Misa en celuloide

miércoles, 20 de abril de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 12:02

Creo en pocas cosas. No creo en el ateísmo religioso que está tan de moda, ser anti-Iglesia por el solo placer de serlo me parece de adolescente y estoy harta de oír a gente citando a Nietzsche. La creencia religiosa que más me agrada es la del pastafarismo, por ridícula y orgullosa de su propia ridiculez.

Tampoco compro ninguna ideología política; me parece que los extremos son de locos, y me es más apropiado usar la derecha y la izquierda como puntos de referencia cuando no sé dónde estoy. Y no es metáfora.

Creo en esquemas, en símbolos, en la capacidad de creer. Pero de creer en algún dios, en uno material, lo encarnaría en todos los de la pantalla grande. Mis divinidades serían Bogey, la Liz, Audrey, Chaplin, Welles, Hitch, la Bergman. Y mi rito sagrado, claro está, sería verlos en acción. Así que aquí una muestra de cómo voy yo a misa.

Lo primero es conseguir un sitio; no puede haber misa sin templo. Mi sitio es mi cama, aire prendido, bien tapada; la tele está colgada en la pared y yo duermo en futón, así que el mejor ángulo lo agarro acostada.

Es importantísimo tener distintas opciones, muy variadas, antes de ver una película: el tener una sola, sin salida, te predispone de alguna manera u otra. Tiene que hablarte: la película te llama en el momento en que debe ser vista. Forzar la situación confunde y molesta sin que uno esté muy seguro de por qué. Cuando no encaja, no lo hace y punto.

La fe en el cine es algo que puede practicarse tanto en público como en privado. Ir al cine es una figura social, ante todo, y yo prefiero hacer uso de ella para cosas específicas: películas familiares, blockbusters, segundos encuentros con divinidades. La versión privada de la misa se parece a la meditación: es una comunión directa, un silencio con soundtracks. Comulgo mejor sola cuando me interesa ver algo con ojo crítico – o sea, la mayor parte del tiempo.

Una cuestión vital es que el cinéfilo, aunque haga sus búsquedas solo, quiere que el mundo entero vea lo que él. El cinéfilo, como el lector, busca enamorar a punta de lo que lo enamora: consigue maneras de llegarle a cada persona de tal o cual manera. El cinéfilo aprende no tanto a conocer a alguien por sus gustos de películas, sino a entender los gustos de los demás de acuerdo a sus leit motifs de vida. Suena pretencioso, supongo, pero después de cierto tiempo uno desarrolla la capacidad de saber exactamente qué va a gustarle a alguien con apenas conocerlo un poco; aprendes a llamar a otros al cine rodeándolos de cosas que ya saben o intuyen. Existe, supongo, cierto juego de poderes en la cuestión, cierta manipulación; pero es el mismo click que se siente al enamorarse: ese algo en común, esa pertenencia a un pedazo de alma cósmica.

El cine es infinito, y habla en todos los idiomas: le habla a los que lo ven en silencio, a los que lo comentan, a los que lo discuten infinitamente; a todos los que se predisponen conscientemente a enamorarse a través de él. El señor Javier Raya, ninja de convicción y oficio, escribió hace no mucho un set de instrucciones para ver películas con gente que podría ser muy útil – si se deja de lado el ligero sentimiento de culpa que uno siente con la instrucción 5 en sus distintos numerales, con la analidad del ritual de comer cotufas viendo pelis – y que, como él ya sabe, comparto, especialmente en la décima y última instrucción.

Siéntese, acuéstese, párese, quédese de rodillas si mejor le parece. Elija su divinidad de turno. Adore, en silencio o no, acompañado o no. Considere sus festividades religiosas como la bendita, oh grande, temporada de premiaciones, en la que se molestará y maldecirá a la Academia por vendida, pero a la que regresará cada año, siempre.

Luces, cámara, acción... y amén, carajo.

