Ex Machina y el terror de mi generación

viernes, 22 de mayo de 2015 - Publicado por BabeDeJour en 18:10


He hablado antes de lo que siempre he considerado los dos esquemas opuestos de cine espacial: el enfoque de Stanley Kubrick (de 2001, en el que las fronteras de la Tierra son imposiblemente vastas y aterrorizadoras) versus el de Andrei Tarkovski (de Solyaris, ese espacio cercano que busca comunicarse con la humanidad), pero, considerando que ambas películas tienen más de cuarenta años, es lógico que hoy en día hayan otras obras a medio camino entre ambas, como la Moon de Duncan Jones.
Ahora que estamos en la Era Dorada del cine de superhéroes, me parece evidente que quien lleva la batuta de cine espacial es, con algunas excepciones como Gravity, el cine basado en cómics... pero otro subgénero del sci-fi, el futurista, está reencontrándose con las mismas raíces.

Ex Machina
La trama del debut como director de Alex Garland es fascinante: Caleb (Domhnall Gleeson), un programador que trabaja en el motor de búsqueda más importante del mundo, Bluebook, gana en un concurso la oportunidad de pasar una semana con el dueño de la empresa, Nathan (Oscar Isaac), otro programador brillante a medio camino entre Steve Jobs y un Google Dude. De entrada, Nathan tiene planes para Caleb, y después de hacerle firmar un acuerdo de confidencialidad le muestra su creación más reciente: una inteligencia artificial llamada Ava.
La misión de Caleb es la de examinador y conejillo de Indias: está encargado de diseñar una versión modificada del test Turing para determinar si las reacciones de Ava son realmente humanas.

Nathan, Caleb y Ava
Como en Her de Spike Jonze, el protagonista termina enamorándose de la inteligencia artificial, pero realmente el quid de la película la relación entre sus tres personajes, en una película que parece algo así como ciencia ficción escrita por Tennessee Williams.
Caleb es curioso y solitario, un hombre de ciencia conflictuado que se balancea entre su conocimiento intelectual y su notable capacidad para la empatía y el cariño; Ava aparece como un ser puro, la primera de su especie, con ansias de conocer su papel en la humanidad y el significado de sí misma, con una meta clara: libertad.
Pero el centro obvio de la trama es Nathan, el científico alcohólico y profundamente egocéntrico: es el Jefe/Amigo Dudoso de Caleb y el Padre/Creador de Ava; es el Dios del todo en tanto la casa/prisión donde se desarrolla toda la historia funciona gracias a él y para él – esclava sexual incluida.
Nathan es el amo de la casa, el Dr. Víctor Frankenstein... e, incluso, el Hal 9000.
Lo fascinante de Hal en 2001 es el hecho de que intenta proteger un fin último hasta el último momento, mostrando en el camino su condición de máquina al “volverse loco,” tomando pasos terribles (aunque lógicos) para conseguir su fin último: entender el monolito.
El camino de Nathan es el mismo: en su afán de crear vida, se convierte en el responsable de actos terribles incluso llegando al asesinato, y de igual forma no tiene entendimiento real de las consecuencia de sus acciones ni mucho menos siente remordimiento.
En términos humanos, Nathan es un sádico: crea seres con consciencia de sí mismos, conocimiento y emociones para luego torturarlos psicológica, emocional y sexualmente, además de negarles cualquier atisbo de libertad... pero, de nuevo, esos son términos humanos, y Nathan es prácticamente una inteligencia artificial incapaz de discernir entre bien y mal.

