Big Little Lies y la fascinación con el suburbio norteamericano

martes, 7 de marzo de 2017 - Publicado por Victoria Guerra S. en 11:23

En el último par de décadas, la gente que hace cine y particularmente televisión en Estados Unidos han demostrado una profunda obsesión con la vida suburbana y sus secretos potenciales. Si no me equivoco, la tendencia empezó con Desperate Housewives y ha llegado a tal punto de que las tiras cómicas de Archie tienen una versión en serie en ese plan.
Como ha habido cualquier cantidad de series de este estilo, desde las historias más dark como The Affair o The Americans a comedias extrañas como Santa Clarita Diet, ¿qué podría tener de interesante que HBO saque una serie más de este estilo, nuevamente enfocada en un asesinato?
Pues a gente como Reese Witherspoon, Nicole Kidman y Laura Dern.


El suburbio de HBO
Big Little Lies, la más reciente edición del fenómeno televisivo de Mira Cuántos Secretos Escondemos en los Suburbios, es una miniserie que lleva tres episodios en HBO al momento en el que escribo esta nota, con siete planificados en total, todos dirigidos por Jean-Marc Vallée (Dallas Buyers Club, Wild). Co-producida por Witherspoon y Kidman, la serie está basada en la novela del mismo nombre por Liane Moriarty, con la salvedad de que la historia se desarrolla en la hermosa ciudad californiana de Monterey y no en Australia.
Ahora bien, la serie empieza con un boom: lo primero que sabemos de esta comunidad es que alguien muere, aunque aún no sepamos quién. Mientras la policía investiga un asesinato, hablan con los padres que estuvieron presentes y tangencialmente involucrados con el evento, mientras la historia se cuenta en flashback.
Ya acá estamos en presencia de un cambio interesante: aunque la muerte como apertura de serie es bastante común en series de secretos suburbanos (Desperate Housewives y Riverdale empiezan así, por ejemplo), generalmente es esta situación la que desencadena el drama, ayudando a que se le vean las costuras a las supuestas vidas perfectas. No es este el caso de Big Little Lies: la totalidad del drama ya pasó, y hay tantas versiones de los hechos como personas presentes, en una especie de Rashomon de asamblea de padres y representantes.
El acontecimiento que, según todos los testigos (poco confiables) empezó el conflicto que llevó a un asesinato, fue simple: en el primer día de clases, una niña acusó a un niño de agredirla. Él lo negó y su madre le creyó, por lo que se crearon dos bandos: quienes creían que el niño era inocente y los que pensaban que era un abusador en potencia. De ahí estalla una guerra de mamás que incluye fiestas de cumpleaños infantiles arruinadas, insultos en bares y conflictos desproporcionados hasta la histeria.
Porque, vamos, ¿quién quiere ver una serie acerca de mamás de oficio en la que no haya histeria?