¿Sí conoces al Vagabundo?

lunes, 18 de abril de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 1:21

¿Sí conoces al Vagabundo? Es un pobre diablo que deambula por la ciudad y usa un frac viejísimo, deshecho, con sombrero de copa y bastón. Camina raro, con unos zapatos negros enormes de payaso, con los pies hacia afuera como un pingüino; y tiene un bigotito mínimo, justo debajo de la nariz, que confundirías con el de cierto austríaco que dio de qué hablar en el siglo XX.

Desde hace ya un par de generaciones que todos conocemos a Charlot por ósmosis cuasigenética, pero de hecho se sabe muy poco del trabajo real de Charles Chaplin. Su película más famosa hoy en día es The Great Dictator, en la que rompería su silencio de once años (cuando Hollywood producía talkies y él seguía en el cine mudo) para criticar el ascenso del nazismo y fascismo en Europa. Es la más célebre por lo “importante” de haber sido la primera que reprochaba lo que pasaba en el viejo continente, antes de que Estados Unidos y el mundo se dieran cuenta (o decidieran, vaya usted a saber) que Hitler era un monstruo… pero la verdad, no creo que sea su mejor film.

El personaje del Vagabundo (“The Tramp” en inglés y “Charlot” en francés como abreviación de Charles, nombre que fue adoptado en los países de habla hispana) ante todo fue una crítica social fortísima detrás de una cara adorable: era el representante del hombre sin suerte que quedaba relegado por aquel “capitalismo salvaje” del que seguimos oyendo todavía. Darse una pasada por Modern Times es un viaje a la Gran Depresión y al miedo de la época a la maquinización del mundo y a la consecuente pérdida de vigencia del ser humano como fuerza laboral: en una escena maravillosa de la que nacerían muchos gags animados (y un episodio de I Love Lucy), un Vagabundo somnoliento trabaja en una fábrica, apretando tuercas mientras se mueve la banda… y ésta va tan rápido que, al seguirla, termina siendo procesado por los engranajes de la máquina.

Charlot es un proletario del siglo veinte, una evolución de aquellos obreros de la Inglaterra industrial a la que hablaba Marx: se trata de un hombre pobre, hambriento, agradecido por cualquier trabajo y olvidado por el mundo. Chaplin, como buen inglés, es uno de los herederos de la tradición dickensiana del huérfano abandonado (su padre moriría cuando él era un niño y su madre pasaría el resto de su vida de manicomio en manicomio) – pero su personaje no se queda en la tragedia industrial. Es un tipo a la vez ingenuo y pícaro, hijo del vaudeville, que vive del momento y a pesar de no ganar nunca, jamás pierde el optimismo por la vida.

Hay un dejo de manipulación en Chaplin – el mismo que uno podría conseguir en el cine más sensiblero de Spielberg, como Close Encounters of the Third Kind o Schindler’s List –, claro que sí, pero es manipulación hacia la grandeza del hombre pequeño frente al mundo, en vez de hacia la imposibilidad de pelear contra éste… de la misma forma que son manipuladores los rebeldes en exilio cantando “La Marseillaise” en Casablanca, jugando con el sentido de honor y patriotismo de quien la vea. Y sí, carajo, si me van a manipular que sea en pro de la vida y no en contra de ella.

Me es imposible enumerar todo lo que me gustaría decir de Chaplin. Mi preferida de sus películas es City Lights, la primera que haría después del boom del cine hablado que empezaría con The Jazz Singer en el ’29. Decidido a no matar a su Vagabundo dándole una voz cuando el mundo ya le había imaginado alguna, Chaplin lo mantiene mudo y agrega sólo dos escenas con sonido: una en la que se traga un silbato y le da hipo, y otra en la que se enreda en la campana de un ring y no deja de hacerla sonar. En esta película no sólo actuó, dirigió y produjo, sino que también escribió la banda sonora en su totalidad – no fuera a ser que creyeran que su renuencia a hablar era por falta de habilidad frente al sonido. La trama principal es simple: el vagabundo conoce a una florista ciega que, al oír la puerta de un carro, lo confunde por un hombre rico… y él, perdidamente enamorado, hace todo lo que puede por ayudarla. Simplísima y efectiva: es una de las películas más entrañables que existen, desde la manera en la que nos enamoramos de la florista en conjunto, hasta esa última escena de entendimiento y duda en la que, por un momento, vemos a Charlot en todo su esplendor, como el hombre condenado a la mala suerte en el que brilla siempre el último vestigio de esperanza.

