Mi generación y el 7-O

jueves, 27 de septiembre de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 13:13


Tengo veintidós años, veintitrés en menos de dos meses. Nací el cinco de noviembre de 1989, cuatro días antes de que cayera el muro de Berlín, de una madre politóloga y un padre internacionalista. 
Crecí entre campañas, y mi primer recuerdo político es de mi padre molestando a mi madre por trabajar en la de Oswaldo Álvarez Paz, y yo siguiéndole la corriente sin saber de qué hablaba, oyendo un cuento como de chiriperos, que siempre me han dado muchísimo asco. Pasé mi infancia oyendo discusiones eternas acerca de elecciones y políticas públicas. Entré a estudiar Ciencias Políticas no porque me apasionara sino por defecto, porque qué carajo, qué es una raya más para el tigre, ya tenía la mitad de la carrera hecha.
Globalmente hablando, pertenezco a la generación que nació, por cursi que suene, a la par de la democracia o en todo caso del mundo unipolar. Al haber nacido en Caracas en 1989, crecí oyendo el cuento de mi madre embarazada de semanas en pleno toque de queda del Caracazo, buscando a mi abuela, viendo la hora, preocupada, resolviendo.
En 1998 tenía ocho años. Ese año hubo un eclipse, el presidente de los Estados Unidos como que se había dado los besos con una tal Mónica Lewinsky, nació la mayor de mis primas y eligieron a Hugo Chávez. Lo eligieron. Yo en esa época estaba muy ocupada yendo al colegio, jugando Nintendo 64 - eso, y ese rollo que y que la nueva constitución, no tenía nada que ver conmigo.
Pertenezco, sobre todas las cosas, a la generación que creció y se formó como individuo en la Quinta República. La generación que no vivió la Cuarta, el puntofijismo, la conchupancia, a Rómulo, a CAP, a los copeyanos. La generación que supo de esa cuerda de gente en Historia de Venezuela de bachillerato, fastidiadísima y con ganas de salir al recreo.
Pertenezco a la generación para la cual el mito de la Cuarta es pura excusa. A la que no le cabe en la cabeza que todavía tenga la culpa de todo gente que desde que recuerdo no estuvo en Miraflores. En mi memoria política lo que hay es un tipo vociferando desde hace años, rojizándose, yéndose al extremo. En mi registro generacional lo que hay es un paro que arruinó una navidad, damnificados, cortes eléctricos, una explosión en Amuay y excusas, tantas excusas.
Cuatro años en Ciencias Políticas después, tengo un espectro de responsabilidades más amplio, pero no me quita pertenecer a la generación a la cual pertenezco. A la que no se atreve a caminar de noche, que pasa rabia cada vez que va al Banco de Venezuela, que ha visto amigos y familia irse mientras quienes quedan planean su ida sin vuelta. Pertenezco a la generación que se alegra y se extraña de conseguir todo en el súper. A la que cuando ve a un Guardia Nacional siente un compuesto de miedo, arrechera y hartazgo - eso, hartazgo, sin haber llegado a los veinticinco, tenemos el derecho y hasta la obligación de sentirnos hartos, cómo no.
No sé si el de Henrique Capriles Radonski realmente sea el camino correcto. No me consta, no tengo bola de cristal, no sé adónde se dirige. Pero Hugo Chávez ha esbozado una idea bastante clara de adónde va el suyo, y ese, sin lugar a dudas, no me interesa seguirlo. Y, por primera vez en veintidós años de vida, tengo la capacidad, yo sola y sin que me lo cuente nadie, de poner mi huella en una elección presidencial este 7 de octubre. ¿Cómo no dejar en claro en actas cuál es la Venezuela en la que quiero vivir?

