ver Love y buscas algo similar? HBO tiene al menos dos series (que yo sepa) en esta onda: Girls, que da risa y dentera a partes iguales y Togetherness, una dramedia en la que todo el mundo es profundamente miserable. En Netflix están Master of None de Aziz Ansari, la cual cubre muchísimo espacio acerca de la complejidad de las relaciones interpersonales (no solo de pareja), que es un tema que Ansari ha cubierto hasta en libro; y, claro, mi serie preferida, Crazy Ex-Girlfriend, que combina números musicales deliciosos y comiquísimos con un estudio de la salud mental y de la autonegación como motor de relacionarse. Vamos, que quedan muchísimas relaciones disfuncionales por descubrir en televisión, ¡hurra! (?)

Las brújulas morales son para boy-scouts

lunes, 10 de febrero de 2014 - Publicado por BabeDeJour en 23:22


Igual que el sentido de la fascinación se nos enciende con las historias from rags to riches, si hay algo que despierta el morbo es ver la caída de un personaje desde la gloria a la miseria. Pero, ¿qué sentimiento tenemos que aupar en una historia que es ambas cosas y a la vez ninguna?
Depende: si se trata de The Wolf of Wall Street, carcajadas histéricas.
La última colaboración de Martin Scorsese y Leonardo Di Caprio (que se dice: la última prueba del genio del arte de los dos) es la película más divertida que he visto en años, quizá desde el Borat de Sacha Baron Cohen - y, como nuestro kazako antisemita preferido, da risa por todas las razones equivocadas: es un festín de drogas, estafas y zorras como podríamos imaginarnos de un fin de semana en la casa de campo de Calígula.
Una de las primeras escenas (también vale acotar que la primera toma es un concurso en una oficina de "lanzar al enano a la diana") abre con una toma de un set de nalgas, por el que segundos luego corre la nariz de Di Caprio persiguiendo una línea de cocaína que acaba de dibujarle encima - ¿qué puede esperarse de una película cuya introducción es su protagonista literalmente metiéndose farlopa desde el culo de una puta?
El gancho es instantáneo: no sólo por las acciones del personaje, sino más bien su genuina falta de interés por el más mínimo recato. The Wolf of Wall Street es tan enteramente amoral que su cualidad más palpable es lo circense: rara vez una película tan popular es tan políticamente incorrecta.
Wolf se trata de cine de nuestro tiempo, sin lugar a dudas: desde su protagonista depravado (como otro hito de esta era, Walter White) hasta su capitalismo histérico, es un reflejo divertidísimo de la cultura del consumismo actual, como El gran Gatsby lo fue de los excesos de la época flapper (ya el New York Times trató ese tema mucho mejor de lo que podría hacerlo yo). Sólo que, contrario a la obra de Fitzgerald, carece de puntos de referencia ética: como espectador, tienes la perspectiva completa de la vida de Jordan Belfort, y en un mar de personajes excesivos no hay un sólo pilar desde el cual se oiga la voz de la razón que diga "oye, pero lo que estás haciendo está mal, Jordan, a los enanos también les duele".
Nadie de esta historia (ni los equivalentes de la vida real en los que están basados sus personajes) la pasa nunca demasiado mal: Belfort sigue dando vueltas (y gana millones como orador motivacional porque EUA es la tierra de los libres y el hogar de los valientes), aunque con deudas millonarias, libre y vivo gracias a algún milagro médico después de tanta droga. En la película tiene conflictos maritales que han de terminar por darle igual gracias a su estupor perenne, pierde objetos de valor pero c'est la vie, se queda solo pero podría nadar en un cuarto de sus millones malhabidos como si de Rico McPato se tratara.
Es el espectador el encargado de dejar su brújula moral frente a la pantalla (sin el disclaimer de "no intentar esto en casa"), y decidir si es o no negocio vivir sin acordarse de por qué la aeromoza te amaró en tu asiento de primera clase trasatlántico - incluso aunque a este tipo no le haya salido tan mal la cosa.
Aunque los últimos quince minutos de la película se sienten un poco forzados, de resto es constantemente brillante, especialmente considerando que se trata de una película de tres horas que incluye una escena de Jonah Hill masturbándose en una fiesta (y todo hay que decirlo, Jonah ha crecido muchísimo como actor desde la época en la que pasaba su infancia en Superbad haciendo dibujos de pipís).

Se sabe: la combinación Marty/Leo crea cosas mágicas, y en esta ocasión creó probablemente la mejor actuación de Di Caprio, que es decir bastante - ¿y quién se hubiese imaginado años atrás que Jack Dawson sería el protagonista delicioso e inmoral de una comedia negra?