Esta semana Google se disfraza de Vagabundo por el cumpleaños de Chaplin, y nos invita a darnos una pasada por la era de los mimos del cine; de tener un tiempito, tampoco sobra verse el biopic de Richard Attenborough de 1992, Chaplin, en el que un Robert Downey Jr. jovencísimo hace el papel de su vida como el artista inglés – cosa que tampoco se dice a la ligera, siendo Downey Jr. uno de los mejores actores trabajando en este momento.

Enamorarse de Charlie Chaplin es enamorarse del cine en su esencia más pura, y una temporada viendo películas como The Kid, The Gold Rush, City Lights, Modern Times, The Great Dictator y Limelight (con cameo de Buster Keaton, el otro gran comediante del cine mudo, muchísimo menos conocido que el Vagabundo) se lo comprueba a cualquiera – y ahí un guiño al que todavía no sabe qué hacer en estos días de semana santa.

Estereotipos (2)

lunes, 4 de abril de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 23:36

Igual que hay estereotipos que no querría vivir (ni actuar) bajo ninguna circunstancia, también hay otros geniales que, por repetidos que sean, nunca dejan de fascinar y no me molestaría serlos de grande

- Cuarentona/cincuentona (“adulta contemporánea”) que se niega a envejecer y siempre tiene un plan malévolo para verse hermosa. Las clásicas son las villanas Disney (la madrastra de Blancanieves, Cruella D’Evil, más recientemente las brujas de Tangled y Enchanted). Es, en fin, la versión moderna y fílmica de la condesa de Báthory, y, pues, ¿quién no quiere ser heredera de la villana que se bañaba en sangre de vírgenes a falta de Botox?

- Chica Bond que sobrevive. Es la opuesta a la de calentamiento; a menudo es un poco sufrida (siguiendo el viejo esquema de damisela en apuros que grita “¡oh, James!”, como la eterna Ursula Andress en Dr. No) pero en el último par de décadas también es “independiente” y tiene alguna profesión medianamente cool, como para callar a las feministas. En todo caso, es con la que termina Bond al final de la película – como, por ejemplo y por mencionar a una de nombre particularmente Bondsoso, Holly Goodhead en Moonraker.

- Villano psicópata y brillante. Hay muchas subcategorías (desde nazis, como el Hans Landa de Inglourious Basterds, hasta asesinos seriales, como Hannibal Lecter – oye, no me había fijado que tienen las mismas iniciales), pero el hecho es que son perturbadoramente geniales, y verlos es lo más cercano que tenemos algunos a la psicosis y nuestra única forma de experimentarla y fascinarnos con ella.

- Rubia en película de Alfred Hitchcock. De la única forma en la que disfrutaría ser catira es esa, precisamente, porque siempre se ven absolutamente hermosas y son realmente encantadoras. La perfecta, claro, sería la princesa Grace Kelly, especialmente en To Catch a Thief.

- Hombre inocente en película de Alfred Hitchcock. Sí, claro, la pasa mal porque lo persigue medio mundo, pero en el camino se divierte muchísimo, se empata con una rubia despampanante y siempre todo se arregla, porque no hay finales tristes en las pelis de Hitch (excepto en muy contadas, y que no siguen el esquema de buen hombre/persecución). Mi preferido en esta es, por supuesto y cómo no, el eterno inspirador de suspiros Cary Grant en North by Northwest (papel que, por cierto, haría que Ian Fleming lo quisiera como James Bond en la primera adaptación del personaje, Dr. No).

- Sobreviviente en apocalipsis zombie. Need I say more?