Gone with the Wind Revisited

martes, 28 de agosto de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 13:41


Si Casablanca fue la película de mi infancia para irse convirtiendo en la de la nostalgia, Gone with the Wind (Lo que el viento se llevó) es, sin duda alguna, la película landmark de mi adolescencia.
Es un cálculo básico, tanto como puede serlo que la novela icónica de la adolescencia de alguna mujer sea de autoría de alguna Brontë o de Jane Austen: es una de estas historias increíblemente melodramáticas acerca de una mujer de carácter fuerte que finalmente encuentra al amante-rival, el que le agarra el tumba’o – porque resulta que el subtexto dentro de la historia de Margaret Mitchell te dice que el único que podría no sólo calarse a Scarlett O’Hara sino sobre todo meterla en cintura es ese tal Rhett Butler.
Sucede que este es mi segundo intento de escribir algo acerca de Lo que el viento se llevó. Pasa que años después de verla por primera vez a los doce o trece años, cuando he regresado a ella mis reacciones han sido visceralmente cambiantes, acaso porque es el gran pilar que queda de la época más rocosa que tenemos todos. En la adolescencia sufrí amargamente con Scarlett por no entender por qué Rhett se iba; después de pasar por mi primera relación difícil, odié a Scarlett por idiota y malcriada; alguna otra vez no entendí por qué la historia de Mitchell había ejercido ese efecto en mí… y, hace dos semanas, llegué a la conclusión lapidaria (quién sabe por cuánto) de que se trata de un cuento enredado de malcriados.
Si en mi vida Casablanca fue estandarte ético de honor, GwtW es abanderada del egoísmo más puro: sus protagonistas, ambos, son un par de niños empecinados por tener lo que no pueden, lo que les es negado desde el principio – y a ver que pasa un buen rato desde que empieza a enredarse la trama hasta que termina, casi cuatro horas después.
A Scarlett O’Hara la conocemos como una Southern belle, una adolescente hermosa de Georgia con carácter irlandés que, pudiendo tener a todos los hombres del condado se encapricha por el único que jamás estará a su alcance; mientras, Rhett Butler es un rebelde sin causa, un hombre “sin principios”, dado a tragos y burdeles, un hedonista puro… que se antoja, cómo no, de la única mujer que sabe desde el principio está enamorada de otro. La búsqueda de Rhett a Scarlett acaso sea algo más noble: es al final un hombre adulto, que la reconoce como su igual, mientras ella se adentra en un crush adolescente a Ashley que no llevaría nunca a ninguna parte, por simple incompatibilidad de caracteres. Distinto el razonamiento pero al final los dos concluyen en lo mismo.
La incompatibilidad de ambos caracteres yace, precisamente, en lo parecidos que son: con toda seguridad ninguno de los dos sabría manejar la felicidad de tenerla en la mano. Scarlett queda curtida, jaded, después de la guerra, pero aún queda algo de esperanza mientras Rhett mantiene cierto grado de inocencia – que pierde en el momento en el que Bonnie Blue cae de su pony. Claro, al final en esta película hablamos de la madre del chick flick majestuoso y melodramático, con su presupuesto millonario y su éxito de taquilla que, ajustado a la inflación, sigue siendo el mayor de la historia del cine.
Casablanca es la película de mi padre, sí, y Lo que el viento se llevó es un poco la de mi madre, o más bien la novela – cuando leyó el libro por primera vez, a los trece o catorce años, se enamoró perdidamente del nombre de Bonnie Blue Butler, Eugenia Victoria – y no fue hasta que yo tenía seis años que se dio cuenta de que, orden aparte, le había puesto a su hija el mismo nombre.
En Gone with the Wind se inspira la faceta de mi personalidad que cuida las formas, que se cree el cuento de qué es una dama y qué no, que se deja llevar por el temperamento celta. Pongámosla fácil: la malcriada. Pero sobre todo, la historia de Margaret Mitchell (porque no duden que el libro lo he leído mil veces, con el agregado de ambas secuelas oficiales) es responsable en buena medida por mi gusto en hombres: post leer/ver a Rhett Butler, le agarré un gusto que no se me ha quitado a los tipos de humor negro y con toque de cinismo, a los hombres un poco bastante cerdos e incluso, durante mi adolescencia, en un arranque de esa idiotez característica de la edad, decidí de forma férrea que mi novio tendría las iniciales de Rhett Butler (y de Rick Blaine), R.B. – lindo es que diez años después me haya quedado en la otra oclusiva bilabial, wink wink.
Sí, Gone with the Wind es la versión muy edulcorada de un tiempo y espacio que era tan peculiar que se traduce en los rednecks actuales; sí, es una novela/película refugio de gordas vírgenes de mediana edad alrededor del mundo de la misma forma que hoy lo es la saga Twilight de Stephenie Meyer; sí, es un melodrama enrevesadísimo de proporciones épicas. Pero es el mío, mi chick flick, el que una década después de descubrirlo (y setenta y tres años después de estrenado) me calo completo aunque dure casi cuatro horas sin que me pese; el que me ha divertido toda la vida; ese en el que veo siempre los guiños sutiles más deliciosos (ese “you should be kissed and often, and by someone who knows how” que hay que ser bien ingenuo para creer que se limitaba a besos y mucho menos con esa terminología) y de donde me empezó a surgir cualquier atisbo de sutileza que tengo en el cuerpo.
Gone with the Wind, más que testigo de la época que interpreta lo es de la que la vio en el podio del Pulitzer y en el del Oscar: tiempos de absoluta clase con señas sutiles y suspensivas; de grandes estrellas de cine prestadas de un estudio a otro; de pequeños chismes en sets muy anteriores a los paparazzi; de papeles geniales que se peleaban todas las actrices de Tinseltown – un Estados Unidos y una industria cinematográfica en todo su esplendor, justo antes de la Segunda Guerra Mundial. A final de cuentas, un Hollywood que el viento se llevó.