El test de Turing
La pregunta que mueve Ex Machina es simple: ¿qué significa ser humano? Para intentar responderla, la película dos carácteres opuestos: la sensibilidad de Caleb (la de Tarkovski) contra el ojo clínico y amoral de Nathan.
Mientras, Ava está en medio y es, en esencia, lo que uno llamaría un “alma pura” sin contagio alguno del exterior, porque ¿cómo podría contagiarse si solo ha conocido a dos seres aparte de sí misma?
Claro que Ava pasa el test de Turing, pero ¿acaso Garland estaba probando solo a Ava? Desde distintas vertientes, el guion busca entender dónde empieza la humanidad de los tres personajes y dónde termina; por mucho, el más mecánico de los tres es Nathan, el que no pasaría la prueba por la que somete a Ava; mientras, Caleb es una especie de corazón sangrante.
Ava, proyecto de humano, es tan solo lo que aprendió a ser: criada por un sociópata y sin contacto alguno con más nadie, ¿realmente puede reprochársele la forma en que actúa? Como cualquier humano antes que ella, la primera verdadera inteligencia artificial también es, como decía Ortega y Gasset, ella y sus circunstancias, y a las mismas está atada.
Como cada época tiene sus temas recurrentes, en esta era de “bebés sintéticos”  (por tomar las palabras horribles de Domenico Dolce) y avances brutales de la ciencia a cada paso, quizá uno de los leit motifs de mi generación sea la idea de perder nuestra propia humanidad a través de las máquinas de las cuales dependemos – y el terror de que eventualmente logren sentir como nosotros podríamos olvidar hacerlo.

La pregunta no es si Ava se siente o no humana sino una mucho más aterradora: ¿acaso los espectadores pasamos el test de Turing?

Cuando Agents of S.H.I.E.L.D. se convirtió en lo que debió ser desde el principio

sábado, 16 de mayo de 2015 - Publicado por BabeDeJour en 20:38

Lo confieso: soy fangirl [semi]ciega de todo lo que esté ubicado en el Universo Cinemático de Marvel, o MCU por sus siglas en inglés. Veo religiosamente cualquier material que salga del megaproyecto de Kevin Feige sin sentirme decepcionada: por años, el único producto que me pareció realmente mediocre en MCU fue Captain America: The First Avenger, y hasta esa la arreglaron con una secuela que está entre las mejores de la franquicia.
Y luego salió Agents of S.H.I.E.L.D.

Esto ya lo habíamos visto antes
La premisa sonaba espectacular: un show creado por Joss Whedon en el que el siempre genial Phil Coulson (Clark Gregg) regresaba a sus andanzas después de que Loki lo matara, liderando un grupo de gente brillante en su área y absolutamente dispareja en una nave espectacular.
Léase, una serie de ciencia ficción creada por Joss Whedon siguiendo las aventuras de un grupo de personajes extraordinarios, bajo el liderazgo de un hombre MUY cool dispuesto a hacer cualquier cosa por su equipo (con todo el porte de héroe dudoso), acompañado por una amiga de batallas pasadas perpetuamente seria y letal, aparte de algún personaje con deslices de lealtad que ponen a todo el grupo en riesgo.
¿Suena familiar? Una pista: si Agents of S.H.I.E.L.D hubiese salido de Fox, apenas hubiese durado catorce capítulos, una película y una serie de cómics.
El problema de Agents al principio fue ese: se sentía demasiado como un intento de Firefly sin tener los elementos que hicieron única a la serie protagonizada por Nathan Fillion, y sobre todo cojeando de actuaciones por debajo del estándar Whedon, excepto Gregg y Ming-Na Wen (tras dos temporadas, Chloe Bennet, prácticamente la co-protagonista, sigue siendo el elemento más débil – a pesar de que es una de las mujeres más bellas del MCU, que no se dice a la ligera de un universo que contiene a Hayley Atwell, Cobie Smulders y Scarlett Johansson).

La incomparable ambición de Kevin Feige
Agents llegaba con otra cojera: mientras el universo de Firefly es de Whedon y tiene todo el espacio para jugar con él, Agents está restringida por el proyecto de Marvel, sin poderse salir mucho de las líneas; la serie sirve a un universo mucho más grande que sí misma.
También es que fue el primer proyecto de pantalla chica en el MCU, justo después del mega éxito de Avengers, y era prácticamente imposible cubrir el mismo estándar en un proyecto infinitamente más chico; desde entonces han salido dos series más dentro del universo Marvel, Agent Carter y Daredevil, ambas brutalmente buenas por razones distintas: Peggy funciona como una gran precuela, construcción del MCU e incluso bandera feminista; mientras, Daredevil es por mucho la parte más oscura del universo cinemático, el lado más humano, violento y no apto para aparecer en imágenes de loncheras.