- Abogado defensor de los derechos humanos, anterior a su tiempo. Bueno, a mí los abogados me caen mal (cosa que digo por encimita, y muy a lo pendejo: la verdad es que algunos de mis mejores amigos son abogados), pero carajo, mentiría vilmente si dijera que no me gustaría ser Atticus Finch cada vez que veo To Kill a Mockingbird.

- Femme fatale. Son estas mujeres súper atractivas que dejan locos a los hombres que se les antojan: la Gilda de Rita Hayworth, la Cleopatra de Elizabeth Taylor, Jessica Rabbit en Who Framed Roger Rabbit?, Sharon Stone en Basic Instinct. Son, por decirlo de alguna forma, los súcubos de la mitología del cine. Este cliché tiene sus muchísimos subclichés, igualmente atractivos: perra cinematográfica (a la Bette Davis en todo, o Faye Dunaway en casi todo, pero particularmente en Network), femme fatale clásica del film noir e incluso mortífera y muy sexy espía soviética (mejor representada como la villana maravillosa de GoldenEye, Xenia Onatopp). Nota: este cliché, por cool que sea, aburre después de un tiempo, y es más entretenido dejarlo en el cine. No lo intenten en casa, chicas.

Recordando a Elizabeth Taylor

viernes, 25 de marzo de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 17:22