Buscaba sólo el screen test de Paulette Goddard, que lo vi hace años y hubiese sido una Scarlett O'Hara divina - pero conseguí fue este compendio de screen tests narrado por Orson Welles, y todos sabemos que cualquier cosa es mejor si está narrada por Orson Welles.

Casablanca Revisited

miércoles, 8 de agosto de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 19:55
No sé en realidad qué tan confiable sean, pero a mí me da muy mala espina alguien cuyos gustos sean exactamente iguales desde hace muchos años. Esta gente que dice con orgullo que A Clockwork Orange es su película preferida desde que tiene 15 me da poco menos que angustia, no por Clockwork en sí (aunque Kubrick me parece, como Nietszche, un autor de adolescencia - aunque de eso podría hablar con calma en otro momento), sino porque qué terrible quedarse estancado en el mismo sitio tanto tiempo.


El hecho es que mientras uno crece, tanto física como metafóricamente, la visión de mundo (Weltanschauung, que dicen los teutones) debería ir cambiando, evolucionando, afinándose. Sé que a mí en lo personal me daría una tristeza terrible pensar que la cumbre de mis gustos, o de cualquier faceta de mi vida, la pasé en la adolescencia.


Siguiendo esa misma lógica, admito que sí hay gustos que permanecen, pero las razones no son las mismas: a los veintipico no te quedas sentado viendo la película que te atrapó en la adolescencia por las mismas razones que lo hiciste entonces. Y me parece que esa es una de las cosas maravillosas del arte en general, y del cine en específico: el cine bueno, el genial, acompaña de una forma u otra durante toda la vida, como si cambiara contigo, cuando es uno mismo quien se proyecta en él.


Tengo esto en la cabeza porque en la semana vi Casablanca en pantalla grande por primera vez. Y sucede que Casablanca, más que ser la película de mi adolescencia, es la que, por decirlo de alguna forma, me ha visto crecer. 


Casablanca es desde que recuerdo la película preferida de mi padre (inspirándose en Rick llegó a la iglesia el día de su boda con smoking tropical blanco, para el horror de mi madre incluso cuando lo cuenta hoy, casi treinta años después), es la primera película de la que tengo conciencia y por la que entré a todas las demás.