Ave, H.Y.D.R.A.
Ahora, la transformación de Agents hacia otra cosa empezó con Winter Soldier, claro: la serie centrada en S.H.I.E.L.D. obviamente tenía que desbaratarse en sus cimientos cuando la organización de espionaje cayó por su enemigo más antiguo. Se tuvo que reconstruir desde el principio, llegó Nick Fury (el siempre fabuloso y malhablado Samuel L. Jackson) a pegar tiros, Maria Hill (Cobie Smulders) terminó trabajando para Tony Stark y Coulson se convirtió en el director de la agencia.
Pero el hecho es que no fue hasta la segunda mitad de la temporada 2 que la serie agarró personalidad propia: se introdujeron personajes nuevos, poderes distintos, una raza completa de superhumanos... y el equipo de Coulson empezó, finalmente, a ser parte importante del universo en el que está localizado.
Estaba todo planificado: las búsquedas de orígenes de Skye, al final, nunca fueron un invento nuevo e incoherente del MCU sino más bien el principio de una de las mayores apuestas de Marvel, la raza de los Inhumanos.


Inhumanos
Los Inhumanos son descendientes de experimentaciones alienígenas en la Tierra hace millones de años; tras esto, han existido generaciones de esta especie en el planeta, cuyos poderes sólo pueden ser activados a través de un proceso llamado Terregenesis – un proceso que causa la muerte y destrucción de seres humanos sin genética Inhumana.
El que crea que esta raza nueva no tiene nada que ver con el plan maestro de Marvel no ha visto la lista de las películas que vienen: el cierre de la tercera y última Fase del MCU (última hasta ahora, en todo caso) es una película dedicada justamente a esta gente, y hay quienes creen (como la gente de Cinema Blend) que el proyecto podría ser el comienzo de una nueva ola de superhéroes para una posible Fase 4, tomando el lugar que ocuparían los X-Men si los derechos de adaptaciones cinematográficas no pertenecieran a Fox.

La relevancia del Director Phil Coulson
Para los Avengers, el hecho de que Coulson fue revivido con tecnología alienígena es absolutamente secreto; honestamente, a mí me encantaría que eventualmente se entere Tony Stark, y me fascina la idea de Robert Downey Jr. dándole una tunda de palos a Coulson y otra a Fury por mantenerlo en secreto después del trauma de la Batalla de Nueva York (a la que fue inspirado por Coulson).

En todo caso, hoy, dos temporadas después de empezada la primera serie del MCU, me alegro de haberme quedado viéndola: contrario a otros shows del género (Heroes es el ejemplo obvio, aunque Smallville tampoco se queda atrás), Agents ha ido mejorando mientras pasa el tiempo, mezclando nuevos personajes y finalmente encontrando su razón de ser, después de destrozarse y reconstruirse hasta finalmente convertirse en lo que debió ser siempre: el tronco de información base, el filtro, para todo lo que sucede con los héroes más poderosos de la Tierra.

El MI6 y las obsesiones de toda la vida

jueves, 4 de diciembre de 2014 - Publicado por BabeDeJour en 21:21
Lo confieso: en cuanto a cine me emocionan muchas cosas, por distintas razones. Cuando se trata de cuestiones que eventualmente van a llegar a una sala de cine, es más fácil aún que salte como una nena cuando leo alguna noticia de casting: apenas empezaba a escribir esto y me enteré de que la gente buena y maravillosa de Marvel confirmó el rumor de que mi lagartija preferida, Benedict Cumberbatch, va a interpretar el papel de Doctor Strange.
Cabe destacar que eso me emociona muchísimo y ni siquiera he leído el cómic. Me emociona porque conozco a Benedict Cumberbatch como actor y sé de lo que es capaz (porque soy Sherlockian pura desde mi infancia, y mucho más desde que empecé a ver la serie magistral de la BBC); y me emociona porque, excepto contadas y minoritarias excepciones, todo lo que he visto del Universo Cinemático de Marvel me ha parecido poco menos que sublime.
Cosas así me emocionan a escalas generales. Me emocionan por principio, podría decir; porque es un anuncio que, como fanática del trabajo de ese actor, me parece interesantísimo. Noticias así me provocan una emoción que es, hasta cierto punto, incluso lógica.
Y luego está James Bond. Siendo extremadamente soez aunque sin exagerar ni un poquito, los anuncios de qué va a pasar con la franquicia de James Bond hacen que de plano pierda el culo de la emoción.