La verdad es que no sé qué decir. Desde que desperté el miércoles con la noticia de que Elizabeth Taylor había muerto, pensé en escribir algo e, incluso, que habría quienes esperarían eso de mí (mi ego es una vaina seria, les digo). Ese día muchas personas me dieron el pésame – por absurdo que sea – y yo realmente me sentía como la viuda dolida. Hablando de mi vida, quizá era el fin de una era: acababa de morir mi ídolo de la adolescencia.
Yo sé que esta semana, repentinamente, todo el mundo es el fan número uno de Elizabeth; de pronto todos la encuentran ridículamente hermosa, a todo el mundo se le olvidó que era una vieja loca desde hacía muchos años, están todos sorprendidísimos y se lamentan de la pérdida de la última megaestrella de la época dorada de Hollywood.
No vengo a clamar que yo sí soy la gran fan y que los demás son posers porque me parece una pérdida de tiempo, una vil mentira y una soberana pendejada: el cine, igual que todo arte, se vive en primera persona, para empezar, y de paso se disfruta de mil formas distintas; y, a veces, para redescubrir el alcance de una estrella, hace falta una muerte “inesperada” que la lave de todas las locuras que ha hecho en los últimos tiempos.
Elizabeth (siempre detestó que le dijeran Liz, así que, al menos hoy, le dedico su nombre completo), desde muy joven, fue de salud realmente precaria: tuvo problemas de espalda desde que de niña sufriera un accidente de caballo filmando National Velvet (problema que eventualmente la llevaría a una adicción a los analgésicos, en cuya rehabilitación conocería a su séptimo esposo, Larry Fortensky), en 1960 una traqueotomía le salvó la vida y, se dice, la llevó a su primer Oscar, por una buena actuación (BUtterfield 8) que no se acercaba a ser de sus mejores y mucho menos la mejor del año (quien debió haber ganado por The Apartment, Shirley MacLaine, diría: “Perdí frente a una traqueotomía”), se la declaró muerta un par de veces por distintas causas, tuvo al menos dos operaciones de cadera, cáncer de piel, se le operó un tumor cerebral benigno… y, de paso, en el 2004 declaró que se le había diagnosticado una falla cardíaca. En otras palabras, realmente lo sorprendente es que haya durado tanto, no que se haya muerto “tan repentinamente”, como andan diciendo por ahí.
Pero acá no quiero ponerle más cohetes a su muerte de los que ya hay, y lo de “celebrar su vida” también me parece un poco ridículo (alguna vez, hace años y en otro sitio e idioma, publiqué esto y esto, hablando del por qué de mi amor por ella). Pues sí, fue una mujer que hizo lo que le dio la gana, que debió haber conocido más amor que mucha gente (o eso pensaría uno con siete esposos distintos y ocho matrimonios), que definió una época. Lo que queda hoy es, a pesar de haber sido un fracaso comercial, el recuerdo de su entrada a Roma cubierta en oro en Cleopatra, su amistad con Michael Jackson, las fotos perturbadoras del matrimonio Minnelli-Gest y un montón de películas que fueron muy publicitadas en su tiempo y ya se le olvidaron a todo el mundo.
Si usted quiere ver a Elizabeth en su mejor momento como estrella de cine, como luminaria, como “la mujer más hermosa del mundo” (como diría el aviso publicitario de Cleopatra), tendría que irse a la época Taylor-Burton: primero, porque a cada una de esas películas se le siente ese morbo finísimo que rodea a la gente que se unió a punta de escándalo (como si Brangelina se dedicara de ahora en adelante a hacer películas en bloque) y segundo porque, realmente, ver a la pareja más controversial de Hollywood en acción es un placer divino; la belleza llamativísima de Taylor, que tuvo su época dorada en los sesenta, se compagina mejor que con ninguna otra cosa con la fuerza actoral de Richard Burton (fuerza que a menudo se decía incontenible por cine, mientras él mismo se llamaba un animal de teatro: “Necesito ser grande y escandaloso, y la cámara requiere que seas pequeño y natural y sutil; mucho más natural. Yo soy tan sutil como una estampida de búfalos”)… y ocurre magia, simple magia. Hicieron, seguro, mucho cine insípido, incluso vulgar (se me ocurren Divorce His, Divorce Hers y The Sandpiper), como llegaron a la majestad del épico fracasado (la infame y deliciosa Cleopatra de Fox)… y, por supuesto, esa primera película electrizante de Mike Nichols (que pareciera la madre de otra suya décadas después, Closer), Who’s Afraid of Virginia Woolf?, una de las películas mejor actuadas que he visto en mi vida, particularmente por el par con apellido de diamante famoso.
Por otra parte, si usted quiere ver a la Elizabeth antes de convertirse en la gran tentadora de Hollywood (con poquitos matrimonios encima: en el '51 sólo se había casado con Nicky Hilton, tío abuelo de Paris), la post adolescente reciente y la niña buena de los cincuenta, habría que pasarse por sus películas de principios de esa década: Father of the Bride con Spencer Tracy (otro de los grandes actores de cine, igual que Burton, también olvidado a menudo, y también la mitad de uno de los grandes dúos hollywoodenses, con Katharine Hepburn), su primer encuentro con el hermoso y siempre consternado Montgomery Clift en A Place in the Sun y, claro, The Last Time I Saw Paris, melodrama de la postguerra olvidado por todos y en una de las películas en las que se ve más encantadora – aparte del épico Ivanhoe, donde el estudio la relegó a segundo lugar tras Joan Fontaine. Antes de esto, claro, se pueden encontrar cosillas pequeñas, de cuando todavía era una niña: ese cameo en el Jane Eyre de Fontaine y Orson Welles, Amy en la adaptación de 1949 de Little Women, sus películas con Lassie (diría luego: “Algunos de mis mejores coprotagonistas han sido perros y caballos”) y National Velvet, que la llevaría a la fama a los 12.
Finalmente, una de mis etapas preferidas en la carrera de la diva de los ojos violeta – espero me disculpen por el desorden cronológico – es, justamente, donde hace la transición entre las dos imágenes anteriores: ahí cuando empieza a descubrirse que, detrás de la carita de ángel, resulta que hay una buena actriz. La época después de Giant (“clásico” que yo considero aburridísimo, pero no hay duda de que ella, igual que Rock Hudson, estuvo maravillosa… y, bueno, de James Dean quizá hable en otro momento), cuando estuvo nominada al Oscar por tres años consecutivos hasta ganar al cuarto, con la peor actuación de las anteriores. Esta fue la época de Cat on a Hot Tin Roof, adaptación de la obra de Tennessee Williams genialmente actuada, particularmente por ella y por ese otro par de ojos hermosos, Paul Newman… y también es la época, en 1959, en la que Elizabeth haría Suddenly, Last Summer, otra adaptación de Williams: actuación que siempre me ha parecido la mejor de su carrera fílmica y una de las más eléctricas que he visto (comparable sólo con el Stanley Kowalski de Marlon Brando, también sacada de la pluma del escritor sureño - por cierto, que ambos hicieron una peli interesantosa juntos casi una década después, Reflections on a Golden Eye), dejando en la sombra no sólo a su amigo Monty Clift, si no a una de las actrices más potentes que ha visto el cine, Katharine Hepburn – lo cual no se dice a la ligera.
En realidad siempre faltarán cosas que contar de Elizabeth Taylor (Hilton Wilding Todd Fisher Burton Burton Warner Fortensky), como su afición a los diamantes, su activismo por el SIDA (causa a la que se uniría en los ochenta después de la muerte de su amigo Rock Hudson, cuando todo el mundo todavía tenía pavor de aquella enfermedad desconocida), su particular número de matrimonios, su eterna lealtad a Michael Jackson. En sesenta años se ha gastado mucha tinta, mucho tiempo al aire y mucho espacio de Internet hablando de la Taylor, y se seguirá gastando. La pretensión acá es que, más allá de los escándalos y de las loqueras de sus últimos años, se la recuerde, también, como una actriz de muchísimas facetas y una mujer que, aparte de ser excepcionalmente bella, pareciera expandirse por todas partes y no acabarse nunca.