Es la película que veía siempre con mi padre cuando la pasaban los domingos en la noche, a menudo en NCTV o en VTV y doblada (él no tiene ningún problema con el doblaje, gusto que su hija no heredó ni de lejos); la que alguna vez le grabé en VHS mientras la ponían en la tele; la que sé citar de cabo a rabo desde niña; la que me dio las primeras herramientas para crear algo parecido al ingenio y, cómo no, la primera que moldeó mi personalidad y mi visión de mundo.


Casablanca fue mi primera guía ética, cuando todavía no sabía que las ficciones son eso, precisamente. Por cursi que suene, de niña mis conceptos de amor, de honor y de sacrificio por causas mayores vinieron de ahí. Rick Blaine (personaje de acuerdo al cual mi padre ha moldeado su conducta toda la vida) era el ser duro, cínico y en el fondo férreamente honorable cuya personalidad parecía lógico imitar y copiar.


Durante mi muy incómoda adolescencia, mi burbuja frente al mundo estaba constituida de literatura en primera instancia, pero sobre todo de cine: llegaba a casa del colegio a ver películas de manera sistemática y obsesiva, leyendo crítica, jugando trivia. Veía tres, cuatro pelis al día y me enamoraba perdidamente de actores que llevaban cincuenta años muertos. Eso sí: en mi mundo adolescente, empezando por Casablanca, las mayores historias de amor quedaban truncadas, bajo la sobre-romantizada premisa jamás dicha pero siempre expuesta en todo arte de que el verdadero romance yace en la grandeza de lo efímero y jamás, jamás en las horas muertas de lo cotidiano.


Lentamente, cuando salí de la burbuja que me había creado en el colegio, Casablanca se convirtió en mi filtro: me da hasta dolor admitir que salí con más de un patán sólo por mencionar esa película, así fuera de pasada. Así de fácil, sin complicación alguna.


Nunca he dejado de ver Casablanca. Agarrarla en la tele significa llamar a mi padre, esté del otro lado del país o en el cuarto de al lado, y decirle en qué canal está, por qué escena van y que ambos citemos algún pedazo. Regularmente se la regalo en DVD y él la daña de tanto verla hasta que se la vuelvo a comprar.


Verla también significa darle menos valor a Ilsa mientras más la veo, por ser ella instrumento narrativo más que personaje; aburrirme cada vez más con el heroísmo panfletario de Victor Laszlo; conseguirle más capas al capitán Renault; encontrar a Rick un poco más despechado de cartón; notarle más el carácter propagandístico a toda la cuestión pro-De Gaulle.


Ver Casablanca, todavía, es morderme los labios para no cantar La Marseillaise a coro cuando estoy en público, contener las lágrimas ante esa escena maravillosa, la que denota la expresión sentimental que estoy segura que fue la que logró que “the good guys” triunfaran en la Segunda Guerra Mundial.


En conclusión: ver Casablanca, para mí, es recordar cómo y por qué me enamoré del cine… y por eso, precisamente, no podría deberle más a ninguna otra película.




Here’s looking at you, kid.