Como Sherlock Holmes (la primera serie de libros que leí en mi vida, a la cual le debo incluso la forma en la que pienso), James Bond es una de mis pasiones de años atrás, aunque en caso del agente 007 es algo más reciente: lo adopté en la adolescencia.
Vi todas las películas de James Bond que habían salido antes de cumplir los 20; leí tantos libros de Ian Fleming como se me atravesaron; peleé en cuanto foro de Internet conseguí cuando Barbara Broccoli se atrevió a contratar a un actor rubio (¡rubio, entre todas las cosas!) como el agente 007.
Cuando salió Casino Royale perdoné a Barbara Broccoli, después de ver cómo Daniel Craig le daba un filo a Bond que hacía falta desde que Pierce Brosnan entró en personaje en GoldenEye en 1995 y reinició el género. Cuando salió Quantum of Solace, pensé que mi esperanza había estado mal dirigida: semejante mamotreto inentendible no podía ser lo que le hacía falta al Comandante Bond.
Luego, en el 2012 salió esa película maravillosa llamada Skyfall. Como escribí por acá en su momento, Skyfall no sólo marcó el retorno de Craig a aquello que se llegó a esperar de él tras Casino Royale, sino que además le dio un giro impresionante a la franquicia: un halo de “tanto nadar para llegar a la orilla” donde se combinó ese Bond clásico y sofisticado de Sean Connery con el mundo post Guerra Fría de la era 2.0.
Tras la fiesta épica que llegó a ser Skyfall (con su maravilloso villano hacker, su Q como un chico geek obsesionado con el high-tech, su Aston Martin clásico, su rodeo de 360 grados para terminar justo donde comenzó en 1962), la siguiente película no podía ser menos que impresionante… y, tras la primera promesa, los fanáticos del género empezamos a emocionarnos con lo que viene.
Hoy, jueves 4 de diciembre de 2014, la gente que ha estado produciendo las películas de James Bond desde que salió Dr. No en 1962 (bueno, más o menos: han tenido unas cuantas disputas legales y cambios de manos desde entonces) anunció el nombre de la siguiente película de la franquicia, cuándo se estrena y quiénes son los nuevos miembros del cast.
Y con nombrar a un par de actores, prendieron el primer fósforo de lo que promete ser un estallido de fuegos artificiales.
Al elenco ya establecido (Daniel Craig como James Bond, Ralph Fiennes como M, Ben Whishaw como Q, Naomie Harris como Moneypenny) se suman varios nombres: la despampanante italiana Monica Bellucci (una mujer que es la personificación del sexo, sin duda; aunque es extraño que contraten a alguien de su edad para el papel de chica Bond), Léa Seydoux, Dave Bautista, Andrew Scott (el deliciosísimo Jim Moriarty en mi muy amada Sherlock de BBC) y, como plato principal, Christoph Waltz, el más reciente actor fetiche de Quentin Tarantino, quien ha ganado dos Oscar trabajando con el director de Pulp Fiction.
Ahora, lo que vale acerca de la nueva película.
Empiezo por el principio: el título. La película que hasta hoy se conocía como Bond 24, ahora oficialmente se llama Spectre. Es un nombre conocido para el aficionado: SPECTRE, que tradicionalmente se ha traducido al español como SPECTRA (Ejecutivo Especial para Contraespionaje, Terrorismo, Venganza y Extorsión) es la organización más malévola a la que el MI6 de Ian Fleming se enfrentó en su historia, siendo los responsables directos e indirectos de incontables actos de terrorismo durante la Guerra Fría.
Considerando que desde Casino Royale la franquicia se reinició por completo, es evidente que SPECTRE pasa a ser parte de una organización moderna; y, si tenemos en cuenta la magistral construcción del personaje de Javier Bardem y sus motivos para la maldad en Skyfall, cabe perfectamente emocionarse con lo que viene.
Ahora, tradicionalmente, SPECTRE no es una organización anónima si no que más bien tiene una cabeza bien conocida, un hombre que es más o menos la personificación del mal: un tal Ernst Stavro Blofeld. Un hombre con quien James Bond llegó a tener problemas más allá de lo profesional en el servicio de Su Majestad: Blofeld fue el responsable del asesinato de la esposa de Bond, Tracy.
Sí, señores: James Bond estuvo casado en On Her Majesty’s Secret Service, con una preciosura de mujer que hoy en día se encarga de repartir comentarios sardónicos en Westeros.
Ahora, de vuelta al punto: los que no son obsesivos con James Bond reconocerán a Blofeld el tipo calvo de la cicatriz en plena cara en el que está basado Dr. Evil en la trilogía del Austin Powers de Mike Myers.
Aunque oficialmente el personaje de Christoph Waltz se llame Oberhauser, los aficionados de la serie (y el periódico inglés The Telegraph) no podemos ocultar la esperanza de que, de hecho, sea Blofeld, la mente malévola detrás de SPECTRE.
No sería raro: ya la franquicia se ha escondido detrás de nombres falsos para introducir a un personaje conocido. En Skyfall, no se supo que la agente con quien Bond comparte la primera escena era la icónica secretaria Moneypenny hasta la última escena.
En fin: en esta época de oro del cine de cómics, igual es hermoso ver que hay tradiciones que permanecen. Aunque pueda emocionarme al enterarme de que Benedict Cumberbatch será parte de otra mitología geek más, no puedo evitarlo: mi corazón se toma batido, no revuelto.

