
De la posteridad fácil
domingo, 22 de julio de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 3:08

domingo, 22 de julio de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 3:08

martes, 3 de abril de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 1:05
Eres la destrucción. No eres ni serás nunca la negación de lo anterior, porque eso implicaría conexión con el pasado, y tú eres lo nuevo. Eres el cambio.
Eres la vida.
Eres la caída de los ídolos. Eres el final de todo. Eres el principio de todo.
Eres La Torre.
Eres La Estrella.
Eres el silencio. Eres lo que pasa cuando ya no hay búsqueda. Eres el cambio.
Eres lo que pasa. No lo que pasó, no lo que pasará. Eres el presente en estado salvaje.
Eres el pragmatismo. Eres la ausencia de estupideces.
Eres intangible. Eres corpóreo. Eres metáfora.
Eres La Muerte.
Eres el balance.
Eres, a todas luces, inescribible. Indescriptible. Indispensable.
La verdad es que no sé qué eres, y creo que no lo averiguaré nunca. Aunque no me creas, quizá ya me aprendí cada detalle y todavía no me he dado cuenta.
lunes, 26 de marzo de 2012 - Publicado por BabeDeJour en 3:13
miércoles, 14 de septiembre de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 17:48
Desde diciembre del año pasado decía, medio en broma, que pensaba iluminarme en agosto del 2011. Sí, medio en broma: procuro, en la medida de lo posible, darle un vuelco (por mínimo que sea) a mi vida cuando hago un viaje grande. Sí había, en todo caso, algo desconocido que me picaba el ojo mientras salía del aeropuerto de Maiquetía: jamás había hecho un viaje así de loco.
Es la sexta vez que me siento a narrar mi viaje a México. Escribo desde un archivo de Word que tiene cinco esqueletos de comentarios, extractos que suman casi dos cuartillas. Tantas las cosas que quiero decir que no sé dónde empezar, seguir, terminar. Por otra parte, opino que, mientras más cueste escribir algo, peor sale – así que no respondo de qué pase a continuación.
No estaba planteado ir a México. El plan original, por años, era que en el verano 2011 iría a Europa a mochilear con mi mejor amiga. No sucedió por detalles que no vienen al cuento, y en un acto de irracionalidad (y, admito, de rabia e impotencia) decidí irme a visitar (conocer, ya sabemos cómo funcionan estas amistades 2.0) a uno de mis mejores amigos, Javier Raya, ninja extraordinaire.
(Por alguna razón me parece importantísimo mencionar que de hecho el ninja y yo no queríamos matarnos cuando nos despedimos en el aeropuerto, contra todo pronóstico – mío, al menos, que vivo convencida de que mi pila de neurosis me hace incapaz de convivir con nadie).
La noche en la que llegué al D.F., agotada después de un día completo de viaje, una de las primeras cosas que noté fue que, en la esquina de la casa en la que me quedaba, había un altarcito de la Virgen de Guadalupe. Me es extrañísimo: en Venezuela, cuando se ven ese tipo de altares, generalmente están en la carretera y significan que alguien murió en ese sitio. Entiendo que en México no existe esa tradición (algo mórbida, ahora que lo pienso), pero me pareció fascinante encontrármelo, pequeño como sólo puede ser algo común y corriente, iluminado en una esquina de una calle en medio de la ciudad más poblada del mundo. Como si el suelo en el que caminaba, hasta en el rincón más casual, tuviera algo de sacro; como si llegar a ese sitio hubiese sido una peregrinación de la que no estaba consciente.
Al día siguiente caminamos por el centro, fuimos a la Torre Latinoamericana y, cuando bajábamos (después de ovular al ver una placa que decía que Alfonso Cuarón, que es uno de mis directores preferidos, había grabado ahí), el ascensor quedó en completo silencio. Silencio de iglesia, de sitio de culto, casi de lugar de peregrinaje. A mí se me ocurren pocas cosas menos sagradas que la torre de una empresa de seguros, pero, me explicaba el ninja, como el lugar es patrimonio cultural y se ha convertido en especie de museo, existe cierto respeto a sus instalaciones, y de ahí aquel silencio que tan extraño me había parecido.