Estereotipos (1)

viernes, 11 de marzo de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 15:53

Como todos sabemos, a lo largo del siglo en el que hemos tenido cine se ha formado una cantidad considerable de clichés, de estos que uno lleva diez minutos de película y ya sabe todo lo que va a suceder. Algunos, predecibles y todos, son geniales; otros, no tanto. En todo caso, porque puedo, acá va una lista (incompleta, con toda seguridad) de estereotipos de personajes de cine que no me gustaría ser ni de vaina:

- Negro en película de guerra.

- Catira tetona, promiscua y porrista de película de terror. De hecho, cualquier persona en una película de terror, por su tendencia a ser realmente idiotas (excepto el asesino, y ni siquiera es una condición sine qua non).

- Adolescente tímido y con acné que es maltratado emocionalmente durante toda la película hasta que la tipa cool se da cuenta de lo dulce que es y finalmente le hace caso. O sea, Michael Cera. Aunque en general ese tipo de películas están llenas de clichés bobos y poco interesantes.

- Zombie lento. Si mi destino es ser mordida por un zombie, me pido ser como los de 28 Days Later, que son casi atletas.

- Vampiro homosexual que brilla. Ya va, ¿qué?

- Madre de personaje de Disney.

- Chica Bond de calentamiento. Es la primera que aparece y se divide en dos tipos: la que sale en la primera escena en la que aparece 007 (ejemplo: la masajista de Thunderball) y la que Bond seduce y luego amanece muerta (la clásica es la de Goldfinger). Tienen todas algo en común: papeles mínimos de una o dos escenas como máximo.

- Judío en Varsovia nazi. No sé si aplica como estereotipo de cine o es sólo yo siendo una zorra miserable, pero el hecho es que no me gustaría entrar en esa categoría.

- Esposa de gay enclosetado en un suburbio norteamericano, sobre todo durante los cincuenta.

- Escritor en adaptación de Stephen King.

- Tipo que se mete con Chuck Norris.

Menciones honoríficas a cosas que no son personajes pero suelen pasarla bastante mal:

- Templo sagrado/objeto milenario/hallazgo antropológico increíble y mítico en película de Indiana Jones. Siempre, siempre queda destruido, o como mínimo guardado en un almacén inmenso del Estado norteamericano.

- Aston Martin de James Bond.

