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Perras

martes, 8 de marzo de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 14:13
Uno de los grandes problemas de nuestra sociedad es que cualquiera puede ser una perra durante quince minutos. Sí, lo considero un problema; no por la existencia en sí misma de las perras – que son una constante a través de los siglos, y, en mi opinión, una de las partes más deliciosas cuando no necesarias -, sino por cómo se ha desintegrado la institución. Sí, la institución de la perra, la arquetípica: la de carácter fuerte, con aires de cinismo, desbordando sarcasmo y llena de clase. De pronto todo el mundo se cree una, y se pierde todo el entrenamiento detrás de la cuestión.
En un mundo en el que los flashes de cualquier cosa forman “personas” en el sentido teatral de la palabra – los 140 caracteres de tuíter, los veinte episodios del reality show, los cinco minutos del último video de tu canal en YouTube –, que te convierten durante dos semanas en un meme, no es realmente difícil llamar la atención y, para las mujeres, la forma más sencilla es la de hacerse la diva. No he visto un solo reality que no tenga al menos una “perra” por temporada; una mujer completamente detestable y con ansias de poder (queriendo quedarse con el tipo, o de ganar lo que esté en juego) que te hace regresar al programa tan a menudo como recuerdes con la sola esperanza de que boten a la tipa en ese episodio.
La esencia es la misma, seguro, pero se ha desvirtuado la clase y la ironía. Mi perra preferida, por mucho, es Bette Davis, estereotípica y deliciosa: el diablo con acento sureño en Jezebel (el premio de consolación por Scarlett O’Hara que no podría interpretar por mucho que quiso), la diva del teatro en All About Eve, la mujer madura que se niega a envejecer en Mr. Skeffington, la actriz olvidada en The Star… y Bette Davis, siempre, excepto en Now, Voyager. Destaca, claro, en What Ever Happened to Baby Jane?, como la cantante infantil olvidada y hermana de una ex estrella de cine, a quien maltrató sin parar tanto delante de la cámara como detrás; y cómo no, si era interpretada por su némesis de toda la vida, Joan Crawford.
De Crawford, perra enclosetada cuya hija adoptiva describiría su infancia abusada en un libro que se convertiría en película (Mommie Dearest, si les suena), Bette Davis diría cuando le hablaron de su muerte: “Nunca deberías hablar mal de los muertos, sólo bien… Joan Crawford está muerta. ¡Bien!”
Esas eran las perras fascinantes, para las que se creaban papeles por su puro capricho, las que hacían leyendas. Se dice, incluso, que Bette Davis fue quien le puso el nombre a los premios de la Academia, cuando dijo que la estatuilla se parecía a su tío Oscar. Ya pasaron esas grandes mujeres y se desvanecieron con el Hollywood clásico… y lo que le queda a mi generación, parafraseando a Georgia Rothe, es el recuerdo de las destrucciones de la Pascualina y sus versiones 2.0.
Señores, tenemos que rescatar la cultura de la perra antes de que se termine de extinguir, porque es que ya no somos dignos, no somos dignos; si acaso lo que nos queda son las incursiones anónimas y mal hechas al bitchiness, así sin clase alguna y creyendo que nos la estamos comiendo. Todo mal.
Para terminar con la diosa de la maldad, alguna vez a Bette Davis le preguntaron por qué era tan buena haciendo ese tipo de papeles: “Creo que es porque no soy una perra. Debe ser por eso que la señorita Crawford siempre interpreta damas.”

Blablablá

jueves, 10 de febrero de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 15:50

Aquí lo que se viene es la opinión de una mujer histriónica que pasó buena parte de su infancia haciendo teatro y radio… pero yo voto muy a favor de la idea de Blaving.

Que está muy crudo, sí; que le falta, sí: la página está muy lenta, la aplicación para iPhone es un desastre (no sé cómo será para otros smartphones), es un fastidio tener en tu timeline a cualquier pendejo que acabe de decir cualquier cosa aunque no lo sigas, es una odisea conseguir cómo se borra un blav, la cuestión de ponerle nombre Y etiqueta a la grabación te hacen pensar “pa’ eso voy y lo tuiteo”; entre otras cosas que justo ahora se me escapan.

El hecho es que sí creo en las posibilidades de una red social basada en voces por todas las razones que Eva enumera con bastante más precisión que la que podría tener yo. Pero lo que quiero aquí es contarles una historia de radio:

El 30 de octubre de 1938 hubo pánico en Estados Unidos: flashes de un reporte en la radio habían anunciado que los marcianos habían aterrizado en New Jersey. En el área la gente gritaba con ataques de histeria, decían que podían oler los gases tóxicos de las naves y ver sus luces; del otro lado del país, una mujer en San Francisco sintió cómo los marcianos la violaban y después, de la vergüenza, intentó suicidarse. La estación tuvo que disculparse: la transmisión era, en realidad, una adaptación monstruosamente buena y realista de “La Guerra de los Mundos” de HG Wells; era también, sin duda, una broma de Halloween muy bien montada por alguien que obviamente tenía deseo de ser notado. La mente maestra detrás de aquella histeria que movió a un país entero resultó ser un muchacho de veintitrés años, un perfecto geniecillo jodedor que de ahí se montaría en la ola del éxito como quizá sólo lo haría una vez en su vida: un tal Orson Welles.

Ahí está: el sonido tiene todo el potencial del mundo en cuanto a creatividad. Si se pudo tumbar un gobierno de treinta años en Egipto a través de tuíter, ¿qué no se podría hacer, por ejemplo, escuchando de voz a voz, en tiempo real, cada cosa que sucede? Las posibilidades periodísticas son infinitas, por una parte. Las de crear diversión, sea por el drama o por la comedia, son tan amplias como podrían serlo en la radio, pero con el agregado de inmediatez: tienes dos minutos o menos para enamorarme como escucha, y si no lo haces tú quién sabe cuántos habrá que sí.

Obviamente habrá quienes usen el Blaving para idioteces: estoy en tal parte, “acabo de oír esta canción, ¿quién sabe cómo se llama?” (pienso que en general se ampliaría la idea del “Now listening”) o qué sé yo; igual que en tuíter, señores, cada quien construye su taimlain: si quieres puedes oír a gente leyendo poesía, escuchar cómo hablan distintas lenguas, puede llamarte la atención alguien por tener algún acento particularmente autóctono; o, incluso, puedes oír a tus amigos ebrios y despechados cantando Ricardo Montaner y diciendo que las mujeres son todas unas putas y los hombres son todos unos perros.

Fui la primera persona que dijo, cuando empezó a sonar, que tuíter era una estupidez: "¿para qué quiero yo una red social llena de puros estados? Pa’ eso voy cambiando el de Facebook y punto". Poco a poco me fui enamorando de tuíter y viendo todas las cosas geniales que se podían hacer desde ahí. No pretendo predecir que Blaving sea lo mejor que le haya pasado a internet desde el trollface - no me malinterpreten: ni pienso que sea una olla donde se están cocinando los posibles Orson Welles del mañana -, y tampoco creo que sea el “nuevo tuíter”; para mí es otra alternativa que podría coexistir y tener sus propios espacios. Pegue o no, ya yo me enamoré del blaveo.