Elogio a los grandes locos

lunes, 4 de agosto de 2014 - Publicado por BabeDeJour en 13:35
“Algunas personas nunca enloquecen. Qué vidas tan terribles deben tener” , Charles Bukowski.

No llevo conmigo la fascinación con la locura que acompaña a casi todos los enamorados del arte (en cualquiera de sus formas). Al haber conocido mi buena dosis de locos, no aprecio particularmente los extremos que los acompañan siempre. Sin embargo nunca puedo dejar de maravillarme en la presencia de esos actos impensables para quien tenga todos los tornillos bien puestos, sublimes en su absurdo. Y es que, venga, los locos nos han llevado a donde estamos hoy; sin duda, casi todos los grandes científicos y artistas han sido tocados por un gramo de demencia. Ser “normal” a menudo también significa seguir el estándar, dejar de lado la curiosidad, no imaginar nada más allá y menos aún emprender aventuras tras algo nuevo.
La locura también es valentía.
Hace casi dos años, un austríaco llamado Felix Baumgartner decidió tirarse desde la estratósfera hasta la tierra, abriendo un paracaídas a medio camino hasta el suelo. A nadie normal se le ocurre un acto de tal magnitud: un salto de fe en toda ley, el extremo de la tercera prueba por la que pasó Indiana Jones para llegar al Santo Grial. Estamos hablando de un hombre con tal impregnación de locura que entre los oficios que cuenta su página de Wikipedia en inglés está “daredevil”, que traduce a algo así como “temerario”.
Lo que Baumgartner hizo el catorce de octubre del 2012 fue sublime: el mundo quedó congelado mientras veía a este demente, a este daredevil, tirarse en caída libre desde los límites del espacio hasta aterrizar en suelo terrestre, sano y salvo, cuatro minutos y diecinueve segundos después. En su momento, mi mejor mitad escribió algo al respecto mucho más interesante de lo que podría decir yo, pero creo que los dos pensamos lo mismo: qué maravilla la audacia de este loco sin rumbo.
Baumgartner fue lo primero que me pasó por la mente cuando, el pasado fin de semana, me encontré con ese documental maravilloso de James Marsh, Man on Wire. Llegué a él por casualidad: vi en el historial de Zen Pencils un cómic precioso de una cita del funámbulo Philippe Petit (pueden encontrarlo aquí) y vi que había un documental acerca de este loco que había caminado en cuerda floja entre las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York. Aparte, cabe destacar, ésta es una película con rating perfecto de 100% en Rotten Tomatoes, la base de datos de crítica de cine.