La máscara como punto de partida
La base de la serie son cuatro mujeres, desde el primer momento vistas a través de los estereotipos que representan: Madeline (Witherspoon), la mamá alfa y metiche; Celeste (Kidman), la profesional que se retiró para cuidar a sus hijos después de casarse con un hombre exitoso, guapo y menor que ella; Renata (Dern), la mujer exitosa que no dejó su carrera al dar a luz y claramente eso la hace detestable; y Jane (Shailene Woodley), la chica nueva, una madre soltera con todas las características de pez fuera del agua.
Aunque los tipos están bien demarcados, no son caricaturas: Madeleine vive en un estado de perenne fastidio al ver a su ex siendo parte de todas las actividades que ella tuvo que hacer sola; Celeste es parte de una dinámica marital profundamente enferma además de física y sexualmente violenta; Renata busca balancear su carrera exitosísima y ser mamá con un esposo que parece vivir buscando  alguna forma de recriminarle; y Jane claramente está huyendo de algo, aunque todavía no sepamos qué es.
Son personajes que están plenamente conscientes de los estereotipos que vienen a llenar, y que incluso juegan con ellos en sus vidas diarias: cada una de ellas cuida la imagen que presenta dentro de su comunidad, con el mismo esmero que el encargado de un museo cura cada exposición. Incluso entre amigas, la máscara se mantiene y solo es en momentos particulares en los que sale una que otra confesión semi disfrazada de chiste.
La idea de la máscara es tan vital en la serie que la historia es contada a través de la gente que rodea a las protagonistas en el ámbito social, nunca en el personal: los testigos son los padres y representantes, los maestros, el director del colegio. En principio, la razón por la que las familias protagonistas no testifican es para alargar develar el misterio de la víctima tanto como sea posible, pero no dudo que un factor importante también es la mayor demarcación de la otredad.
Estas mujeres son víctimas de circunstancias fuera de su control, pero primero muertas (quizá literalmente) antes de admitirlo. Y mientras, las actrices se lucen.
El talento
Dern, como siempre, carga la fuerza y la rareza de alguien que ha pasado la mitad de su vida trabajando con material de David Lynch. Woodley muestra un exterior de flor delicada con momentos de soledad volcánicos debajo de toda su aparente fragilidad, y no es hasta el tercer episodio que se desvela su carga. Kidman brilla como la mujer de la vida aparentemente perfecta, y también como la víctima/cómplice de un hombre terroríficamente violento (¿cómo es que Alexander Skarsgård es hermano de Floki?).
Todo el reparto principal de Big Little Lies es excelente (por ahora Woodley es la menos impresionante, que también la más joven) y es perfectamente posible que de aquí a unos meses los veamos entre las nominaciones al Emmy. Kidman en particular lleva la cruz de su personaje con la maestría de alguien que ha pasado por un rango tan amplio como To Die For y The Hours, y espero realmente que se vea reflejado de aquí a septiembre.
Pero la serie sin duda pertenece a Witherspoon.  
Ahora, Reese Witherspoon es una rareza en el cine moderno: una character actress que también es una indudable protagonista. Witherspoon lleva buena parte de su carrera interpretando distintas facetas del mismo personaje: la chica agradable (y a menudo sureña) con carácter, aunque a veces lo que brille sea más el carácter y menos lo agradable, como en Election.
Tras dos décadas de vida y de perfeccionar su fuerte, Witherspoon tiene bien calculados a sus personajes, y Madeleine no es la excepción: sus momentos de mamá protectora son regios, sus pequeñas explosiones pueden ser a la vez angustiosas y divertidísimas, sus dosis pequeñas de emotividad inundan. En el segundo episodio, comparte una escena con su hija mayor (Kathryn Newton), una adolescente tan imposible como todas, y, como dice Bart Simpson, puedes ver el momento exacto en el que se le rompe el corazón.
La Madeleine de Witherspoon es un compuesto de micro erupciones, y nadie haría con el papel lo que está logrando Witherspoon.
Por mucho que Madeleine sea una extensión de los roles que ha hecho durante toda su carrera, pocas actrices tienen la capacidad de mostrar vulnerabilidad con la gracia de Reese Witherspoon. Y poca gente logra enternecer personajes tan abiertamente belicosos.


¿Entonces?
¿Te gustan las historias de secretos oscuros por debajo de la superficie perfecta? Esta es la tuya: balancea personajes muy bien logrados (¡e incluso mejor actuados!) con el sinfín de clichés del género. Trae la cadencia del misterio suburbano con la perfección visual de Monterey y sus casas sacadas de revistas de arquitectura. Además, como buena serie californiana, carga ese toque de diversidad que parece casualmente forzado: es un ambiente en el que las familias homoparentales e interraciales son tan comunes que ni siquiera son temas de conversación... pero Madeleine, igualmente, no tarda un momento en demostrar lo mente abierta que es en su vida diaria.
También la apertura es máscara.
En fin, hay un último detalle que diferencia a Big Little Lies: no hay otro lugar en la televisión donde se pueda ver a Reese Witherspoon volviendo a Pleasantville ni a Nicole Kidman volviendo a pisar Stepford.