Por decirlo de la forma más plana posible, en mi pueblo no pasan esas cosas. Los venezolanos, gente del trópico al fin, estamos acostumbrados al ruido, en todo momento, sin tiempo de recogimiento; hay, además, un dejo de sorna siempre, que hace que pocas cosas tengan importancia real (definitivamente no un edificio, por muy cercano a museo que sea hoy en día). Los silencios solemnes en mi tierra vienen más de miedo que de respeto: somos, como nación, profundamente supersticiosos, y callamos ante la más mínima mención de expiración (no es casualidad que, una vez diagnosticado de cáncer, Hugo Chávez haya cambiado su eslogan de “Patria socialista o muerte, venceremos” a “Patria socialista, viviremos”). Caso distinto al mexicano, con esa cortina sutilísima que cubre todo un poquito de muerte, sin que esta sea algo amenazador sino, incluso, una especie de celebración – una ceremonia, acaso, con el dejo azteca que le da ese aire a culto, a sagrado, a silencio. De verdad debe ser toda una experiencia pasar un Día de los Muertos en México.
El punto al que trato de llegar es este: si en México todo es sagrado, allá me vuelvo transgresora. México saca mi lado más adolescente: me provoca (se me antoja, como dicen allá) gritar en los ascensores callados, profanar catedrales barrocas o ser parte de ritos orgiásticos en el tope de la Pirámide del Sol de Teotihuacán.
México es el sitio donde quienes buscamos equilibrio tentamos a lo sagrado. Como quien cree tanto en algo que para superarlo de alguna manera no puede hacer más que destruirlo.
No lo sabía entonces, pero salí de viaje tambaleándome en una cuerda floja. A mi alrededor habían cosas dobladas que aún no se rompían (por dar un ejemplo, días después de llegar a Venezuela murió mi abuela después de un mes terrible en el que no estuve y del que me dieron poca información para no arruinarme las vacaciones), y que empezaban a controlarme, justo por no poder controlarlas a ellas. En México se rompió algo – algo que debía romperse, definitivamente, pero, como toda ruptura, desestructuró alguna base importante. No exagero, me parece, si digo que me destruí un poco en México.
Todo viaje, igual que lo demás, ocurre en el momento en el que debe ocurrir. Para mí, cada uno trae (o debe traer), como mínimo, una promesa de libertad, una pregunta en condicional: un qué pasaría si. ¿Qué pasaría si todo lo que te negabas por miedo a la destrucción no destruye nada? ¿Qué pasaría si, incluso, la destrucción no daña nada que no sobrara?
Es lo de menos, me parece, decir que quiero casarme con la comida, con todos, toditos los manjares que sirven en ese país (llevo semanas con antojo de comida mexicana, y tengo pavor de ir a algún restaurant, notarle las costuras y ponerme a llorar de nostalgia gastronómica). Que puede que haya probado todas las marcas de cerveza mexicana (o que tuve la borrachera más épica de mi vida en México, aunque no, no fue con cerveza). Que conocí a la gente más agradable del mundo, de la que me enamoré perdidamente. Que algunos de los hombres más bellos que he visto caminan por las calles del D.F. Que aprendí a hablar un chilango bastante decente, según me dicen. Que conocí a la mitad de tuíter. Que agregué a alguien más a mi lista larguísima (y sospecho, inconclusa) de quienes me hacen falta todos los días para las cosas más nimias (así de cursi y todo, pinche cerdo acá).
Antes de ir al aeropuerto y despegar hacia Nueva York (ciudad de la que hablaré con calma en otro post), el ninja me preguntó, con toda la seriedad del mundo, si me había iluminado. Claro que no lo hice; quien busca la iluminación no la encuentra; pero tengo la impresión de que estas pequeñas destrucciones, estas pequeñas rupturas (que más bien son enormes), llevan a algún sitio, oscuro o iluminado, y eso, me parece, es mucho más de lo que se me pudo haber ocurrido pedir.