Man on Wire es, en resumen, la historia de un demente. Nadie en su sano juicio se entera de la construcción de las torres más altas del mundo y sueña con caminar en cuerda floja de una a la otra. Nadie remotamente cuerdo forma un plan de acción, como si se tratara de un robo de banco, para irrumpir en un complejo de oficinas con el fin de poner cables entre dos edificios.
Pero tampoco se hacen documentales maravillosos acerca de nadie cuerdo.
Sin querer queriendo, Man on Wire cuenta la historia de una época más inocente… con el agravante de hacerlo a través del punto álgido de la pérdida de la inocencia mundial. Las torres gemelas del World Trade Center se han convertido, desde el 2001, en la representación de la irrupción: la violación de la soberanía del país más seguro del mundo fue el chispazo que nos alertó al resto de que realmente no hay lugares seguros. Desde ese momento sabemos a ciencia cierta que el terrorismo existe, que está a la vuelta de la esquina, que la misma Manhattan puede ser víctima de los peores horrores.
¿Cómo se contrasta eso con la inocencia de un hombre que sólo buscaba caminar, saltar y acostarse entre las nubes?
No se logra nada palpable con saltar desde la estratosfera o balancearse entre los dos edificios más altos del mundo… pero se logra todo. Con que un hombre se atreva a hacer lo impensable, se ha atrevido la humanidad.
A través de estos grandes locos recordamos que, de hecho, ningún hombre es una isla pero es parte del continente. Nos recuerdan que somos, todos, lo que contiene ese pálido punto azul en la Vía Láctea.
Así que envío un saludo a todos los grandes locos: a Petit, a Baumgartner, a Verne, a Tesla; a los cientos o miles que, por su locura, han llegado o han buscado llegar hasta donde los demás no nos atrevemos a soñar.
Gracias por convertirnos a todos en quienes pasan por la cuerda floja entre las Torres Gemelas.

Liberarse del Libertador

sábado, 2 de agosto de 2014 - Publicado por BabeDeJour en 17:00
Es una experiencia curiosa, ver una película acerca del padre de la patria (mito fundador, por usar un término antropológico) justo antes de emigrar de ella. En este caso particular no debo ser la primera y dudo que vaya a ser la última, pero al entrar al cine a ver Libertador olvidé por completo que tenía un boleto que pronto me sacaría del país hasta nuevo aviso. Me tomó un par de escenas recordarlo, con una frase que Simón Rodríguez le dice a Bolívar que no era exactamente “dejas a tu país cuando más te necesita”, pero se le parecía bastante.
Detallitos que pegan, qué se le va a hacer. Claro que los Pepe Grillos del país de hoy son menos desafiantes en pedirle a los jóvenes que permanezcan – el sabor general es de que hay más que perder que ganar, quizá. Así se siente de mi lado de la cerca etaria, al menos; no puedo pretender saber qué sienten las generaciones anteriores a la mía, que conocieron un país distinto.
Pero, venga, que yo acá vengo a hablar (sobre todo) de cine.