Perras

martes, 8 de marzo de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 14:13
Uno de los grandes problemas de nuestra sociedad es que cualquiera puede ser una perra durante quince minutos. Sí, lo considero un problema; no por la existencia en sí misma de las perras – que son una constante a través de los siglos, y, en mi opinión, una de las partes más deliciosas cuando no necesarias -, sino por cómo se ha desintegrado la institución. Sí, la institución de la perra, la arquetípica: la de carácter fuerte, con aires de cinismo, desbordando sarcasmo y llena de clase. De pronto todo el mundo se cree una, y se pierde todo el entrenamiento detrás de la cuestión.
En un mundo en el que los flashes de cualquier cosa forman “personas” en el sentido teatral de la palabra – los 140 caracteres de tuíter, los veinte episodios del reality show, los cinco minutos del último video de tu canal en YouTube –, que te convierten durante dos semanas en un meme, no es realmente difícil llamar la atención y, para las mujeres, la forma más sencilla es la de hacerse la diva. No he visto un solo reality que no tenga al menos una “perra” por temporada; una mujer completamente detestable y con ansias de poder (queriendo quedarse con el tipo, o de ganar lo que esté en juego) que te hace regresar al programa tan a menudo como recuerdes con la sola esperanza de que boten a la tipa en ese episodio.
La esencia es la misma, seguro, pero se ha desvirtuado la clase y la ironía. Mi perra preferida, por mucho, es Bette Davis, estereotípica y deliciosa: el diablo con acento sureño en Jezebel (el premio de consolación por Scarlett O’Hara que no podría interpretar por mucho que quiso), la diva del teatro en All About Eve, la mujer madura que se niega a envejecer en Mr. Skeffington, la actriz olvidada en The Star… y Bette Davis, siempre, excepto en Now, Voyager. Destaca, claro, en What Ever Happened to Baby Jane?, como la cantante infantil olvidada y hermana de una ex estrella de cine, a quien maltrató sin parar tanto delante de la cámara como detrás; y cómo no, si era interpretada por su némesis de toda la vida, Joan Crawford.
De Crawford, perra enclosetada cuya hija adoptiva describiría su infancia abusada en un libro que se convertiría en película (Mommie Dearest, si les suena), Bette Davis diría cuando le hablaron de su muerte: “Nunca deberías hablar mal de los muertos, sólo bien… Joan Crawford está muerta. ¡Bien!”
Esas eran las perras fascinantes, para las que se creaban papeles por su puro capricho, las que hacían leyendas. Se dice, incluso, que Bette Davis fue quien le puso el nombre a los premios de la Academia, cuando dijo que la estatuilla se parecía a su tío Oscar. Ya pasaron esas grandes mujeres y se desvanecieron con el Hollywood clásico… y lo que le queda a mi generación, parafraseando a Georgia Rothe, es el recuerdo de las destrucciones de la Pascualina y sus versiones 2.0.
Señores, tenemos que rescatar la cultura de la perra antes de que se termine de extinguir, porque es que ya no somos dignos, no somos dignos; si acaso lo que nos queda son las incursiones anónimas y mal hechas al bitchiness, así sin clase alguna y creyendo que nos la estamos comiendo. Todo mal.
Para terminar con la diosa de la maldad, alguna vez a Bette Davis le preguntaron por qué era tan buena haciendo ese tipo de papeles: “Creo que es porque no soy una perra. Debe ser por eso que la señorita Crawford siempre interpreta damas.”

Brindis

domingo, 6 de marzo de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 17:46

Brindo esta noche por los amores que alguna vez fueron, y por sus eternidades perdidas. Brindo por la reubicación de la esperanza – y primero por su búsqueda de nuevos hogares -, por las cuentas sin pendiente. Brindo por el momento perdido en el tiempo; por las eternidades desvanecidas a recuerdos sin vida, a palabras en un documento de Word.

Brindo, pues, por los caminos que alguna vez fueron paralelos hasta separarse en direcciones distintas. Y brindo finalmente, aunque no lo creas, por vos, porque alguna vez te adoré con locura (alguna vez te quise por siempre), y te aseguro, cariño, que esa vez, ese tiempo, queda aún con una sonrisa en algún rincón del todo.