Y what happens in Mexico stays in Mexico, cabrón.
miércoles, 29 de junio de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 23:35
Admito que he sido una mamita toda mi estadía en Maracaibo. Desde que vivo en la ciudad (es decir, casi dieciocho años: me vine a punto de cumplir los tres) he hecho un esfuerzo casi consciente por no hacer el más mínimo caso a las direcciones de por acá: nunca supe distinguir Bella Vista de 5 de Julio, me sonaba que la 3F era la competencia de la 4-D, si llegué a montarme en carrito no fueron más de tres veces y la última sucedió cuando tenía 9 o 10 años, etcétera. Lo triste es que en París me ubico en cualquier parte… el detalle es que aquí me lleva y me trae mi mamá, chamo, yo nunca he necesitado aprender por qué calles iba ella.
Aprendí a manejar hace unos tres o cuatro años, y lo hacía muy ocasionalmente: por esa época había dos carros en casa y a veces me tocaba ir sola a la universidad y regresarme. Tenía la capacidad de ir y regresar de URU y LUZ desde mi casa, pero cualquier desvío provocaba que yo terminara en San Francisco. ¿Cómo? Imposible decir. Una vez, intentando ir a URU desde la 9B, terminé en Los Haticos, perdida ‘e bolas, sin saber cómo había llegado ahí (ni siquiera pasé por El Milagro, chamo, ¡ni siquiera!) y con menos idea de cómo regresar. Por arte de magia, esa vez pude llegar a casa, obviando URU por la crisis nerviosa que cargaba por manejar por aquellos sitios perdidos a las siete y pico de la noche – y, después de aquella vez, juré no volver a manejar nunca, diciendo que ya estaba harta de que mi cuerpo detrás del volante llegara a San Francisco. Eso fue en septiembre u octubre del 2009.
Como casi todas las decisiones que uno toma a los diecinueve años (o a los veintiuno), después de un tiempo me di cuenta de que era una bobada dejar de manejar por miedo, y decidí volver a agarrar el carro – de nuevo, ocasionalmente.
Hasta la semana pasada. Resulta que mi madre se fue a Europa por dos semanas y, pues, me ha tocado ser la responsable de mis propias idas y venidas a la universidad y otros sitios de interés a lo largo de la ciudad. Hoy se cumple mi primera semana en este plan, la mitad del camino, y estoy segura de que estoy más cerca a al Nirvana gracias a estos últimos siete días. Por no dejar, y en honor a mi iluminación futura (no sé si lo he dicho por aquí, pero el hecho es que mi iluminación espiritual está programada para agosto) enumeraré algunas curiosidades que he aprendido en esta primera semana de aventuras:
1. Mi mecanismo para defenderme de las personas que perturban mi paz detrás del volante es concluir que quien me ofende tiene el pene chiquito.
1.1 Los: camioneros, buseros, gandoleros (especialmente los que dejan la corneta pegada en una cola), motorizados, hombres que manejan pick-up’s (preferiblemente Silverados viejas), veinteañeros con carros caros (Mazda and the like), ganaderos con 4x4’s (aplica con el 90% de los hombres con 4x4’s, de hecho), conductores de carros tuneados, policías y guardias nacionales (cualquier hombre con una chapa que le dé algún tipo de autoridad, por limitada que sea), los tipos que te insultan porque ellos se te atravesaron a ti (ver punto 2), el hijoputa que te toca corneta antes de que el semáforo cambie a verde (ver punto 5), entre otros, lo tienen chiquito. Mínimo. Minúsculo. Las excepciones a esta regla son aquellos que no lo tienen técnicamente pequeño pero no lo saben usar. También, probablemente (aunque esta es una hipótesis no comprobada, contrario a lo primero que es una conocida ley universal), les pegan a sus mujeres (o a sus machos, qué sé yo).