De la posteridad fácil

domingo, 22 de julio de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 3:08
Sucede que mis estrellas de cine preferidas son siempre las que duraron y erraron hasta convertirse en seres humanos. Mi lógica es esta: si el cine (si el arte) es extensión, plug-in de la vida, tiene que parecerse o al menos tener alguna conexión con lo terrenal.
Por eso me quedo, siempre, con un Orson Welles antes que con un James Dean, porque al Welles le dio tiempo para quedarse un rato y hacerse de carne y hueso. James Dean tuvo la ventaja, en su idiotez postadolescente de vida rápida, de convertirse en lo que quiso ser: un cadáver atractivo. Uno que será hermoso por toda la eternidad porque jamás fue acosado por los paparazzi mientras iba a una clínica a inyectarse botox, ni llegó nunca a dejar un comentario subido de tono o racista en medios internacionales para que el mundo oyera, como parece ser el hobby actual de Brigitte Bardot.
Es demasiado fácil, casi flojo, quedar marcado en la posteridad después de hacer boom: es un truco barato, de mago de mala muerte. Y, parece, cada generación tiene el suyo propio: la mía vivió la muerte del mejor Joker que jamás se ha enfrentado al Caballero de la Noche, y ahí va a quedar Heath Ledger, implantado en nuestra memoria como el hombre que pudo ser muchos otros y el destino (qué cursi, qué trágico) no se lo permitió.
Me quedo, sin pensármelo dos veces, con la humanidad de las estrellas en decadencia: con Paul Newman sonriendo desde el frasco de mi aderezo César, Brigitte Bardot despotricando contra el mundo, Marlon Brando convirtiéndose en el hombre más gordo y feo del planeta o Liza Minnelli teniendo una boda casi alienígena. Porque sucede que así de locos, feos y metidos en la nevera de mi casa, no perdieron nunca esa cualidad de eternidad que les otorgó el cine y mantuvieron vivo a punta de sudor y talento.
Se me ocurre, desde mi fangirl interna que no morirá nunca, una idea: tendría que haber sido Elizabeth Taylor quien cantara “Diamonds Are a Girl’s Best Friend” en los cincuenta, como presagio de justicia divina: al final sería ella la que vería su belleza desvanecerse mientras sus diamantes permanecían, cuando a Marilyn Monroe le tocó la bondad dulce de quedar brillando joven y hermosa en pantalla por todos los tiempos, sin debilidades posteriores que pudieran convertirla en otra más de las billones de personas en el planeta.


Eres

martes, 3 de abril de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 1:05

Eres la destrucción. No eres ni serás nunca la negación de lo anterior, porque eso implicaría conexión con el pasado, y tú eres lo nuevo. Eres el cambio.

Eres la vida.

Eres la caída de los ídolos. Eres el final de todo. Eres el principio de todo.

Eres La Torre.

Eres La Estrella.

Eres el silencio. Eres lo que pasa cuando ya no hay búsqueda. Eres el cambio.

Eres lo que pasa. No lo que pasó, no lo que pasará. Eres el presente en estado salvaje.

Eres el pragmatismo. Eres la ausencia de estupideces.

Eres intangible. Eres corpóreo. Eres metáfora.

Eres La Muerte.

Eres el balance.

Eres, a todas luces, inescribible. Indescriptible. Indispensable.

La verdad es que no sé qué eres, y creo que no lo averiguaré nunca. Aunque no me creas, quizá ya me aprendí cada detalle y todavía no me he dado cuenta.