Este año, en el natalicio del responsable de la independencia de cinco países suramericanos, se estrenó Libertador en Venezuela, película dirigida por Alberto Arvelo. Es nuestra epopeya nacionalista por excelencia: todo venezolano que incursiona en el arte parece destinado a llenar la cuota, en algún momento, de dedicarle una obra a Simón Bolívar.
La diferencia aquí radica en un intérprete poderosísimo y toda una producción creada para alcanzarlo. El protagonista de la película es nuestra estrella nacional, Édgar Ramírez: el hombre que nos ha llenado de gloria a través de su trabajo en superproducciones norteamericanas, el César, las nominaciones al Golden Globe y al Emmy. El resto del reparto es un combinado de distintos países latinoamericanos, españoles, un actor que se ha ganado el terror y angustia del mundo a través de Game of Thrones (para el que no sepa, según esta película Ramsay Bolton fue parte del proceso independentista suramericano; saquen sus propias conclusiones) y el miembro menos interesante de los Huston, una de las grandes familias de la realeza hollywoodense.
La historia trata de la vida de Simón Bolívar: sus proezas militares y políticas, sus ideales de unión panamericana, su historia de hombre rico que murió pobre tras todo por la patria. Se trata de una interpretación mitificada de lo que tuvo que ser un hombre fascinante, pero es la misma versión que se ha machacado durante dos siglos en las aulas de Historia, y más aún en los últimos quince años.
En cuanto a trama, Libertador no destaca de las otras tantas adaptaciones que se han hecho de la vida de Simón Bolívar: no otorga ninguna perspectiva realmente nueva o llamativa, aparte del hincapié en su esposa como motor último de acción, la figura de Simón Rodríguez como la voz de la conciencia independentista y la teoría de conspiración que sirve para sazonar el final y satisfacer a buena parte de los inversores de la producción. Libertador no se trata, como había dado a entender su campaña de publicidad, de una película que cambie la perspectiva de quién fue Simón Bolívar; por el contrario, sirve para perpetuar toda la mitología que se ha creado a su alrededor.
Ya, ya, me regreso a la película. No es que esté mal ni mucho menos, pero parece más un film para el entendido, para el que pasó horas de su infancia escuchando cuentos acerca de Bolívar. Me explico: Libertador no es un film con un arco de historia suficientemente poderoso como para ser considerada un producto de exportación. Las cosas quedan en el aire, sin un hilo que las conecte; los últimos veinte minutos se sienten como si la película se hubiera extendido demasiado y fuese necesario cortarle pedazos al final. ¿Cómo, si no, se explica el salto cuántico desde la batalla de Boyacá hasta los últimos intentos de mantener unida a la Gran Colombia?
El vestuario y sobre todo la fotografía de Libertador es probablemente lo mejor que tiene, y venga, que hay con qué: si algo tenemos en este continente son escenarios hermosos. El problema es que las escenas en puertos o en Los Andes proveen puntos mucho más interesantes que la misma historia, la cual gira en torno a las luchas que sólo hizo Bolívar y acaso Sucre, liberando ellos solitos a un continente: por ejemplo, cuando salen Santander, Miranda o Páez aparecen sólo para antagonizarlo, como si ellos mismos no hubiesen sido figuras clave en todo este asunto independentista.
La película entera recae en Édgar Ramírez, que sabemos que tiene con qué… pero quizá no haya sido la elección más apropiada para el papel. Por supuesto que lo hace bien, como se espera de un intérprete de su talla, pero se siente muy grande para interpretar a un hombre que, según todos los testimonios de la época, era físicamente pequeño y débil – aunque se tratara de una fuerza de la naturaleza a la hora de hablar y declamar en público. En todo caso, Ramírez no brilló como se esperaría de él.
De tener chance, vean Libertador. A mí me pareció poco interesante, pero he oído de mucha gente que la disfrutó un mundo. Pero, en todo caso, creo firmemente que, al un tema o personaje adaptado y readaptado hasta el cansancio, el guionista tiene la responsabilidad (o al menos debe tener la meta) de buscar la forma de hacerlo refrescante. Es cierto que no hay nada nuevo bajo el sol, pero la base de la creatividad es encontrarle la vuelta a lo existente y hacer algo distinto desde ahí.

Además de que, fíjate: bastante falta que le hace a Venezuela la creación de una personalidad alterna, humanizada y con fallas, de la figura de Simón Bolívar.