1.2 Mientras más grande (mollejúo) es tu carro, tú, hombre de microscópico miembro genital, mayor tu disposición a manejarlo como si se tratara de un Ford Fiesta o un Smart.
2. El tipo que tiene pare tiene más derecho al paso que tú que estás manejando en la avenida principal. Nunca falla. También tiene derecho a tocarte corneta cuando pasas aunque sea él quien se está atravesando (¡!).
3. Las mujeres no saben manejar. No es un statement machista, es una verdad absoluta. Hay una falla cromosómica que impide el apropiado manejo vehicular. Supongo que es la manera en la que el universo equilibra que tengamos clítoris. Ojo, que no me excluyo de esto.
4. El canal de cruce es sagrado, siempre y cuando no seas tú quien está ocupando el equivocado. Es perfectamente aceptable que un degenerado de alguna de las razas mencionadas en el punto 1.1 se salte dos o tres canales para cruzar hacia el lado contrario a donde estaba originalmente. Sin embargo, si tú lo haces serás linchado y mardecido por tus coetáneos.
5. El conductor maracucho por definición está muy cerca de la iluminación, y por tanto tiene una conexión directa con el cosmos. Tan directa, que siente cuándo el semáforo está a punto de cambiar de rojo a verde, y te lo hace saber tocando corneta segundos antes de que este hecho tan terrenal como el cambio de luces ocurra. Hay que tomárselo con calma y no dejarse afectar: siempre habrá un apura’o, o una fila de apura’os, que harán esto. Perdónalos, señor, que no saben lo que hacen (porque lo tienen pequeñito).
6. Nunca, nunca se debe ir detrás del tipo que maneja en zigzag (que todos los días te encuentras al menos uno, sin importar la hora), detrás del camión y mucho menos, por amor a tu divinidad de preferencia, detrás del conductor de carrito por puesto. Jamás, chamo.
7. Dar paso al menos cinco veces al día ejercita el karma. No hay razón lógica para hacerlo, cierto, pero es lo más sano que se me ocurre en esta ciudad de animales. En Maracaibo nadie, nadie da paso. No pierdes nada con esperar cinco segundos más a que alguien que está cruzando pase antes de ti, tanto carros como peatones. Esto no aplica a los carros que se te tiran encima, claro, pero sí a los que ves que llevan ratico esperando y nadie los deja pasar. Así estés apurado, un momentico no te va a afectar en gran cosa el horario.
8. Si alguna vez me mudo a Europa no compraré carro, porque cada vez que llene el tanque voy a llorar sangre comparándolo con lo obscenamente barata que es la gasolina en este país.
9. ¿Cómo carajo hacía yo pa’ terminar siempre en San Francisco? Esa vaina es lejos, chamo. LE-JOS. ¿Tan difícil era conseguirse una redoma? ¿Un retorno? ¿Una callecita para voltear el carro? ¿Una vuelta en U? ¿Un santico que estuviera disponible? ¿Una moneda para una (sur)americana en desgracia?
10. En Maracaibo, a la libertad le echa uno mismo la gasolina.
11. Bella Vista es la Roma de Maracaibo. Todos los caminos te conducen a ella, o, más bien, ella llega a todas partes. In saecula seculorum. Amen.
domingo, 12 de junio de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 17:08
El detalle de escribirle a París es que es llover sobre mojado, siempre: ya todo el que “ha sido alguien” (¿…?) en el último par de siglos ha dejado un pedacito de sí mismo en París. Existe, por esta lista inmensa de personas y momentos que tiene la ciudad, una definitiva cualidad de humildad opuesta: París es tanto, por todas partes y todo el tiempo, que te obliga a empequeñecer frente a la certeza de que jamás vas a igualar el hechizo de cada callejón parisino.