De Naokos y Midoris

lunes, 26 de marzo de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 3:13

Todos conocemos a una Naoko, y tengo la teoría de que todo hombre ha pasado por el enamoramiento (o la obsesión) con alguna de ellas. Son estas mujeres irresistibles a todos los hombres y perennemente inaccesibles: suelen ser hermosas, muchísimo, y tener un je ne sais quois que las separa del resto. Su atractivo mayor es este encanto que se adivina, oculto, con algo de helplessness, como si fuesen a romperse, como si buscaran la salvación en un sitio al que no han podido llegar nunca. Suelen estar trastornadas hasta la médula y ser un cúmulo inmenso de issues y locura mal utilizada y jamás tratada.
Son, digamos, las princesas de los cuentos de hadas de Disney, con todo el bagaje emocional que incluye el padre muerto, la madrastra malvada y la obsesión compulsiva con la limpieza de cualquier sitio en el que se encuentren.
Las llamo así por Naoko, el personaje de Haruki Murakami en Tokio Blues (Norwegian Wood), que en la adaptación cinematográfica interpretó Rinko Kikuchi. Es el perfecto ejemplo de este tipo de mujeres (incluso, en la novela tenemos a Midori, el otro personaje femenino, prácticamente opuesto, que sirve como contraste a la primera). Les puse Naokos por mi obsesión murakamiana, pero quizá el imaginario de mi generación podría verla mejor relacionada a la figura de la cultura pop que hombres alrededor del mundo se han dedicado a odiar desde la experiencia propia: la Summer de Zooey Deschanel en (500) Days of Summer.
Admito que el efecto que tienen estas mujeres siempre me ha parecido fascinante. Fascinante y repulsivo. Digo, las detesto como modelo, y he llegado a tenerle una rabia (a ver, arrechera) enorme a mujeres que reconozco como ese tipo preciso. Básicamente me parecen zorras manipuladoras que no ven más allá de sí mismas y su propia miseria, que no hacen absolutamente nada al respecto y toman a quienes las quieren hasta consumirlos, agotándolos emocional y a menudo físicamente (sin darse cuenta, eso sí) gastándose en intentos desesperados y nada efectivos por salvarlas de su extrema infelicidad.
Peach, por ejemplo. Todos los que nacimos después de los ochenta alguna vez tuvimos un Nintendo y conocemos a Peach. Es una princesa lindísima, rubia y adorable, que siempre termina siendo secuestrada por el mismo dragón-dinosaurio o lo que sea que es Bowser, haciendo que el bueno de Mario se encargue de rescatarla, pasando por todas las penurias del mundo (o más bien de todos los mundos del juego). Y después de tanto problema, lo que le dan al pobre plomero es un piche pedazo de torta. Y el más pendejo, de paso, se queda y la vuelve a salvar la vez siguiente.
Pobre tipo, vale.
Es una sobre simplificación, con toda seguridad, pero casi todos los hombres que conozco alguna vez han pasado por una mujer parecida a la que aman y adoran, de la que se convierten en los mejores amigos o hasta novios, pero jamás logran traspasar esta especie de muralla imaginaria y entrar, realmente entrar, en la cabeza, en el alma (en la “memoria poética”, por usar un término de Kundera) de la chica en cuestión.
Hace poco vi My Week with Marilyn (que muy recomiendo, por el Olivier de Kenneth Branagh y especialmente por la interpretación maravillosísima de Michelle Williams como Marilyn Monroe) y finalmente entendí por qué siempre me ha caído pesado el culto a la rubia platinada más icónica del cine… y es que es una celebración, justamente, a este arquetipo de la mujer hipnótica e inescrutable.
Marilyn Monroe, originalmente Norma Jean Mortensen, pasó buena parte de su infancia entre padres adoptivos, en hogares en los que tuvo que escapar violaciones y hasta intentos de asfixia. Su familia adoptiva la abandona para irse a otra ciudad, y a los dieciséis se casa por primera vez para divorciarse por primera vez no mucho tiempo después. A ver, que estamos hablando de una mujer que no podía no estar profundamente perturbada. My Week with Marilyn la describe un poco así: una mujer frágil, evidentemente hermosa, dicen que brillante (el rumor es que su novela preferida era Ulises de James Joyce, pero mi escepticismo no conoce límites en cuanto a esa obra en particular y la gente que dice amarla), atormentada por su pasado y por la soledad de su vida (aunque rodeada de personas que la adoraban), con problemas serios de adicción a calmantes, volcada en su propia e inescapable miseria y por ende emocionalmente inalcanzable.
Claro, es un biopic (género fílmico no tiende a ser demasiado fiel a la realidad), y la verdad no la muestra de mala manera. Habiendo leído un par de cosas acerca de la Monroe en mis años de cinefilia compulsiva, sin embargo, sí pareciera que se comportaba más o menos así. Como aquella historia famosa de cómo le preguntaba a la gente a su alrededor, caminando por la calle, “¿quieres que me convierta en ella, en Marilyn Monroe?”, y cambiaba algo, su forma de caminar, a sí misma, y de pronto el mundo la notaba – sacaba esta cosa, esto que no era ella pero hipnotizaba a quienes la conocían. Aunque quizá la fascinación no venía la ilusión de Marilyn ni tan siquiera de lo terrenal de Norma Jean, sino de la cualidad que hacía que ambas coexistieran en un mismo ser que pedía y rogaba ser salvado de su perturbación – como si la carga de la infelicidad propia pudiera serle donada a otro para su resolución, como si el exterior no estuviera compuesto de actores que sólo ayudan o empeoran el abismo que se trae dentro.
Mis heroínas del cine siempre han sido más cercanas a ser de carne y hueso: Elizabeth Taylor, con su historial de enamorarse hasta del constructor; Audrey Hepburn, con su vida romántica apacible y centrada; Ingrid Bergman, con sus escándalos y listas negras. Las Marilyn Monroes o Catherine Deneuves del mundo jamás me han interesado como personajes, cuando sí como fenómenos sociales y seres que fascinan a otros (claro que no me consta que la Deneuve fuese igual, aunque sus personajes tuvieran la tendencia).
Me confieso Midori: demasiado intensa para ser fría, demasiado presente para ser distante, demasiado directa para irme por las ramas, muy poco dada a los séquitos de adoradores. No podría ser Summer, sino Autumn: algo así como lo que pasa después de la Summer, de la Naoko.
Así que a estas mujeres las detesto y muchísimo, pero al final agradezco su existencia: si ellas no hubiesen pasado antes, amasándome el camino (de forma tan indirecta, claro que sí), mi historia sería distinta y dudo que sería quien soy hoy, por cursi que suene. Para ser dolorosamente clichés, digamos que los opuestos son siempre complementos de un todo.

México y las rupturas

miércoles, 14 de septiembre de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 17:48

Desde diciembre del año pasado decía, medio en broma, que pensaba iluminarme en agosto del 2011. Sí, medio en broma: procuro, en la medida de lo posible, darle un vuelco (por mínimo que sea) a mi vida cuando hago un viaje grande. Sí había, en todo caso, algo desconocido que me picaba el ojo mientras salía del aeropuerto de Maiquetía: jamás había hecho un viaje así de loco.

Es la sexta vez que me siento a narrar mi viaje a México. Escribo desde un archivo de Word que tiene cinco esqueletos de comentarios, extractos que suman casi dos cuartillas. Tantas las cosas que quiero decir que no sé dónde empezar, seguir, terminar. Por otra parte, opino que, mientras más cueste escribir algo, peor sale – así que no respondo de qué pase a continuación.

No estaba planteado ir a México. El plan original, por años, era que en el verano 2011 iría a Europa a mochilear con mi mejor amiga. No sucedió por detalles que no vienen al cuento, y en un acto de irracionalidad (y, admito, de rabia e impotencia) decidí irme a visitar (conocer, ya sabemos cómo funcionan estas amistades 2.0) a uno de mis mejores amigos, Javier Raya, ninja extraordinaire.

(Por alguna razón me parece importantísimo mencionar que de hecho el ninja y yo no queríamos matarnos cuando nos despedimos en el aeropuerto, contra todo pronóstico – mío, al menos, que vivo convencida de que mi pila de neurosis me hace incapaz de convivir con nadie).

La noche en la que llegué al D.F., agotada después de un día completo de viaje, una de las primeras cosas que noté fue que, en la esquina de la casa en la que me quedaba, había un altarcito de la Virgen de Guadalupe. Me es extrañísimo: en Venezuela, cuando se ven ese tipo de altares, generalmente están en la carretera y significan que alguien murió en ese sitio. Entiendo que en México no existe esa tradición (algo mórbida, ahora que lo pienso), pero me pareció fascinante encontrármelo, pequeño como sólo puede ser algo común y corriente, iluminado en una esquina de una calle en medio de la ciudad más poblada del mundo. Como si el suelo en el que caminaba, hasta en el rincón más casual, tuviera algo de sacro; como si llegar a ese sitio hubiese sido una peregrinación de la que no estaba consciente.

Al día siguiente caminamos por el centro, fuimos a la Torre Latinoamericana y, cuando bajábamos (después de ovular al ver una placa que decía que Alfonso Cuarón, que es uno de mis directores preferidos, había grabado ahí), el ascensor quedó en completo silencio. Silencio de iglesia, de sitio de culto, casi de lugar de peregrinaje. A mí se me ocurren pocas cosas menos sagradas que la torre de una empresa de seguros, pero, me explicaba el ninja, como el lugar es patrimonio cultural y se ha convertido en especie de museo, existe cierto respeto a sus instalaciones, y de ahí aquel silencio que tan extraño me había parecido.