Esta inmensidad le da una primera dimensión superficial: las muchas, miles y millones de caras de París. La ville lumière no es una ciudad uniforme; es infinitas ciudades al mismo tiempo. Es la lentitud de Proust, la honestidad brutal de Hemingway, las marchas de Napoleón, el ennui incurable de Rimbaud; París es ella hoy, y ella en cada una de sus mil revoluciones.
Esta primera fase de encontrarse con París implica el enamoramiento de París. Enamoramiento, así dicho, tal cual teenager; el ver cómo todas las angustias se disipan ante este paraíso cosmopolita de luces y colores.
Tendría que explicarme mejor: conocí París en plena adolescencia y cumplí mis quince ahí. Por detalles que no vienen al caso, ese año y el siguiente fueron particularmente extraños e incómodos en casa, y por un buen tiempo me aferré a la ciudad como ideal de refugio, de tranquilidad y, sobre todo, de libertad (¿qué sitio podría ser mejor metáfora de libertad que la cuna de nuestra era contemporánea, desde aquel catorce de julio?). Volví a los dieciocho y estuve ahí un par de meses estudiando francés; sola como sólo he estado ahí, y feliz como no lo había sido nunca antes. Regresar esa vez a Venezuela se sintió como el preso que logró escapar por un tiempo cortísimo y lo volvieron a atrapar; así de deprimente y melodramática fue esa separación de París.
He regresado un par de veces desde entonces, en distintos momentos de mi vida, y no podría negar que una parte importante de mi forma de ver el mundo viene del París que he vivido en a lo largo de los años. La última visita, esta primavera, me hizo verla desde una perspectiva distinta. Más estable (o estable por primera vez), diría yo.
Volvamos al punto inicial: las fases del enamoramiento parisino.
Conocer París, como decía, es un coup de foudre instantáneo: arquitectónicamente, realmente es una ciudad hermosa y muy consistente consigo misma (no se encuentran estos desastres latinos de estructuras coloniales al lado de casinos) y cada dos estaciones de metro hay algún monumento histórico. El encanto es ese: todo está lleno de pasado, y reconforta sentirse acompañado por él en cada paso.
París son todas las películas que la tienen de escenario, todas las fotos, todos los versos, todos los cuadros. París es salir del metro y de pronto ver una placa en la que dice que André Breton estuvo ahí con su Nadja, y entonces sentirse la persona más chiquitita del universo.
París es la humildad forzada de admitir que, seas quien seas, tu destino nunca podrá llegarle a los talones a la historia de la ciudad. París es la Révolution, la Belle Époque, la Commune, la primavera del ’68, la Résistance, Cary Grant y Audrey Hepburn.
París es, en el fondo, la pura subjetividad: es en sí misma la Meca de las metáforas y donde caben todas ellas – por ende, es la ciudad en la que todo es probable, porque es el mundo de lo posible. París es la ciudad que se crea a sí misma y se transforma dependiendo de quién la vea.
Por todo esto, París es también la ciudad más falsa de todas: su promesa callada es una de grandeza, pero la verdad es que es una ciudad enorme, sucia y tan cosmopolita que no le importas; habla del gran pasado, pero poco tiene que ver con la ciudad de hoy, con su población flotante de miles (o millones) de turistas.
París es, si es que quiero llegar a alguna parte, esa mujer de la que se enamoran todos los hombres alguna vez en su vida: fría, hermosa y eternamente indisponible, que te mira desde su pedestal, por encima de ti. Esa misma que intuyes que te “entiende”, y que estás seguro de que sólo tú podrías hacerla feliz.
El arquetipo de esta mujer lejana se destruye en algún punto, cuando ves que la diferencia entre tú y ella es abismal, que lo único que los une realmente es cuánto tu vida ha cambiado a través de ella. Así París: siempre fue la misma, fría, pero te enamoraste de ella y te convertiste en quien eres gracias a sus particularidades.