Por decirlo de la forma más plana posible, en mi pueblo no pasan esas cosas. Los venezolanos, gente del trópico al fin, estamos acostumbrados al ruido, en todo momento, sin tiempo de recogimiento; hay, además, un dejo de sorna siempre, que hace que pocas cosas tengan importancia real (definitivamente no un edificio, por muy cercano a museo que sea hoy en día). Los silencios solemnes en mi tierra vienen más de miedo que de respeto: somos, como nación, profundamente supersticiosos, y callamos ante la más mínima mención de expiración (no es casualidad que, una vez diagnosticado de cáncer, Hugo Chávez haya cambiado su eslogan de “Patria socialista o muerte, venceremos” a “Patria socialista, viviremos”). Caso distinto al mexicano, con esa cortina sutilísima que cubre todo un poquito de muerte, sin que esta sea algo amenazador sino, incluso, una especie de celebración – una ceremonia, acaso, con el dejo azteca que le da ese aire a culto, a sagrado, a silencio. De verdad debe ser toda una experiencia pasar un Día de los Muertos en México.

El punto al que trato de llegar es este: si en México todo es sagrado, allá me vuelvo transgresora. México saca mi lado más adolescente: me provoca (se me antoja, como dicen allá) gritar en los ascensores callados, profanar catedrales barrocas o ser parte de ritos orgiásticos en el tope de la Pirámide del Sol de Teotihuacán.

México es el sitio donde quienes buscamos equilibrio tentamos a lo sagrado. Como quien cree tanto en algo que para superarlo de alguna manera no puede hacer más que destruirlo.

No lo sabía entonces, pero salí de viaje tambaleándome en una cuerda floja. A mi alrededor habían cosas dobladas que aún no se rompían (por dar un ejemplo, días después de llegar a Venezuela murió mi abuela después de un mes terrible en el que no estuve y del que me dieron poca información para no arruinarme las vacaciones), y que empezaban a controlarme, justo por no poder controlarlas a ellas. En México se rompió algo – algo que debía romperse, definitivamente, pero, como toda ruptura, desestructuró alguna base importante. No exagero, me parece, si digo que me destruí un poco en México.

Todo viaje, igual que lo demás, ocurre en el momento en el que debe ocurrir. Para mí, cada uno trae (o debe traer), como mínimo, una promesa de libertad, una pregunta en condicional: un qué pasaría si. ¿Qué pasaría si todo lo que te negabas por miedo a la destrucción no destruye nada? ¿Qué pasaría si, incluso, la destrucción no daña nada que no sobrara?

Es lo de menos, me parece, decir que quiero casarme con la comida, con todos, toditos los manjares que sirven en ese país (llevo semanas con antojo de comida mexicana, y tengo pavor de ir a algún restaurant, notarle las costuras y ponerme a llorar de nostalgia gastronómica). Que puede que haya probado todas las marcas de cerveza mexicana (o que tuve la borrachera más épica de mi vida en México, aunque no, no fue con cerveza). Que conocí a la gente más agradable del mundo, de la que me enamoré perdidamente. Que algunos de los hombres más bellos que he visto caminan por las calles del D.F. Que aprendí a hablar un chilango bastante decente, según me dicen. Que conocí a la mitad de tuíter. Que agregué a alguien más a mi lista larguísima (y sospecho, inconclusa) de quienes me hacen falta todos los días para las cosas más nimias (así de cursi y todo, pinche cerdo acá).

Antes de ir al aeropuerto y despegar hacia Nueva York (ciudad de la que hablaré con calma en otro post), el ninja me preguntó, con toda la seriedad del mundo, si me había iluminado. Claro que no lo hice; quien busca la iluminación no la encuentra; pero tengo la impresión de que estas pequeñas destrucciones, estas pequeñas rupturas (que más bien son enormes), llevan a algún sitio, oscuro o iluminado, y eso, me parece, es mucho más de lo que se me pudo haber ocurrido pedir.

Y what happens in Mexico stays in Mexico, cabrón.