París es, pues, la añoranza de ese pasado que no te pertenece – pero del que siempre vale la pena enamorarse, de mil maneras distintas y en diferentes etapas de la vida.
miércoles, 20 de abril de 2011 - Publicado por BabeDeJour en 12:02
Creo en pocas cosas. No creo en el ateísmo religioso que está tan de moda, ser anti-Iglesia por el solo placer de serlo me parece de adolescente y estoy harta de oír a gente citando a Nietzsche. La creencia religiosa que más me agrada es la del pastafarismo, por ridícula y orgullosa de su propia ridiculez.
Tampoco compro ninguna ideología política; me parece que los extremos son de locos, y me es más apropiado usar la derecha y la izquierda como puntos de referencia cuando no sé dónde estoy. Y no es metáfora.
Creo en esquemas, en símbolos, en la capacidad de creer. Pero de creer en algún dios, en uno material, lo encarnaría en todos los de la pantalla grande. Mis divinidades serían Bogey, la Liz, Audrey, Chaplin, Welles, Hitch, la Bergman. Y mi rito sagrado, claro está, sería verlos en acción. Así que aquí una muestra de cómo voy yo a misa.
Lo primero es conseguir un sitio; no puede haber misa sin templo. Mi sitio es mi cama, aire prendido, bien tapada; la tele está colgada en la pared y yo duermo en futón, así que el mejor ángulo lo agarro acostada.
Es importantísimo tener distintas opciones, muy variadas, antes de ver una película: el tener una sola, sin salida, te predispone de alguna manera u otra. Tiene que hablarte: la película te llama en el momento en que debe ser vista. Forzar la situación confunde y molesta sin que uno esté muy seguro de por qué. Cuando no encaja, no lo hace y punto.
La fe en el cine es algo que puede practicarse tanto en público como en privado. Ir al cine es una figura social, ante todo, y yo prefiero hacer uso de ella para cosas específicas: películas familiares, blockbusters, segundos encuentros con divinidades. La versión privada de la misa se parece a la meditación: es una comunión directa, un silencio con soundtracks. Comulgo mejor sola cuando me interesa ver algo con ojo crítico – o sea, la mayor parte del tiempo.
Una cuestión vital es que el cinéfilo, aunque haga sus búsquedas solo, quiere que el mundo entero vea lo que él. El cinéfilo, como el lector, busca enamorar a punta de lo que lo enamora: consigue maneras de llegarle a cada persona de tal o cual manera. El cinéfilo aprende no tanto a conocer a alguien por sus gustos de películas, sino a entender los gustos de los demás de acuerdo a sus leit motifs de vida. Suena pretencioso, supongo, pero después de cierto tiempo uno desarrolla la capacidad de saber exactamente qué va a gustarle a alguien con apenas conocerlo un poco; aprendes a llamar a otros al cine rodeándolos de cosas que ya saben o intuyen. Existe, supongo, cierto juego de poderes en la cuestión, cierta manipulación; pero es el mismo click que se siente al enamorarse: ese algo en común, esa pertenencia a un pedazo de alma cósmica.
El cine es infinito, y habla en todos los idiomas: le habla a los que lo ven en silencio, a los que lo comentan, a los que lo discuten infinitamente; a todos los que se predisponen conscientemente a enamorarse a través de él. El señor Javier Raya, ninja de convicción y oficio, escribió hace no mucho un set de instrucciones para ver películas con gente que podría ser muy útil – si se deja de lado el ligero sentimiento de culpa que uno siente con la instrucción 5 en sus distintos numerales, con la analidad del ritual de comer cotufas viendo pelis – y que, como él ya sabe, comparto, especialmente en la décima y última instrucción.
Siéntese, acuéstese, párese, quédese de rodillas si mejor le parece. Elija su divinidad de turno. Adore, en silencio o no, acompañado o no. Considere sus festividades religiosas como la bendita, oh grande, temporada de premiaciones, en la que se molestará y maldecirá a la Academia por vendida, pero a la que regresará cada año, siempre.
Luces, cámara, acción... y amén, carajo.